Aurora | Juan Calderón R.

Juan Calderón R.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Como todos los días cercanos al final del verano, amaneció haciendo mucho frío. Esto acentúa el paisaje monocromático.

Pasaron ya 6 meses desde la caída de los rayos UH. La mayoría nos hemos acostumbrado a la ausencia de color, pero no faltan los que se suicidan por no soportar el cambio y los cuadros extremos de depresión.

Para el resto de nosotros, la capacidad de adaptación de la raza humana permite que sigamos viviendo en este insípido panorama.

Recordé mis investigaciones superficiales sobre la capacidad de que los perros u otros animales puedan apreciar la misma gama de colores que las personas y el grado en el que procesan la luz de la oscuridad. Los hallazgos de esas lecturas me han sido de alguna utilidad ahora.

Según los científicos, la permanencia de esta radiación en la Tierra, en todos los ámbitos, lastima de forma contundente y agresiva las células coníferas de nuestros globos oculares. La afección en la mayoría de los casos causa ceguera a los colores en 72 horas o menos.

La compensación natural ha hecho que distingamos mejor y desde mayor distancia el movimiento en la oscuridad. El olfato y el tacto es notable como en poco tiempo se han exacerbado: ahora sabemos con antelación y de manera más consistente si alguna comida está por estropearse por ligeras diferencias en su olor. Percibimos el calor y el frío de manera más intensa pues ya no están las importantes alertas de color.

Por eso esta mañana se siente tan fuerte el dolor de los huesos, el frío penetrante.

Lamentablemente nosotros no fuimos los únicos afectados. Miles de especies de animales, aves e insectos, sobre todo, desaparecieron rápidamente durante los tres meses posteriores al suceso. Me impresiona hasta ahora el hecho de que haya sido así, y de lo importante que era para esos tipos de vida animal, la capacidad de percepción cromática en sus biosistemas.

El terror inicial fue que la fotosíntesis fuera afectada, afortunadamente no fue así, las plantas siguen creciendo a su “ritmo habitual”; sin embargo, en casos particulares la desaparición de los insectos si va a ocasionar consecuencias, quizá no tan inmediatas pero seguras, habrá que prever de alguna manera que haremos con todos esos cambios.

Mikaela quedó embarazada apenas un mes después del “día gris”. Lloramos mucho cuando nos enteramos. En los meses posteriores le hicimos todos los análisis al bebé en el vientre. Pedimos a los médicos de aquí y allá que evaluaran su salud y sus capacidades como todos los padres nóveles preocupados por traer al mundo hijos en estas “nuevas condiciones ambientales”. La verdad era que la luz seguía allí y, por tanto, también los colores. Había únicamente un factor adicional, un flujo magnético con una intensidad de frecuencia, que nos dejaba incapacitados como especie para verlos.

Se está avanzando rápidamente en el desarrollo de chips que nos van a devolver la posibilidad de ver el color, pero obviamente no es algo que se vaya a conseguir de inmediato. Habrá que encontrar la manera de hacer esa tecnología de uso masivo y, si bien es muy seguro que funcionará para los humanos, el resto de los seres vivos sufrirán las consecuencias ambientales del cambio antes de poder encontrar correctivos.

En fin… estamos aprendiendo y nos debemos acostumbrar al cambio. O al menos eso es lo que me decía yo antes de recibir la llamada de Mikaela esta tarde. Lloraba en el teléfono y me decía que si lo vamos a tener o no y preguntaba entre sollozos que decisión tomaríamos.

No lo entendí del todo hasta que me contó lo que el médico había visto en la ecografía. El bebé estaba mutando. Bueno, era de esperarse… la piel y el líquido amniótico no detenían la radiación y el feto estaba expuesto a sus consecuencias.

La biología humana, siempre tan asertiva, había dado paso rápidamente a la evolución, Mikaela se enteró de varios casos esta misma tarde. Todos los cambios eran exactamente iguales. Era la manera en que nuestros organismos nuevos hacían frente a un cambio externo drástico.

A pesar de todas las inseguridades para traerlo al mundo, nos habíamos ilusionado tanto con el nacimiento de ese hijo varón, que no demoramos en ponerle nombre y en empezar a comprarle ropa.

Ahora me queda pensar y decidir junto a Mika si queremos que Miguel nazca, como todos los demás bebés, sin ojos. O más bien con un solo ojo de visión casi periférica, ubicado en un promontorio en la parte superior de su frente a manera de pequeño cuerno y con tres fosas nasales.

 


Juan Calderón R. Ecuatoriano, casado, padre de familia, 53 años, desarrollador web, amante de la tecnología, con estudios superiores en psicología en la PUCE.

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/baby-belly-body-child-expectant-18937/

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