Una historia de un perro y cinco gatos | María José Chiriboga Ante

María José Chiriboga Ante

 

Bruno llegó a la vida de Lorena una mañana de mayo. Era tan pequeñito que cabía en la palma de la mano. Blanco como un copo de nieve, tenía los ojos más grandes y hermosos que la niña había visto. Era muy juguetón y cada que quería subir a la cama de Lorena lloraba para que lo suban. Realmente era una dulzura. Se ganó el cariño de todos los habitantes de la casa.

—Bruno —dijo la niña—, vamos a jugar.

Bruno saltaba y corría. Prácticamente se perdía entre la yerba crecida del jardín. Todo le llamaba la atención: las flores, las mariposas que se posaban y a las cuales trataba de cazar; los pájaros, la tierra húmeda que ensuciaba sus patitas. Lorena y Bruno se convirtieron en amigos inseparables. Es más, cuando Lorena se iba a la escuela, el perrito corría tras ella, incluso se subía al bus escolar por lo que siempre había que dar media vuelta para regresarlo a la casa.

Obviamente como todo perro chiquito, Brunito hacía sus gracias. No solo gracias divertidas, también de las “otras”, de otro estilo, que molestaban mucho a la mamá de Lorena. Bruno se hacía pis y eventualmente también popó dentro de la casa.

—¡Bruno malcriado! ¡Perro sucio! ¡Eso no se hace! —vociferaba la madre, mientras con santa paciencia se ponía a limpiar nuevamente el mismo lugar de la cocina.

Bruno iba creciendo y, poco a poco, se convertía en un hermoso ejemplar de su raza. Era el más consentido, no solo de la casa, sino del barrio entero. Todo el mundo tenía que ver con el perrito. Cada que lo veían, los vecinos le acariciaban, le daban palmaditas en su espalda. Sin embargo, el problema de Bruno era su pelambre. Tan lindo y blanco de pequeño se volvió una maraña de nudos enredados y de un color rosáceo. Obviamente la niña, que había prometido, había jurado que se iba a hacer cargo de él, perdió el interés al poco tiempo. Y su madre terminó siendo la encargada del cuidado del perrito.

—Lore, por favor saca al perro, cepíllalo, dale de comer.

De nada valía la perorata de la madre, para la niña el perro era su compañero de juegos. Nada más.

«Cómo pretende mi madre que recogiera su caca…. Agggg qué asco por Dios», pensaba la niña cada que su madre la regañaba.

La madre terminaba bañando, cepillando y arreglando a Bruno cada que era necesario. Realmente no le pesaba, quería mucho al perrito al igual que a su hija y, con tal de verlos felices a los dos, hacía lo que fuera necesario.

Bruno era el rey de la casa, ¡que digo de la casa, del barrio entero! Él tenía que ver con todo el mundo. Ladraba ferozmente a todo desconocido que aparecía y ni qué se diga del pobre señor que entregaba el periódico… le tenía “cogido en diente”. Siempre terminaba agarrado del pantalón o con el periódico destrozado tratando de zafarse del perro.

Todo era felicidad para Bruno, hasta que un día una familia nueva llegó al barrio. Entre sus miembros llegó una perrita linda y coqueta. Su nombre era Gema. Bruno se enamoró perdidamente de ella. Fue lo que se dice un amor a primera vista. ¿O sería al primer mordisco?

Bruno pensó que con Gema ya tenía todo lo que un perro como él podía desear. Tenía una familia que lo adoraba, un techo, comida y agua siempre fresca en su plato. Mimos, cariño… realmente Bruno hacía lo que le daba la gana.

Hasta que un día apareció un ser de cuatro patas, cola, orejas pero que no era un perro como él o Gema. «Dios Santo, que es eso», pensó Bruno. Y se quedó paralizado preso del pánico, a lo único que atinó fue a lanzar unos gritos espantosos. Nunca, en su corta vida, había visto algo parecido y negro. «Será ese el diablo del que he oído hablar a mis dueños; tengo qué averiguarlo».

La niña se preocupó mucho de los gritos que daba Bruno, corrió al jardín para ver qué era lo que estaba pasando.

—¡Bruno! ¡Brunitoooooooo! ¿Dónde estás? ¿Qué te pasa? —gritaba la niña muy angustiada.

Bruno, al oír la voz de su ama, corrió lo más a prisa que le permitieron sus patas para huir de aquella “cosa”.

Al día siguiente, nuestro héroe ya había olvidado el incidente. Hasta que de pronto el ser que le había causado tanta impresión apareció en la puerta de su casa. Paco, ese era su nombre, era el hermano gato de Gema. Era un gato precioso, negro azabache y ojos verdes como las esmeraldas. Tenían tanta luz que brillaban.

—Bueno, bueno —dijo Paco—. ¿Qué tenemos aquí? Es el perro miedoso.

Bruno no sabía qué hacer, nunca había visto un gato y al acercarse al minino… Zas, recibió un zarpazo en plena nariz.

Cómo le dolía, y llorando mucho fue a buscar ayuda con la niña. La niña lo consoló y la madre curó la herida.

—Bruno, no te acerques a ese gato —dijo la madre—. Los gatos son traicioneros y este te puede hacer más daño.

Desde ese momento, la vida de Bruno se fue hacia abajo. Este nuevo gato conformó toda una pandilla con otros gatos del barrio. ¡Ya no solo era uno, eran cinco! Sí, cinco de la misma especie. Y todos comenzaron a hacerle la vida imposible al perrito.

El padre de familia regañaba siempre a la madre y a la niña.

—Ese perro es muy mimado. Lo tienen muy consentido. No puedo creer que le tenga miedo a un gato —dijo el padre en tono de reproche.

—No es un gato papá. Son cinco.

—Da lo mismo —contestó el padre, un poco molesto—. Lo que cuenta es que este es un perro y los perros siempre corretean a los gatos. No al revés.

Lorena se puso a llorar. Para ella Bruno era el mejor perro que existía y que su padre se expresara así de él le dolía mucho.

—No te pongas así hija —dijo la madre, atrayéndola hacia ella para consolarla.

Sin embargo, Bruno no reaccionaba y seguía sumido en la tristeza. Ya no quería salir al jardín, a menos que sea acompañado. Los gatos entraban a “su” casa como si fuera uno de ellos. Y ¡¡hasta se le comían la comida!!

«Estos gatos no me dejan vivir en paz, cómo quisiera que nunca hubieran venido, ojalá desaparecieran de mi vida», pensó en sus adentros Bruno.

La pandilla de gatos mandaba ahora en el barrio. Paseaban por donde querían y ¡¡hasta se comían a los pájaros!! La situación se volvió insostenible para Bruno y ni qué se diga de su amor por Gema. Ella se burlaba de él porque no se enfrentaba a los gatos. Lo que era con ella, no quedaba uno cuando salía al jardín.

Poco a poco, Bruno comenzó a reaccionar y ya podía enfrentarse con todos los gatos. Con todos menos uno: Paco.

Sin embargo, comenzó a actuar de una manera más inteligente. «Mejor me hago su amigo», se dijo.

Y con esa actitud comenzó una hermosa amistad entre perro y gatos.

 

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/dog-cat-animals-dog-cat-2822939/

2 comentarios en “Una historia de un perro y cinco gatos | María José Chiriboga Ante

  1. La parte de que los perros no son amigos de los gatos me llamó la atención. En casa tenemos un gato que es amigo de los perros, o al menos eso parece, porque son perros caseros. No sabemos si sería igual con los perritos de afuera. 🤔

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