Un juego | Jorge Luis Cáceres

Jorge Luis Cáceres

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Nunca me han gustado las fiestas familiares ni los asados de los domingos en casa de mi hermano Pedro, mucho menos ahora que ambos somos padres de tres criaturas pequeñas que bordean los cuatro años. Los niños juegan en el patio, dan vueltas en el césped, se mojan desenroscando la manguera que está dispuesta en el corredor central de la casa de tres pisos, estilo mediterráneo, de color blanco y con verjas de metal. A lo lejos, miro de reojo cómo los niños más grandes gobiernan sobre los juegos, dando órdenes como aprendices de capataces o jefecitos –como intuyendo que para la vida adulta es indispensable emplear un lenguaje déspota y un tanto descortés–. Intento no sobresaltarme cuando miro a mi pequeño hijo imitando todo lo que hacen sus primos, o sirviendo como su mandadero; total, los juegos de niños son solo eso, “juegos”, como dice mi hermano Pedro, y no hay que prestarles mayor importancia. He visto cómo los mayores maltratan a los más chicos, con la excusa de que a veces se les escapa un golpe, un manotazo disimulado o un tirón de cabello que se camufla con la risa lacrimógena del llanto de los más pequeños.

—Tienen que aprender a defenderse —dice mi padre, cuando uno de los niños llora después de ser golpeado.

—Si los miman, los van a estropear —dice mi madre desde su poltrona.

De pronto, recuerdo la imagen de Pedro y yo jugando en el patio de la casa de mis padres, al escondite o al fútbol. Yo era siempre el arquero y Pedro el goleador que lo podía todo. Pedro tan grande, yo tan pequeño. Solo escucho su risa y cómo disfrutaba hacerme llorar cuando me contaba que había sido adoptado, que mis padres me trajeron en una maleta vieja de cuero curtido que aún reposa en el armario del tercer piso. Mientras lloraba desconsolado, Pedro susurraba que dejara de ser maricón, que los hombres no lloran y que bastaba con mirar la foto de mi papá, cuando este tenía siete años e iba vestido con traje de soldado y fusil de madera al hombro, para saber que yo era su vivo retrato.

Mientras Pedro corta la entraña que ha cocinado en gruesos pedazos que destilan sangre, no dejo de mirar –siempre de reojo para no despertar sospechas– a los niños que simplemente juegan a golpearse con saña. Un jalón de cabello provoca una patada. Una cachetada retorna como un puñete. Un golpe en el estómago será un tortazo en la espalda en forma de venganza. No importa quién empezó el “juego”, ni los dimes y diretes, lo que importa es la violencia con la cual se ejerza la defensa para no quedar –a los ojos de la familia– como un pelele o un debilucho que no puede valerse por sí mismo.

Cuando los platos son servidos, comemos primero los mayores.

—Que los niños sigan jugando, que sigan divirtiéndose —dice Pedro, con la boca llena de carne que machaca con sus muelas haciendo sonar su mandíbula y manchando sus blancos dientes con la sangre de la entraña.

Quizá por una deformación mía que me obliga a observar todo con detalle, como si lo hiciera a través de un reflector que amplifica las imágenes, no dejo de mirar a los niños que dan piruetas en el césped. Los veo reír al saltar y caer, y también alcanzo a diferenciar sus rostros acongojados, lúgubres y llenos de angustia. He visto cómo el mayor de los primos ha tomado por el cuello a mi hijo y, apretando su bíceps, le ha cortado el aire por unos segundos hasta hacerle perder el aliento. He visto cómo en la cocina, el otro hijo de mi hermano Pedro ha amenazado a otro de mis sobrinos con cortarle la mano si tomaba nuevamente de su Coca Cola sin pedir permiso. Los recuerdos de mi propia niñez me atosigan. Es curioso cómo se repiten los eventos, solo que con otros actores y en otros escenarios. Recuerdo a mi hermano Pedro, sosteniendo por los pelos al pequeño Rubén, un vecino que dejaban encargando en nuestra casa los martes y los jueves porque su madre tenía que ir a trabajar en el turno de la noche en un restaurante. Pedro abusaba de Rubén y, para mí, su sola presencia era una bendición, porque cuando estaba el vecino yo no tenía que sufrir los abusos de mi hermano, quien únicamente “jugaba” con nosotros. Para que el vecino no fuera con el chisme a su madre, Pedro un día le bajo los pantalones y, con una navaja estilo mariposa que siempre traía en su bolsillo, amenazó con cortarle los huevos. Mientras sostenía sus testículos como si fuesen papel arrugado, le dijo:

—Si vas con el cuento de que te golpeo a tu mamá o a otra persona, te buscaré, te cortaré los huevos y luego te los daré de comer crudos.

Rubén era bueno, era un niño sin dolor hasta que su madre lo trajo con nosotros. Un día dejo de venir y nunca más supimos de él, lo recuerdo bien porque ese mismo día Pedro regreso a sus viejos hábitos, retomando los juegos infantiles que me hacían tan miserable. Mientras mi familia disfruta el asado preparado por mi hermano y los adultos conversan de política o del estado del tiempo –que afecta el tráfico y que se ha vuelto una molestia en la ciudad–, yo nunca dejo de mirar de reojo a los niños que juegan en el patio. Los miro saltando, felices y haciendo piruetas y gestos bobos. De cuando en cuando, observo cómo sus caritas cambian de color y su faz se transforma en dolor y angustia. A veces creo que me volveré loco, que soy el único que alcanza a dilucidar el mal que habita en aquellas pequeñas criaturas. He visto cómo uno de los mayores ha golpeado a mi hijo hasta dejarlo en el suelo retorciéndose del dolor. También he visto cómo él, reincorporándose, ha caminado en tandas rumbo a la cocina y, con la ayuda de un pequeño banquito, ha logrado abrir el cajón donde mi hermano Pedro guarda los cuchillos para zanjar la carne. Solo dios es testigo de mi júbilo, solo él puede saber cuán feliz me haría que mi pequeñín fileteara la carne para un nuevo asado.

 

 


Jorge Luis Cáceres (Quito, 1982). Ha escrito los libros de cuentos Desde las sombras (Quito, 2007); La flor del frío (Quito, 2009); Aquellos extraños días en los que brillo (Lima, 2011); y Las moscas y otros cuentos (Quito, 2017), con el cual obtuvo el premio nacional de literatura de Ecuador, Joaquín Gallegos Lara y la novela Los diarios ficticios de Martín Gómez (Sudaquia Editores, New York, 2017). Como antólogo preparó el dossier de narradores ecuatorianos para la UNAM de México bajo el título de Lo que haremos cuando la ficción se agote (México, 2011), No entren al 1408 – King. Tributo al Rey del Terror, que cuenta con siete ediciones (Quito, 2013, 2016; México D.F., 2014; Buenos Aires, 2016; Santiago, 2017; Madrid, 2017 y Lima, 2018). Elegido por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012, como uno de los 35 autores destacados por “Latinoamérica Viva”. Tiene una maestría en Literatura Hispanoamericana por la Pontificia Universidad Católica y una maestría en Criminología por la Universidad Autónoma de Barcelona.

 

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/winter-snow-frost-snowy-children-651275/

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