Toda una vida | Luis Arbaiza

Luis Arbaiza

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Toda una vida estaría contigo,

no me importa en qué forma ni cómo ni cuándo

 Pero junto a ti.

 

Una serrana y caliente luz caía sobre los helados cerros de Huarochirí, sierra de Lima. Tomaría horas para que se entibiaran, luego de que esa parte del planeta pasara 12 horas de espaldas al Sol. El aire congelado era traspasado por la invisible luz, que se metía muy lento en la habitación pintando en él formas y colores que en la noche reclamaría de vuelta. Ese aire era puro y helado, llenaba ese cuarto de hotelito de camino y los pulmones de Quispe. ¡El trabajo! debía despertar. Llenó sus pulmones y se levantó de la cama, miró por la ventana, en el dintel de madera unas latas de leche viejas servían de maceta a unos cactus serranos y a mala hierba de la zona.

Delante de esas plantas humildes reconoció la carretera central, un grifo y un restaurante enorme y vacío. Típico lugar desolado y andino.

¿Qué hacía ahí? Anoche se había acostado temprano en la clasemediera Santa Beatriz, en la moderna ciudad, para poder ir a trabajar fresco. Cuando cayó dormido su esposa al lado miraba la TV con volumen bajito y los dos niños en el cuarto nuevo bien dormidos. Ya había pasado tres años de la muerte de Renzo y eran de nuevo una familia normal y feliz. Carla lo había perdonado y sus hijos habían olvidado todo.

Pero en vez de despertar en su casa para ir de nuevo a la oficina había despertado en un hotelucho de la sierra limeña. Debía salir de ahí.

—¿Cuánto se lo debo?

—Señor, ya me ha pagado —dijo la señora educadamente. Tenía un raro dejo.

«Al parecer había pagado y podía irse. ¿Quién había pagado?», pensó mientras esperaba con un mate de coca en el restaurante que con él dejaba de estar vacío. No lo necesitaba pues no subiría a más altura, pero la rareza de este “error de la realidad” le había dado cierta nausea.

Una vez terminado el mate miro su billetera, había bastante dinero, le alcanzaría sobradamente para volver a la ciudad, a su mundo. Pero en vez de la foto de sus hijos amados estaba la cara de él. Se supone que esa foto y otras habían sido destruidas cuando regreso a su vida normal. Solo muy rara vez se escapaba a ver la tumba. Y ya hace dos años no lo hacía. No tenía sentido ir, aquel por él que dejaba la casa de madrugada mientras sus hijos dormían ya había desaparecido por completo de este mundo.

Al examinar el dinero, tres billetes de 20 soles y uno de 50, notó en su mano algo raro. A un dedo le faltaba la falangeta, ósea la punta, al parecer un accidente en una fábrica, ya estaba muy cicatrizado. Sería un centímetro o menos, la uña no estaba como es lógico. La belleza de su mano no era estropeada del todo, pero ¿cuándo había pasado eso? No recordaba haber tenido ese accidente, de hecho, nunca había entrado a una fábrica.

Salió al frío sano de la sierra. Compro frutas en bolsitas y un dulce, eran de mala calidad, pero no vendían nada mejor. Quería llevarles un cariño a sus hijos y a su esposa.

No era por disculparse, no había hecho nada malo ahora, como hacía antes cuando Carla y sus hijos lo esperaban despiertos, esas pocas veces que notaban que desaparecía. Se veía en sus caras que habían llorado y que Carla les contaba lo que hacía su padre. Pobre mujer, estaba desesperada, él tenía aún más deseos de llorar que ellos, pero debía ser fuerte para poder mentir y aliviar el dolor que les causaba. Casi siempre lo lograba, pero ellos nunca comían aquellos dulces envenenados de mentiras.

Pero esta vez no había hecho nada malo de verdad, de repente fue un accidente, ni él se lo podía explicar, despertar en la carretera central. Pero sin duda no era nada malo. Su esposa olería en su cuerpo, solo su olor, no el de otro hombre.

Subió a una custer que empezó a bajar a Lima muy lento. Se dejó dormir, sus oídos oían los nombres de calles cantados potentemente por el cobrador, no los conocía, San Cristóbal de Misa, Pedregal Alto, Grau, (ese si lo reconocía), compañías de la electricidad, Plaza del Sueño…

Quizás estaba aún lejos, por eso no los conocía.

Huarochirí era un lugar de paso, cerros inhabitados. Pobre gente viviendo tan lejos de la ciudad. ¡Que distinta seria su vida si hubiera nacido ahí! Desear y no poder, más en este país tan injusto. Acaso los turistas pensaban eso de gente como él, al ver que nacemos y morimos en un país tan primitivo.

Su padre había sido obrero, pero él pudo estudiar y ser profesional, pero ahora, los hijos de los pobres solo podían ser pobres también, que suerte ser profesional y no obrero. Qué suerte ser un hombre casado, con hijos, con futuro y no como fue Renzo. Y, sin embargo, él se había prometido nunca dejarlo solo. Incluso si luego se hacía de un amante más joven, siempre velaría por él. Un día sus hijos se harían hombres, Carla se enamoraría de otro y ellos podrían por fin ser felices. Solo debía cumplir con su familia y esperar. Pero la callada muerte había llegado a la casa de Renzo antes de que todo ese informe proyecto se cumpla.

Pronto bajaría para hacer trasbordo.

Que extraño, Villa el Salvador, estaba en el camino desde Chosica, ¿acaso no estaba al sur?

¿Acaso no era plano? Este parecía un distrito con subidas y bajadas. No podía demorar más, no tomaría otra custer sino un taxi, Carla ya había prometido no meter en el drama a los hijos, pero él también había prometido no sacrificar a su familia.

Subió al taxi, le dio la dirección al chofer. Este con ese dispositivo nuevo ubicó el punto en la ciudad: Calle el Tiempo 344, altura de la cuadra 4 de Arequipa. Por el canal 7, le dijo el precio, era realmente muy elevado, pero, qué importaba, no quería que Carla sufra un minuto más, era una buena mujer, tampoco Renzo tenía culpa, el culpable era él y acaso él también no era malo, solo era alguien tratando de hacer feliz a todos los que quería. Solo pedía para si un poquito también de felicidad.

El taxi recorrió veloz, no había tráfico, ver a Carla y luego al trabajo, pensaba llegar en 10 minutos, pero pasó media hora sin que se acercaran, las calles y esquinas de Lima se sucedían con velocidad. Sin embargo, la academia Trilce se veía algo baja; qué raro, una cuadra después estaba un Sedapal. ¿Acaso eso no era en otra calle? Luego sorprendentemente apareció el Museo de Arte. Definitivamente no debía estar ahí. Recordaba la ruta desde su casa. Él había estudiado ahí de niño, todo un sacrificio para papá, pero lo disfruto mucho, él daba a sus hijos toda clase de gustos, pero papá no pudo matricularlo otro verano, ¡pobre papá! El último piso se veía quemado y rodeado de andamios, una refacción que demoraría años y costaría millones. ¿Pero cuando se hacía quemado? ayer lo había visto integro.

—Por favor, ¿puede apurárselo? ¿En cuánto lo vamos a llegar? ¿Esta Ud. seguro que esta es la ruta, más rápida?

—Sí señor. No hay modo de fallar —dijo el taxista.

—Ud. parece haber tomado otra dirección. Debe ir al sur, sin alejarse mucho del centro.

—Este camino es el mejor señor.

—Como Ud. lo diga —contesté— Qué raro. Algo estaba muy mal pero no sabía que.

Carla, Carla, hoy haría el amor con ella, así no la amara más. La quería muchísimo, pero desde que murió a Renzo deje de amarla. Antes creí que se podía amar a dos personas, luego solo a una. Era realmente algo tan distinto. No era erotismo, el erotismo no tenía nada que ver. Así él hubiera sido un ser sin sexo, sin cuerpo, un extraterrestre yo habría hecho todo por estar a su lado y habrá hallado el modo de estar físicamente con él. Con él recordaba algo que en mi infancia se me había extraviado, esa intimida familiar que se desmontó y perdió cuando me volví hombre. Solo pedía un pedacito de su vida para recuperarlo.

Pero ese pedacito se lo robaba a Carla y a los pequeños. Pero era cuando dormían, cuando estaban de paseo, nunca los había hecho sufrir, al menos no como yo había sufrido, ni una sola vez, quizás si una vez. La ternura del amor de Carla me pareció oscura cuando Renzo murió en un hotel del centro, le habían robado luego de una borrachera. Una muerte tan estereotipada, luego se habían ensañado con el cuerpo, mucho opinan que es el rechazo a sí mismos lo que motiva a ese tipo de asesinatos, una suerte de auto-homofobia, yo sé que no es esa la causa, esas crueldades no solo les pasaba a esos hombres, también a toda gente considerada inferior, una vez leí que la Marina, el cuerpo más racista de la fuerzas armadas, era la que más crueldades habían hecho en la lucha antisubversiva, no era por auto-odio, era solo porque a sus ojos esa gente valía poco y las odiaban, e incluso matarlos no les bastaba. Yo no sabía que él buscaba esas “compañías”, esa gente de mal vivir, de seguro yo lo dejaba muy solo, si fuese así lo entendía y perdonaba. Pero no parecía natural, además nunca tomaba… había otros detalles, Carla parecía la explicación más simple.

Extrañamente me dejó ir al funeral. Ya tenía lo que quería. La familia de Renzo me conocía y, sin palabras, me aceptaba. Ellos también dudaban de la historia del hotel y del robo a alguien tan pobre.

Eran sus parientes, pero Renzo había dejado de ser uno de ellos hace mucho, quizás desde niño, sabían la verdad, pero no se comprometerían a atacarme a mi o a Carla.

Las mujeres también tienen la capacidad para destruir de los hombres. Pero su violencia no implica esfuerzo físico. Ni emociones fuertes. Es una violencia casi invisible. Igual haría el amor con ella. No por ella, por mis hijos.

Ese era mi destino y lo sufriría. Es más, me lo merecía. Así me fui durmiendo en el taxi.

Imaginaba que soñaba, me sentía en la oscuridad de la habitación de Renzo. Felices como niños en brazos de sus padres, luego juntábamos las manos, las frentes…

No estaba dormido del todo, pero sentí realmente la humedad de su frente. Abrí los ojos con la esperanza de que, así como extrañamente había despertado en un hotel perdido de la sierra ahora despertara con él.

Pero al abrir los ojos ahí estaba el taxista y las calles de Lima, a esa hora que se preparaba para que todos trabajaran. Renzo. Abrí la billetera para verlo. Sus ojos inocentes, como despistado en un mundo que ya no era el suyo.

—Ya llegaremos.

—Lo sé —dije.

Saqué la foto y la tiré por la ventana. Me costó, pero era lo propio.

Ahí paró en seco el taxista,

—No —dije, mirando las casas—. ¿Por qué lo para acá?

—Mire.

Mire una casa verde que nunca había visto, pero era la dirección, el tiempo 344…

—Señor… —dije suspirando por la conmoción—, esta no es mi casa. Le dije, calle El Tiempo 344, altura de canal 7 de Arequipa. Solo déjeme en canal 7 y yo caminaré.

—El canal 7 está en Chorrillos.

—Señor ¿Ud. no lo conoce Lima?

—Bájese —dijo decidido y se abrió la puerta trasera automáticamente.

Saqué 20 soles y se los arrojé, el dinero sin peso no avanzó mucho en el aire y cayó en el asiento delantero. No esperó que ponga el segundo pie en el asfalto para arrancar. Pero no caí.

Bajo mis pies estaba la foto de Renzo. Pero no la podría recoger.

Pasó una señora de aspecto decente.

—Señora ¿Dónde lo está el canal7? No estoy bien, me lo he perdido.

—Hay hijo, puede tomar el subterráneo, ahí en la Munevar que está cerca —y señaló a la Av. Arequipa.

—¿Qué subterráneo?

Señaló con el dedo la Av. Arequipa y se fue. Había notado en mi cierta ansiedad anormal.

Miré, era la avenida Arequipa, tal cual, una avenida con poca anchura, pero importante, academias y casas antiguas, y miré el cartelito verde de la esquina.

Av Munevar. Cdr. 4

—¡No! dije. No…

Me acerqué a unas policías.

—¿Este no es Santa Beatriz?

—Si es —contestaron algo déspotas e impacientes.

—Busco la calle el tiempo, por el can… el colegio Emma Demnant.

—No hay ningún colegio, calle Tiempo hay a los dos lados de Munevar.

Quizás solo había confundido la derecha con la izquierda, ahora todo estaría bien.

Corría hasta el otro lado de la pista, pero a tres cuadras no estaba mi casa, claro, es lógico mi casa está en el otro lado de Arequipa, o de Munevar.

Regresé. Fingí sentirme normal delante de las policías y luego corrí ya sin vergüenza de parecer un loco. Pasé por donde dejé la foto. Ya no estaba, ya los barrenderos la habían desechado. Nunca he sido fetichista, pero me pesó esa minúscula pérdida. Era lo único que faltaba para que Renzo desapareciera físicamente. Para que se volviera nada. Volteé una esquina tras otra hasta empaparme de sudor y nunca estaba mi calle ni mi casa. A veces reconocía casas de vecinos, pero nunca la mía, era casas corrientes, gente común, detuve mi exploración frente a la calma de una bodega de barrio, creo, quizás la reconocía, no del todo, pero no estaba en mi calle…

Este no era mi mundo. Así de simple. Ya era el momento de ser consciente. Debí notarlo desde que estaba en la custer, y, como consecuencia lógica, no había Carla ni los niños en ningún lugar. Debía aceptarlo.

Acaso el hombre de Huarochirí que había pagado adelantado el hostal ahora despertaba en la cama con una esposa llamada Carla, dos niños y un amante muerto. Yo era como un pez traspasado a otro acuario decorado casi del mismo modo.

O, acaso yo solo era un provinciano en su primer día de locura, que soñaba que era un limeño profesional con una extravagante vida sentimental, la locura, como los sueños toman las partes más profundas de nuestros anhelos y, como todo sueño, y toda mentira, sobreactuaba y se apoyaba en estereotipos poco realistas. ¿Por eso yo hablaba así? ¿Los limeños acaso lo hablaban así?

Acaso no era yo. Pero este era mi cuerpo, mi cara, los reconocía, solo el dedo…

Acaso el hombre que había pagado esa habitación ahora era yo, sí, pero otro yo, ya estar con Carla y mis hijos, sus hijos y los haría felices. Lo merecían. Luego conjeturé más hipótesis. Cada una encontraba su propia evidencia, no había cómo dar con la correcta. Así es de engañosa la retrodición. Pero nada podía sacar en limpio. Solo que ni Carla ni los niños estarían solos y eso me tranquilizo.

Dejé de pensar lógicamente, no debía ya guiarme de mi sentido racional, este definitivamente no es un mundo lógico. O a lógica no es lo suficientemente diversa y completa para entender este mundo.

Ahí se calmó. Y su último pensamiento se silenció. Ni siquiera quiso ver las fechas en los diarios, era el mismo tiempo si, solo no era el mismo mundo. En el cielo había un solo sol, del mismo tamaño y luminosidad, pero era otro sol. Caminé hasta Munevar. Había una bajada al viejo subte Limeño. Milagrosamente sabía cuánto dinero echar en su anticuado sistema de cobranza.

Tomo asiento, a su lado un viejo leía el diario El Comercio: 11 de noviembre de 2018, ayer era 10.

En una pantalla con el volumen muy bajo se veía el noticiero. Era el canal 7, TV nacional, así que nadie pidió que suban el volumen. Entre cabezas y hombros se veía una entrevista o documental, el relator tenía un aspecto muy apuesto y culto.

…De otros universos muchos lo son exactamente iguales a este con leves diferencias.

—¿Cómo saben de su existencia?

—No empíricamente, solo matemáticamente.

—Bunge diría eso la hace una pseudociencia.

—Pero no una falsedad. Otros universos pueden estar muy cerca del nuestro. Al parecer los más parecidos se acercan unos a los otros sin tocarse, incluso pueden atravesarse como fantasmas, pero sus átomos no se rosan con los nuestros.

—Como los neutrinos que viajan por el cosmos sin tocar un solo átomo.

—Algo así, ahora el nuestro puede estar siendo atravesado por otros muchos otros universos, pero no interactúan, quizás solo algunos nudos del espacio tiempo se pueden enredar y un pedazo de otro universo se queda en el nuestro y se pierde uno nuestro en el otro, produciendo un minúsculo intercambio…nadie lo nota pues se trata de universos casi iguales, y tampoco se viola la ley de conservación de la materia…

El ruido era fuerte y el volumen, muy bajo, nadie atendió ni entendió ese programa.

Bajó en la estación los Laureles, del distrito más pobre de Lima, San Isidro, bajó, caminó por sus veredas sucias de arena y llegó una casa de ladrillos sin tarrajear, nunca la había visto pero la reconoció. Toco la puerta y de inmediato se dio cuenta o recordó que tenía llave. La metió y la giro al mismo tiempo que Renzo habría del otro lado. Sonrieron al notar la tonta casualidad.

Entro. En la radio se escuchaba esa canción con la que tantas veces habían hecho el amor. Y ese día lo harían:

 …Toda una vida

Estaría contigo

No me importa en qué forma

Ni donde, ni como, pero junto a ti

No me cansaría de decirte siempre, pero siempre, siempre

Que eres en mi vida ansiedad angustia desesperación

Toda una vida

Me estaría contigo

No me importa en qué forma

Ni donde…

 


Luis Arbaiza. Peruano. Estudió Biología y Genética en la Universidad Nacional de San Marcos. Consultor en Pedagogía de la Ciencia y en Medio Ambiente. Magister en Filosofía, mención Epistemología, escritor, ensayista y escultor-pintor aficionado. Publicó los libros de ciencia ficción Technetos I (2012), Tecnetos II (2019) y Los últimos días del universo (2017).

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/puzzle-last-part-joining-together-3223941/

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