Pablo Palacio, creador de una nueva narrativa en plena época realista | Alfonso Espín Mosquera

Alfonso Espín Mosquera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Pablo Palacio

No podemos desconocer que la narrativa ecuatoriana actual tiene sus antecedentes en el Realismo Social de los años treinta. Dentro de esta corriente, observamos la presencia de dos padres del cuento ecuatoriano contemporáneo: Pablo Palacio, adelantado a su tiempo, con un sicologismo no propio del momento, y José de la Cuadra, que se anticipa al Realismo Mágico, quienes rompen la actitud del Realismo Social. Pablo Palacio instaura lo que se ha denominado cuento sicológico y José de la Cuadra usa técnicas narrativas del Realismo Mágico. Marcan así la diferencia en los treinta y prefiguran las dos tendencias que dan lugar a la nueva narrativa posterior, junto con el Boom literario que aparece en Hispanoamérica en los años Setenta y que influye también es esta nueva narrativa ecuatoriana.

En el ambiente narrativo de los años treinta, había calado profundamente la tendencia realista; es decir que se favorece la representación de la realidad como el objeto más importante del texto literario, y se dejan las técnicas expresivas en un segundo plano.

Es común observar en los narradores de esa época una preocupación por las situaciones sociales y políticas del pueblo, como la de los indígenas de Huasipungo de Jorge Icaza, o la de los trabajadores en Las Cruces sobre el agua de Joaquín Gallegos Lara, o la del negro en las obras de Adalberto Ortiz, ya por los cuarenta.

Se pretende dar voz propia a los explotados, a los campesinos, al indígena y al montubio. El realismo genera una serie de testimonios, de cuentos y novelas que denuncian una realidad cruda e insalvable. Esta actitud testimonial es frecuente en el realismo y quizás por esta razón la elaboración del texto no interesa tanto. En otras palabras, lo más importante es lo que se cuenta, no cómo se cuenta. Lo mismo sucede en los años sesenta, década en la que el hecho literario sigue al servicio de las causas sociales y políticas. Se piensa que es obligación de la literatura denunciar, escribir sobre una sociedad donde se da la lucha de clases y se considera al escritor como un intelectual preocupado por las causas sociales.

Dentro de este panorama surgen obras de mucho peso, cuya trascendencia les ha otorgado una larga vida. Son las narraciones de corte realista las que nos han entregado personajes como el campesino con sus costumbres y su entorno, nos han hablado del campo, la naturaleza, la gente y las crueles circunstancias de la explotación en las que se ha desenvuelto la vida de estos personajes. Narradores tan valiosos y disímiles como Alejandro Carrión, Arturo Montesinos o César Andrade, han presentado en sus relatos esta temática y estos contenidos. Pero al repasar los nombres de los autores del realismo social, hay algunos que parecen no pertenecer al movimiento, o rebasarlo como Pablo Palacio, que se aproximó al futuro al intentar contar no solamente sobre lo visible, lo exterior, sino ante todo sobre el mundo interior del ser humano.

Jorge Enrique Adoum, en “José de la Cuadra y el Fetiche del Realismo”, artículo publicado por el Departamento de Cultura de la Universidad Central del Ecuador, dice: “El realismo se subleva contra la injusticia del burgués, Palacio descubría su chatura y su insignificancia como ser humano.” Unas líneas más adelante, añade que: “Se quiso ignorarlo por disidentes del realismo, y lo ignoraron todos, excepto sus amigos y quienes lo combatieron, con dignidad, aunque con miopía, en el plano de lo estético”.

Con la narrativa de Palacio surge una preocupación trascendental sobre el ser humano y sus conflictos personales, sobre las realidades íntimas del hombre. Así lo cree Bruno Sáenz, en su artículo titulado “Notas para un estudio sobre Pablo Palacio”, publicado en la revista Ágora de abril de 1967, cuando dice: “Las contadas creaciones de Pablo Palacio valen por una más vasta literatura gracias a su verdad: la verdad que antes de plasmarse, germina en el silencio interior”.

Hay en los cuentos de Palacio un mundo interior, una preocupación constante por el sufrimiento existencial del ser, quizá similar a la de Kafka, considerado un escritor de narraciones psicológicas. Hablar de sicologismo en plena etapa realista es hablar de saltos hacia el futuro, de una aproximación al individualismo actual. No olvidemos que el ser humano de estos tiempos ha involucrado en su vida como cosa normal, cotidiana, como si hablara de lo diariamente necesario, al sicólogo y sus prácticas, las mismas que pocos años atrás todavía no eran entendidas ni necesarias, quizás porque ahora nos interesa la búsqueda de la paz interior, del reencuentro, de la aproximación al yo personal, lo cual indica la preocupación por el individuo, antes que la preocupación por lo colectivo.

No es raro observar en los tiempos actuales un acercamiento a las religiones orientales, justamente porque nos ayudan en ese reencuentro personal, en ese viaje interior que pone de manifiesto el individualismo. Las propuestas que tienen que ver con el mundo interior del ser humano, con el individuo y su sicología, adquieren cada vez más acogida en la eterna búsqueda de paz del hombre, y son vistas como propias del tiempo, como necesarias. En los años treinta en cambio, esa actitud no tenía ninguna importancia. El adelanto de Pablo Palacio a la época, en pleno apogeo del realismo, le significó la impopularidad del momento y el reconocimiento actual; pues la literatura latinoamericana tomó ese sendero cincuenta años después. Palacio muestra en sus obras técnicas narrativas actuales, como por ejemplo el monólogo interior, que se usa en varias obras de autores del setenta. Pensemos en Jorge Dávila Vásquez, en su cuento “La Señorita Camila o en “El Triple Salto” de Iván Égüez. El Payayo Payayón, por ejemplo, protagonista de este cuento, presenta un conflicto de la interioridad del hombre y el sicologismo de Palacio en los treinta se repite cuarenta años después en una obra de los Setenta.

Alfredo Pareja Diezcanseco sobre Pablo Palacio, en un artículo titulado “El reino de la Libertad en Pablo Palacio”, publicado en la revista Casa de las Américas 127 de julio-agosto de 1981, sostiene que Palacio es un escritor realista, pero diferente de los de su época. Palacio es un realista menos directo, más sutil, más adentrista, según lo califica Pareja Diezcanseco: “Repito que Pablo Palacio fue un escritor realista, de la realidad más totalizadora posible, de un realismo que los escritores de entonces llamados realistas, no comprendieron. Pablo Palacio hubiera podido decir con Dostoievski: En el arte, amo por encima de todas las cosas el realismo que, por así decirlo, linda con lo fantástico.”

Hablar de circunstancias personales, de preocupaciones individuales, de sufrimientos internos, justamente cuando había que escribir sobre las injusticias sociales y la lucha de clases, en una obra como la de Pablo Palacio, debe haber parecido muy especial. A pesar de que Pablo Palacio no presenta como los autores del realismo social, esa cruda y directa realidad, muestra sin embargo una realidad no tangible, intrínseca, escondida en el fondo de cada ser. Por eso Pareja lo llama realista menos directo. Cabe preguntarnos con él, quién ha dicho que solamente el Realismo sea directo. En todo caso, la extemporaneidad de Pablo Palacio en plena época realista anticipa una serie de temáticas y preocupaciones de las que se empiezan a preocupar los escritores del Setenta con aquella actitud contestataria, rebelde, que se continúa hasta finales de siglo XX, como un rechazo hacia los afanes personales, individuales, hacia las injusticias del ser contra el mismo ser, hasta la actualidad en que se vive aún, la plena vigencia del individualismo.

En todo caso, la anticipación temática de Palacio consiste en acercarse desde la década del Treinta a la realidad hispanoamericana que después sería representada artísticamente por narraciones sensibles en la sicología del ser humano en los sesenta, setenta y posteriores.

Referencias bibliográficas:

Ansaldo, Cecilia (1993). “Dos décadas de cuento Ecuatoriano”, en La Literatura Ecuatoriana de las dos últimas décadas 1970-1990, Cuenca: 188 Centro de ediciones universitarias, Casa de la Cultura N. del Azuay

Bal, Mieke, (1995). Teoría de la Narrativa, Madrid: Ediciones Cátedra.

Donoso, Miguel (1982). “Prólogo”, Área Chica, Quito: Editorial El Conejo.

El Guacamayo y la Serpiente (Revista) No.28, Cuenca: Casa de la Cultura Núcleo Del Azuay.

Goldman, Lucien y otros (1984). Sociología de la creación literaria, Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

Letras del Ecuador (Revista) (mayo-agosto 1990) Quito: Casa de la Cultura No. 173.

Menton, Seymur (1993) El cuento Hispanoamericano, México: Fondo de Cultura Económica.

Vallejo, Raúl (1991) Una gota de inspiración, toneladas de transpiración. (Antología) Quito: Colección Antares No.30, Libresa.

 


Alfonso Espín Mosquera. Es editorialista permanente a nivel nacional del Diario la Hora y ha sido Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Internacional SEK y Ex Director del Departamento Académico de la UTE. Autor de los libros: La rebelión de los forajidos abril -2005 y de La corteza del Tiempo marzo -2011. Catedrático universitario de las Universidades San Francisco de Quito, UDLA, UTE, SEK y De Los Hemisferios y Empresario Agropecuario. Obtuvo una Licenciatura en Ciencias Jurídicas en la PUCE, después cursó el Ciclo Doctoral de Comunicación y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Diplomado en estudios avanzados de la Cultura por la Universidad del País Vasco, en la misma que curso un doctorado en Cultura, Estética y Valores. Posteriormente la Maestría en Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Actualmente es profesor principal y Editor de las publicaciones académicas de la Universidad de las Américas.

 

 

 

 

 

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