La última de todas | Andrés Arboleda Toro

Andrés Arboleda Toro

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Colombia)

 

“Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten”

J.L. Borges. El Aleph

 

Beatriz Alfaro murió en una helada madrugada bogotana después de una larga agonía en que la pobre mujer lloró, pataleó, se meció los cabellos, tosió, vomitó, gritó, transpiró, se incorporó y se volvió a acostar, no sin antes retocarse ante un espejito de bolsillo. Literalmente se ensució del miedo y se revolcó en su propia angustia. Fue en verdad una lástima ver en ese estado a una mujer tan hermosa y refinada como ella. Pero cuando anunciaron que finalmente se había ido, todos suspiramos de alivio.

En la calle, inicié mi tercera cajetilla de cigarrillos y me puse a esperar un taxi. Pero primero llegó el amanecer. Aterido de frío, no pude dejar de contemplar la medianera de un alto edificio blanco, en la que aparecía la deslucida publicidad de las plumas estilográficas Buey Negro que ya hacía varias décadas habían descontinuado. Sentí una profunda desazón y luego me dio la impresión de que todo eso ya lo había vivido. El frío, el silencio, el olor a cigarrillo, esa calle. Tan familiar me era esa desazón como la foto desconchada de ese elegante escritor de mirada enigmática y rostro esmeradamente afeitado que, acorralado entre su inmensa biblioteca y su desordenado escritorio, decía que él usaba únicamente Buey Negro.

Yo ya quería olvidar todo aquello, incluso el rostro de Beatriz y su último show de madrugada. Hasta su último respiro, ella me consideró como un fiel amigo cuando yo muchas veces le hice saber que lo mío iba más allá de una amistad. Pero esta bella actriz de telenovelas nunca me tomó en serio, de hecho, nunca tomó en serio nada que no fuera su figura, su pelo, sus innumerables vestidos y zapatos, y, luego, claro está, su enfermedad y su propia agonía. Incluso los hombres que se habían ido con ella a la cama y que habían quedado prendados, eran para ella solo cosas pasajeras. Ahí quedaba ella en las exitosas telenovelas que una y otra vez volvían a presentar en diferentes canales de televisión nacionales e internacionales. Que los otros la recordaran. Yo ya quería irme y olvidarme de todo.

Siempre fue un problema lo de su cumpleaños porque nació en un año bisiesto. Una bonita forma de olvidarla era ir todos los 29 de febrero o 1 de marzo a saludar a sus padres don Beto Alfaro y doña Beatriz de Alfaro. Solía llevar libros vanidosamente escogidos para impresionar a doña Beatriz y que nunca me había tomado el trabajo de leer: una esmerada edición del Leviatán que me recomendó un hirsuto librero; la última edición del Poly- Olbion de Drayton que compré en una librería que quedaba en el último rincón de un vasto sótano y que era atendida por una joven macilenta con gorro de lana, bufanda y guantes y cuyo mayor motivo de orgullo era padecer un TPA (Trastorno de Personalidad Antisocial); las obras completas de Luciano de Samósata que se las compré a la misma muchacha y que decía que se leían en una sentada. Otras obras que le compré (y que al parecer también se leían en una sentada) fueron: La Historia Natural de Plinio, La Reina de las Hadas de Spenser y una bella edición de las Mil y Una Noches, tan costosa, que casi fueron mil las noches que no pude dormir del remordimiento.

Me fui dando cuenta de que curiosamente doña Beatriz se aplicaba heroicamente a leer, releer, reteñir y ajar estos libros. En mis visitas los veía por ahí doblados, arrugados, anotados y coloreados, como si estuvieran descansando acezantes y maltrechos antes de seguir siendo martirizados por doña Beatriz en su obstinado esfuerzo por entender lo que decían. Comprobé que se aprendía de memoria pasajes enteros y que siempre iniciaba la conversación hablándome del libro de una forma artificialmente casual. Era una espontaneidad fingida, pre-escrita y ensayada. Hasta mi interés era fingido, mis preguntas y vagas respuestas. Lo único auténtico ahí era mi crasa ignorancia. Disimuladamente me mordía los dedos prometiéndome nunca más regalarle libros a doña Beatriz que se estaba convirtiendo en una vulgar erudita a costa mía. Entonces opté por regalar otras cosas como una botella de vino o chocolates. El resultado fue igual: doña Beatriz se volvió una celosa somellier y una escrupulosa catadora de chocolates.

La pérdida de Beatriz pareció darle más duro al padre que sucumbió al narcótico placer de la televisión. Don Beto era un tipo de una edad imprecisa, siempre callado, siempre cordial, siempre sentado en su butaca viendo televisión. Era una de esas personas sin pensamiento, sin yo, sin voluntad, sin deseo. Había llegado a la iluminación a punta de control remoto. Era un arhat en el cuerpo de un hombre anodino, invariablemente vestido con un suéter de rombos en cuello en V, una camisa blanca, unos pantalones de pana y unos zapatones talla 47 o 48 impecable, insoportable, intolerablemente lustrados.

Siempre esperaba en la sala a doña Beatriz (presumo que tan vanidosa como su hija) en compañía de don Beto. Y mientras aguardaba sentado en un mullido sofá, algo muy extraño me llamó la atención. No se trataba de las portadas de las principales revistas nacionales e internacionales con la foto de la hermosa Beatriz que pendían de la pared en marcos dorados con un estilo complicado y ostentosamente recargado. Beatriz en vestido de baño, Beatriz semidesnuda para un calendario, la ganadora del premio ZETA TV, Beatriz la mujer del año, Beatriz con el presidente de la república, Beatriz con un célebre narcotraficante, Beatriz con ex-habitantes de la calle en proceso de rehabilitación, Beatriz después de su propia rehabilitación luego de una breve temporada en el infierno de las drogas, Beatriz la diva, Beatriz la autora de un best-seller titulado: Mantenerse Zen, Beatriz como embajadora de paz, Beatriz como Malinalli, Beatriz como la India Catalina, Beatriz vestida de chola, Beatriz en la teleserie La Pola… Nada de esto llamó mi atención.

Lo realmente extraño estaba en don Beto. En la sala tenían uno de esos televisores tipo teatro en casa. Pero de pantalla chica el televisor no tenía nada: era un televisor pantalla plana de unos tres metros por metro sesenta, quizá más grande, con la imagen más nítida que haya visto jamás. Don Beto no se despegaba un minuto del televisor. Sin embargo, mientras esperaba en la sala no supe si la veía o si la ponía para evitar conversar conmigo. Se cruzaba de piernas, elevaba un brillante zapatón, bajaba la cabeza y parecía quedarse dormido. Pero me dio la impresión de que le gustaba ver televisión a través de su zapato-espejo.

Yo me quedaba ahí sentado, rodeado por los cuadros de Beatriz, mirando intrigado la extraña costumbre de ese hombre, mientras que en la pantalla aparecía todo un mosaico de canales sin sonido. De arriba venían ruidos de bolsas de plástico, retintines de vidrios, toses, armarios abriéndose o cerrándose. Siempre me pregunté por qué se demoraba tanta doña Beatriz en bajar y por qué la televisión no sonaba.

Así en esas largas esperas, poco a poco fui ganando una palabra más de don Beto. En realidad, fue un poco lo contrario porque fue él quien comenzó a hacer preguntas distraídamente. Le interesó mucho que yo fuera productor de televisión. Aunque estaba en canales independientes. Había hecho algunos documentales sobre cultura colombiana. Hablé de la televisión de resistencia, la televisión cultural, la que va contra el mainstream. Me di cuenta de que era un hombre que sabía de tomas, de planos, de ángulos y de otros elementos propios de la producción audiovisual. “El ojo”, decía. “El ojo, ¡qué órgano!”, decía moviendo la cabeza como si estuviera negando, aunque era un gesto de desconcierto y volvía a su posición inicial.

Cada año fui sabiendo más cosas de él. Una vez me dijo que sabía todas las funciones del control remoto y que le gustaba la función de mosaico. “Un gran avance”, según él. “Un gran avance en la historia de la televisión”. “No se imagina qué gran avance es”. Me irritó un poco el tono pedante con que dijo esto último. Él pareció darse cuenta de mi reacción y agregó: “evita el canaleo. Y eso lo es todo”. Levantó la vista de su zapato, me miró (¡me miró afablemente!) y señaló con un dedo uno de los cuadros del mosaico de canales en la inmensa pantalla. “Imagino que ya lo había notado”.

Me volví hacia la pantalla, recorrí con la mirada la centena de canales de deportes, películas, noticieros, telenovelas, documentales y todo lo que puede verse hoy en día en la televisión y me detuve en dos cuadritos que imperdonablemente no había notado: imágenes de un circuito cerrado clásico: en el primero, cámaras de vigilancia afuera y dentro de la casa. El segundo, no supe dónde era… Don Beto me miró afablemente una vez más al notar mi gesto interrogativo. “Es en el cementerio donde esta Beticita”. Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda y me erizó todos los pelos y vellos de mi cuerpo. “La gente podría interferir en su descanso, los usurpadores de tumbas, todo eso que dicen en las noticias”. Yo me quedé mirándolo con la boca abierta incapaz de hablar. “Y mírela, mírela ahí”. Pensé que se refería a uno de sus retratos colgados al lado del vasto televisor y detrás de una alta maceta en que estaba atrapado un largo cactus aún más erizado que yo.

“Ahí no, ahí”. En la pantalla, las ropas le venían anchas y su rostro se hundía en una atroz sonrisa. Al verla, era imposible no pensar en la Catrina.

“Esa es una cámara especial”. Se refería a las cámaras que filman en la oscuridad. “Lo vi todo, paso a paso. Es algo increíble”. En ese momento bajó doña Beatriz, deslumbrante entre sus joyas, dando órdenes para que sirvieran el aperitivo. “Le estaba hablando de Beticita”, dijo Beto señalando el televisor. “Es una maravilla, ¿no es así?”, me dijo ella saludándome con un beso en la mejilla. Su vivo perfume se quedó impregnado en mi mejilla y en mi ropa. “Es lo que se dice, destinada para las cámaras”, dijo pasándome ella misma una copa de vino. Don Beto se volvió a mirarla y se quedó pensando en algo. Recibió su copa abstraídamente.

“Beto se debe entender maravillosamente contigo. Es un apasionado de la televisión”, me dijo ella dándome un golpecito en el brazo. “No se imaginan el avance que esto constituye”, dijo Beto cogiendo un poco de maní con pasas y sin quitar los ojos de la pantalla. Entre tantas emociones ya no cabía la irritación. Más, unas ganas de vomitar. “Evita el canaleo, y eso lo es todo”. Comprendí por qué en todos los años en que había ido a esa casa, don Beto no cenaba con nosotros, sino que comía en la sala frente al televisor.

El vino había dado una particular locuacidad a don Beto. “Un documental sobre Beatriz Alfaro”, dijo como monologando. “Un documental que retrate el nacimiento, vida y muerte de Beatriz”. Doña Beatriz se rio. “No hace sino hablar de eso. Cuando me lo dijo entendí por qué se había empeñado tanto en filmar mi parto”. Doña Beatriz se rio de nuevo con una risa argentina. “Haz lo que quieras le grité, yo estaba que me moría camino a la clínica”. Don Beto atacaba un pernil de pavo sin dejar de mirar el televisor.

“Un documental sobre Beatriz Alfaro”, don Beto hablaba como si estuviera dormido. “Algo como nunca se ha hecho. El culto a la vida y a la muerte. Como los egipcios. Tomas únicas y no a las que nos tienen acostumbrados”. Me pareció que al decir esto último me miró de reojo.

Una vez recibí una llamada de un número que no estaba registrado en mi celular. Era don Beto nada más y nada menos. Me dijo que ese era su número. Me dijo que si podía recibirlo en mi oficina. Cuadramos una hora. Antes de despedirse me preguntó si tenía un televisor. “Aquí se hace la televisión”, le dije presuntuosamente. “Aquí puede encontrar los que quiera”. Y mientras me preguntaba si no había pecado de excesiva vanidad, agregué el número a mis contactos.

El lugar “donde se hacía la televisión” era una casa pequeña que pareció desilusionar a don Beto. Escondíamos la crisis en que estaba este canal alternativo detrás de los afiches con nuestras producciones y un reconocimiento que habíamos recibido años atrás. Lo único que nos mantenía vivos era un programa cultural para niños que tenía alguna popularidad en Internet. Hice traer un televisor a mi oficina. Don Beto parecía pálido, inerme sin su televisor. Por primera vez me fijé en su panza voluminosa. Su invariable suéter. Sus enormes zapatos sobre los que caían las luces de mi oficina y que le hacían desaparecer parte de las piernas en un halo de luz insoportable. Don Beto dijo que quería mostrarme algo y que lo traía en una memoria USB.

Conecté la memoria al televisor y puse Reproducir. En mi larga experiencia, nunca vi un manejo de cámara igual. Era en los años 70. La ambulancia. La clínica. La sala de partos. El doctor y las enfermeras ocupados. Las batas. Los guantes. La cama. La frente sudorosa de doña Beatriz que tendría treinta años, tan hermosa como la hija. Y la gran fisura que se ensanchaba entre la espuma, por la que salía Beatriz a la luz. Sus ojos cerrados, su cuerpo untado de vida, su llanto. Luego me indicó otro archivo, pero no tuve estómago para verlo: toda la transformación de su cuerpo desde su inhumación. Don Beto me miraba con ojos suplicantes para editar el documental. “Usted a quien le gusta lo diferente…”, me dijo. No le dije que sí ni que no. Pretexté ocupaciones y tiempo para pensar.

Dentro de una semana era 1 de marzo, había pasado ya un año desde mi última visita. Lo pensé dos veces antes de ir, pero al final me ganó la costumbre. Don Beto mismo me abrió muy afablemente, recibió la caja de chocolates que puso sobre una mesa coqueta que estaba en la antesala de la casa. Afortunadamente no me presionó con lo del documental.

Colgué mi chaqueta en el perchero pues hacía mucho calor y noté que todo estaba iluminado como si estuvieran encendidas mil bombillas de alto voltaje. Al llegar a la sala lo comprendí todo. Vi la inmensa sala transformada. Don Beto había quitado todos los muebles, cuadros, adornos y hasta el pobre cactus y había mandado poner televisores de pantalla plana por todos lados: en las paredes, en el techo, en el piso y hasta en unas gruesas placas de madera que cubrían las ventanas. Los del piso estaban protegidos por un grueso vidrio para poder caminar encima. Parecían baldosas con imágenes en movimiento. En todo el centro de la sala reposaba el televisor más grande del mundo que, según entendí, también era un computador. Desde una confortable silla giratoria (que había reemplazado la vieja butaca de don Beto) se podían ver al mismo tiempo todas estas pantallas que se rompían vertiginosamente en un inmenso mosaico de pequeñas pantallas.

“Lo puedo ver todo”, me dijo y luego blandió su celular inteligente en que aparecía un complicadísimo control remoto nivel profesional. “Y con esto puedo ver las imágenes desde todos los ángulos posibles”, agregó dando una vuelta en su silla con pueril alborozo. Además, se las había arreglado para captar la señal de todas las pantallas de vigilancia del mundo. Tenía todos los canales del mundo en todas las lenguas, la señal de todas las cámaras conectadas a animales monitoreados, la de hasta los más discretos equipos de espionaje, todos los clips de todos los sitios web dedicados a compartir videos, incluido su propio sitio web que era un inmenso repositorio de videos. “Desde aquí todo lo puedo ver a un mismo tiempo”, me dijo don Beto desde su sillón mirándose la punta de su zapato lustroso. “El ojo, ¡qué órgano!”, dijo.

Cámaras sofisticadas mostraban imágenes nunca vistas del océano. Vi un avión pasar del día a la noche en cuestión de segundos, vi las caras de las multitudes aplastadas contra vidrios de buses y metros, retratos verdaderamente memorables de los afortunados que habían podido ganar un lugar allí adentro a empujones y amenazas. Vi un nido de escorpiones comiéndose unos a otros, vi un hormiguero despedazado e infecto (era Bogotá), vi cientos de ojos bizqueando sus pupilas con mucho de granujería, vi la mirada estrábica de Sartre que parecía un pez mirando atónito desde su pecera. Vi imágenes de la última galaxia descubierta y de un extraño virus en estudio. Ahí estaban todos los espejos del mundo, aunque me abstuve de verlos todos, vi a una señora trasteándose a otra casa con todas sus cosas, incluidas sus baldosas y sus cucarachas. En otras pantallas varios profesores se perdían en apasionados debates sobre si la palabra racimo tenía una raíz indoeuropea o no. Se veían muchos dedos congelados por la nieve, muchos pulmones acabados por el tabaco, muchos chichones de gente que se había pegado en la cabeza, mucha gente amodorrada en vapores de baños turcos. Vi desde todos los ángulos todos los desiertos, pero no me vayan a poner a contar cada uno de sus granos de arena.

Afortunadamente no me acuerdo en qué ciudad fue que vi a una mujer que preferiría olvidar, vi su violenta melena de recién levantada y no puedo dejar de pensar en su fiero rostro producto de una inveterada acrimonia matinal.

Vi a un hombre obeso bajar 20 kilos en 20 días no haciendo más que llevar en su muñeca una pulsera adelgazadora. Vi a un joven flaco y prematuramente enclenque convertirse en un mes en prácticamente un fisicoculturista, solamente durmiendo con una aparatosa pijama. No dejé de anotar la referencia en un papelito. Entre los canales de noticias con su tono apocalíptico y los canales de eventos sobrenaturales a los que se les perdonaba que hicieran creer lo increíble en nombre de la fantasía contrario a los anteriores que lo hacían en nombre de la verdad, estaban los canales pornográficos ordenados según un minucioso criterio de clasificación taxonómica a través del cual se quería hacer creer lo increíble en nombre del deseo.

Vi mi apartamento vacío y sentí lástima por tanta soltería. También encontré el lugar exacto donde estaba una libreta de notas que había perdido hacía meses y que había estado buscando desesperadamente. (Luego, un tanto indignado, pensé que cuando saliera lo primero que haría sería comprar cortinas). Vi en un rústico lugar a una tropa de sinvergüenzas dándole un no muy higiénico uso a lo que parecía ser la traducción de Gómez de la Huerta de la Naturalis Historia y vi a un chico mirando con infinito asco las letras de ese mamotreto perdidas entre una verdadera pesadilla escatológica.

Y hablando de pesadillas, vi el drama de un taxista bogotano que decía recoger de día o de noche toda clase de aparecidos que al cabo de un rato desaparecían sin pagarle la carrera. El taxista, un hombre ojeroso y con cara de mala suerte, ya no sabía qué hacer. Tanta agua bendita le había descolorido las sillas del vehículo y lo estaba dejando calvo y tanta quema de mandrágora le había amarillado el bigote y le había dado una violenta tos que no se le quitaba con nada. El pobre tipo se quejaba de que tantos ciudadanos de ultratumba se desplazaran por la ciudad a costa suya sin pagar un peso, lo que ocasionaba que la otra gente que esperaba pacientemente en la calle no levantara la mano al verlo pasar pues lo veían ocupado.

Vi lo que algunos gnósticos afirmaban que era Dios captado por cámaras caminando meditabundo por diferentes lugares (a veces al mismo tiempo), sabiendo, o sabrá Dios, sin saber que había sido filmado. Vi huracanes, terremotos, tsunamis, vi el fin del mundo creado en un estudio de grabación, guerras tan atroces como para querer hacer huelga de hambre y tan entretenidas que las crispetas eran indispensables. Y para no dilatar más su aburrimiento quiero decir que no solo te vi a ti, porfiado lector, sino que me vi a mí mismo viéndome a mí mismo en uno de esos millones de videos que se reproducían en esa sala infernal. Después de averiguar cuál era yo y cuál mi imagen, pretexté lo primero que se me ocurrió (que tenía en casa elefantes qué alimentar) y salí disparado de esa casa. Ni siquiera esperé a doña Beatriz a quien pude ver en la televisión, en su dormitorio, vestida de hombre y con un espeso bigote postizo a la Pancho Villa, afeitándose una barba imaginaria y con un pucho entre los labios.

Una vez en la calle, el asfalto mojado por la lluvia se entretenía en imitar los autos de luces encendidas y mi pobre figura empapada. Pero que lloviera a esa hora de la noche y que no hubiera un solo taxi libre era algo que ya me esperaba. También me esperaba que hubiera taxis vacíos y que no se detuvieran. Algunos de esos taxis ya los había visto en las pantallas de don Beto atravesando raudos la ciudad en una carrera inexplicable para los que afuera nos moríamos de frío. Levanté la mirada y de un poste colgaba una cámara, discreta y vigilante. Al otro lado, la foto desconchada del escritor miraba hacia la noche con su Buey Negro en la mano.

Al fin un taxi se detuvo a mi llamado. Cuando el tipo abrió la ventana, salió un humo espeso que olía a mil demonios. Supe quién era el taxista mucho antes de que me examinara el rostro con una linternita. Yo debía tener cara de estar vivo o al menos de poder pagar porque el tipo abrió la puerta trasera. No me fue difícil saber que se echaría la bendición cuando yo entrara. Dicho y hecho: el taxista se persignó cuando le di la dirección de mi casa y esbozó una sonrisa de satisfacción debajo de su bigote chamuscado. Al interior del vehículo había todo tipo de crucifijos, imágenes religiosas, yerbas y amuletos. Del retrovisor pendían tantos escapularios que a duras penas el conductor podía ver algo por el panorámico. Pero todo esto me era tan familiar que temí que ya nada en la vida pudiera sorprenderme y de que lo hubiera visto todo. Hasta supe con penetrante discernimiento dónde estaba el control remoto que no encontraba desde hacía días. Solo que, cuando me eché en la butaca a prender la tele, no había nada que no hubiera visto ya. Pero afortunadamente, al cabo de los días, todas las pastillas para dormir que me tomé debieron haberme fritado al menos una parte del cerebro porque ya no me acordaba de nada. Hasta olvidé conseguir las cortinas para estar a salvo de las cámaras.

La vida me ha enseñado a pasar la página. La televisión, la literatura, el cine están llenos de gente como Beatriz y sus padres. Volví a mis asuntos, dejé de fumar, me casé, viajé y rodé mi más ambicioso documental sobre la cultura alrededor del agua, lo que me llevó a navegar varios mares, cientos de ríos y lagunas, aguas que se llevaron para siempre el recuerdo de Beatriz Alfaro y de sus excéntricos padres.

El documental, de hora y media, pasó desapercibido por la crítica. Algunos periódicos compitieron en publicar la nota más desastrosa al respecto y algunos distinguidos profesores y académicos se dignaron en sacar tiempo para escribirme notas de felicitación limpias de solecismos, aunque de una cortedad claustrofóbica. Hubo un reconocimiento del Ministerio de Cultura de Kirguistán que apenas alcanzó para pagar la mitad de una de las tantas deudas que tenía, aunque según parecía allá era toda una fortuna. Pero tras llegar con mi esposa de Biskek, no fue pensar en las deudas lo que me mantenía en vela todas las noches. Fue el hecho de preguntarme si mi documental rodaba ya en alguna de las monstruosas pantallas del señor Beto Alfaro de quien no tardé en tener noticias.

Hoy en día no se necesita comprar el periódico para enterarse de noticias, sino que las noticias se las ingenian para llegar puntualmente a uno. Me encontraba en mi oficina tranquilamente buscando por Internet información sobre el telectroscopio (sobre el que había leído en un cuento de Twain) y terminé leyendo la noticia sobre el prestigioso premio ZETA TV al documental: Beatriz Alfaro, destinada para las cámaras en que habían colaborado sus propios padres con material inédito y que había sido producido por el periodista Fernando Gómez del canal ZETA. Obviamente el documental sería presentado a las siete de la noche por el canal ZETA, “lo último en televisión”.

Al final se anunciaba que estaba en proyecto una segunda parte con la colaboración del programa Material Sobrenatural del mismo canal en la que mostrarían por primera vez lo que su padre aseguraba era el fantasma de su hija.

Abrí un cajón de mi escritorio, busqué con la mano nerviosa, torpemente una cajetilla de cigarrillos que heroicamente había dejado ahí sin abrir muchos meses atrás. Me demoré en encontrarla. Encendí un cigarrillo y aspiré una bocanada mientras miraba la foto de Beatriz.

Poco después vibró mi celular. Había llegado un mensaje. Me sorprendió ver en la foto de perfil la imagen de un zapato brillante que me era familiar y que aborrecía. El mensaje decía: “Hola, tiempo sin verlo. Ya vi su video. No está mal. No necesita esperar hasta las siete para ver mi documental. Venga y lo ve en mi casa. Además, nunca vino por su chaqueta que dejó hace como dos años. Aquí se la tengo”. Me irritó que hubiera llamado “video” a mi documental de una hora y media. Tiré con rabia el celular sobre el escritorio, tomé el cigarrillo de una tapa metálica que me servía de cenicero y aspiré otra bocanada rencorosamente.

Nuevamente vibró el maldito celular. Esta vez el mensaje decía: “Pensé que había dejado el cigarrillo. ¡Qué pasa hombre!”. Me levanté bruscamente de mi silla, puse el cigarrillo sobre el improvisado cenicero como si me hubiera quemado los dedos y miré el techo y las cuatro paredes de mi oficina. Aun estaba encendida la pantalla de mi celular. Pensé en apagarlo, pero luego miré por un segundo la puerta preguntándome si lo mejor no era salir corriendo.

 


Andrés Arboleda Toro. Universidad de Cundinamarca. Colombia. Realizó una maestría en Lingüística y Traductología en la Universidad Aix-Marseille (Francia) y es licenciado en Lenguas Modernas por la misma universidad. Actualmente es docente de tiempo completo de inglés, traducción y análisis del discurso en el programa de Licenciatura en Español e Inglés de la Universidad de Cundinamarca, seccional Girardot. También es traductor literario. En este momento se encuentra realizando la traducción al español de las obras del escritor francés Henri-Frédéric Blanc y una versión francesa de la obra poética del escritor sanandresano Juan Ramírez Dawkins. Sus campos de interés son las literaturas multilingües, la traducción, la autotraducción y los discursos ideológicos de la traducción.

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/black-button-communication-control-21166/

 

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