“La escalera de Bramante” de Leonardo Valencia | Fabricio Guerra

Fabricio Guerra

 

Tras cuarenta años, Landor retoma el retrato inacabado de Dora Lerner, enigmática musa judía procedente de los campos de concentración nazis. El propio Landor vivió también el horror de la guerra, aferrándose luego a la paleta cromática para sobrellevar el perpetuo exilio al que permanecerá sometido hasta el día de su muerte.

Si Theodor Adorno sostiene que resulta bárbaro escribir poesía después de Auschwitz, entonces Landor encarna una doble tragedia: la del sobreviviente y la del artista, que gestado en ese infierno bélico, busca algún tipo de redención en los trazos, a sabiendas que la barbarie se ha consumado ya, no en los versos, ni en los lienzos, sino en Leningrado, Hiroshima o el propio Auschwitz. Porque con o sin poesía, el hedor del cabello chamuscado no se disipará más.

La escalera de Bramante (Seix Barral, 2019) inicia recordándonos que “los discípulos de la luz solo inventaron tinieblas”, cita textual del poeta Robert Desnos, que a lo largo del relato adquiere una suerte de poder omnipresente para decirnos una y otra vez que la luz siempre produce sombras, que el fuego deviene en cenizas. Los iluminados de turno no tardarán en incendiarlo todo, con nosotros adentro.

Novela multidimensional que vincula con naturalidad tiempos y lugares aparentemente ajenos, atando todos los cabos y articulando un corpus narrativo compacto que se deja leer con agilidad no exenta de vértigo, trasladando al lector desde la papista Roma hasta un Quito aún pacato. O desde la bohemia París hacía una Bogotá desangelada e híbrida. En tal tesitura, nuestro Landor llega a la capital del Ecuador a impartir sus conocimientos pictóricos, deslumbrando de inmediato a dos estudiantes de artes, Álvaro y Raúl, que deambulan erráticos por una ciudad liminal que se desdibuja entre lo conventual y lo global.

En medio de tantas coordenadas espaciotemporales, emergen espontáneos, el británico sonido del grupo Queen, el andar parisino de la pintora Araceli Gilbert y la temida banda terrorista Baader Meinhof. De igual modo, surge el recuerdo cervantino del Caballero de la Blanca Luna sellando la suerte del Quijote en una playa de Barcelona, o la faceta teatral del inefable Pablo Picasso, dirigiendo una pieza de su autoría y firmando autógrafos a un tramoyista.

Las escaleras de Bramante existentes en las naves de algunos templos católicos prestan al presente libro el título y la carga simbólica, ya que sus escalones dispuestos en espiral ascendente, o descendente según se quiera, evocan la circularidad de la existencia, el eterno retorno nietzscheano. Porque es evidente que la vida, la historia, la literatura, lejos de avanzar de manera lineal, conforman más bien garabatos circulares que se hacen y deshacen caprichosos.

Fuerte apuesta la de Leonardo Valencia (Guayaquil, 1969), con esta, la que sin duda constituye desde ya su obra capital. Jugando con evidencias y ficciones, fluidos y colores, el autor propone una visión prismática del siglo anterior, tiempo caótico de guerras calientes y frías, de bolches y fachas, cuyas patéticas versiones andinas, son también parte del elenco de La escalera de Bramante.

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