Gaspar Blondín | Juan Montalvo

Juan Montalvo

(Publicado en El Cosmopolita, no. IV, bajo el título: “Cuentos fantásticos”, 2a. edición, imprenta “El siglo, Quito, 1894, pp. 399-402)

 

Atravesaba yo los Alpes en una noche tempestuosa, y me acogí a un tambo o posada del camino: silbaba el viento, lurtes inmensos rodaban al abismo, produciendo un ruido funesto en la oscuridad; y, en medio de esta naturaleza amenazadora, reunidos los pasajeros, el dueño de la casa refirió lo siguiente:

“No hace mucho tiempo llegó aquí un desconocido del más extraño y pavoroso semblante: mis hijos le temieron al verle y me rogaron no recibirle en la casa. ¿Qué secreto enlobreguecía a ese hombre? ¿Qué horrible crimen pesaba sobre él? No sé, le designé su cuarto, no muy firme de ánimo yo mismo, suplicándole se recogiese en él, atento que era tarde, si bien a ello me inducía el deseo de librarme de tal huésped. Apenas se hubo retirado, cuando dos hombres armados se presentaron en el mesón, inquiriendo por un malandrín, cuyas señas dieron: eran dos gendarmes que le seguían la pista.

“Más cualquiera que fuese su calidad, nunca habría yo faltado a las costumbres hospitalarias que aprendí de mis padres, quienes me enseñaron a socorrer, aun a los criminales, cuando se viesen perseguidos. Dije pues a los alguaciles que no habíamos visto ninguna persona de tal gesto como nos la describían. No me lo creyeron, sabuesos de fino olfato como eran, y en derechura se dirigieron al aposento de aquel hombre.

“Me plació el verlos entrar allí, pues, al no intervenir denuncio de mi parte, nada deseaba yo más que verme desocupado de semejante amigo.

“Más cuales no fueran mi sorpresa y mi disgusto cuando vi salir a los gendarmes exclamando:

“—Ah, don tambero, ¿en dónde le ha ocultado usted?

“Escaparse no pudo el fugitivo; le vi entrar en su cuarto, que no tiene salida sino es por la puerta, de la cual no había apartado yo los ojos. ¿Qué ente extraordinario era ese?

“Me amenazaron los ministriles con volver dentro de poco, provistos de mejores órdenes y no dejé de conturbarme. Aún no bien habían salido al camino, cuando oímos un horroroso estrépito en el tugurio del huésped misterioso: le vi enseguida aparecer en el dintel de su puerta, salir precipitado, y venir a caer a mis pies, echando espuma por la boca, todo desarrapado y contorcido. Los gendarmes volvieron, le prendieron, le amarraron, y en volantas le llevaron, a pesar de la profunda oscuridad y de la lluvia que caía a torrentes.

“Al otro día supe en el pueblo vecino que ese hombre perturbaba todos los alrededores hacía algunos meses: oculto de día, rondaba de noche. Se decían de él cosas muy inverosímiles, y muy de temer, si verdaderas; pero su único crimen conocido y probado era la muerte de su esposa.

“Su querida, por cuyo amor había obrado esa acción abominable, se volvió por su influencia personaje tan raro y peligroso como él: la temían los niños sin motivo, las mujeres evitaban su encuentro, y cuando la veían mal grado suyo, menudeaban las cruces en el pecho. Y aun dicen que sobrepujó a su amante en las negras acciones, metiéndose tan adentro en el comercio de los espíritus malignos, que le fue funesta a él mismo.

“Un día citó a su hombre a un caserón botado, tristes ruinas por las cuales nadie se atrevía a pasar de noche; era fama que un fantasma se había apoderado de ellas, y que en las horas del silencio acudían allá una legión de brujas y demonios, a consumar los más pavorosos misterios, en medio de carcajadas, aullidos y lamentos capaces de traer al cielo abajo.

“Suenan las doce, viene el amante: llama a la puerta, nada… nada; responde solo el eco. ¿Duerme la …bella? ¿Faltó a la cita? Un leve aleteo se deja oír sobre un viejo sauce del camino; luego un suspiro largo y profundo; luego estas palabras en quejumbroso acento: «¡Mucho has tardado, amigo mío!» Y como al volverse nada vio el desconocido, con voz siniestra prorrumpió: «¡Casta maldita!, en vano procuras engañarme: acuérdate que la fosa humea todavía, y que… Ah, tú me la pagarás». «¿Qué tienes Gaspar?» dijo su querida, arrojándose de súbito en sus brazos. «¿De qué te quejas?… ¡Duro, duro! estréchame contra tu corazón». Y como el diablo de hombre fuese acometido por un arranque de amor irreversible, la abrazó como para matarla: «¡Angélica!», exclamaba, «¡Angélica de mi alma! Las estrellas no son sino asquerosos insectos que roen la bóveda celeste». Más luego echó de ver que apretaba en vano, que a nadie tenía entre sus brazos. Horrorizado él mismo, huyó dando un grito espantoso en las tinieblas.

“Al otro día un hombre del campo vino aquejarse al teniente del pueblo que su hijita había desaparecido impensadamente de la casa. Dijo él triste, con lágrimas que a lo largo rodaban por su rostro, que abrigaba sospechas vehementes contra un tal Gaspar Blondín, hombre de temerosas costumbres, que ocultaba su vida envuelto en el misterio. Se le había visto la tarde anterior rondando por los alrededores de la casa, y aun entró en ella sin objeto conocido; y como la niña jugaba en el patio, La acarició y dirigiéndose a su padre le dijo: «Bella niña, bella niña, mi querido Cornifiche; ¿la vende usted?» Los perros se lanzaron sobre él, y desapareció por la quebrada.

Pasó la noche, amaneció Dios, y la cama de la muchachita se encontró vacía. Blondín no apareció en ninguna parte, a pesar de que todos los parientes y amigos del campesino echaron a buscarle. El pobre paisano lloraba tanto más, cuanto que, decía, en su vida se había llamado Cornifiche.

La tarde del mismo día que tuvo lugar esta demanda, Blondín acudió a buscar a su querida en los escombros conocidos: «¡Todo se ha perdido!», exclamó esta, así como lo vio: el monstruo ha dado a luz tres ángeles. «Mira, ¡Gaspar! en vano, en vano te amo… Pero has hecho bien en traerme a mi chiquilla, ¡Aureliana!, ¡Aureliana!», decía rompiendo la cara a besos a la niña que Blondín acababa de presentarla; el gato maúlla, el mono grita, la olla hierve… «Ven, ven, ¡Gaspar!», añadió, y arrastró a su amante al interior de un cuarto hundido y sin culata, en donde largo tiempo había que murciélagos tenían sus hogares.

Blondín encontró la cama fría como nieve: guardaba silencio su querida, y, a la luz de un mechero que alumbraba la estancia turbiamente, echó de ver que lo que tenía en sus brazos era el cadáver sangriento de su esposa. Volvió a correr horrorizado, y desde entonces ni más se ha vuelto a ver a tal Blondín”.

—¿Cómo le hubieran visto? —dijo a esta sazón uno de los oyentes, el cual, habiendo entrado mientras el tambero recitaba su tragedia, se dejó estar a la sombra en un rincón del comedor: —¿cómo le hubieran visto? Le ahorcaron en Turín hace dos meses.

—¡Yo sé muy bien! —repuso el tambero medio enojado—, ¡capo di Dio! ¿Por qué no me deja usted concluir la relación de mi historia? Huéspedes hay muy indiscretos.

—No tenga usted cuidado, señor alojero, replicó el desconocido; va usted a concluirla en términos mejores.

Y levantándose de su rincón se acercó nosotros, al mismo tiempo que se alzaba su gran sombrero auberniano de ancha ala. Miró al tambero con ojos azorados, palideció y gritó cayendo para atrás:

—¡Blondín!… él es.

 

París, agosto 6 de 1858*.

(*) La nota al pie dice: «He vuelto al castellano este primer cuento de una serie que escribí en francés, en París, bajo el influjo de una larga calentura. Cosas compuestas en la cama por un delirante, deben antes tenerse por ensueños.»

 


Juan Montalvo nace en Ambato, Ecuador, el 13 de abril de 1832 y muere en París el 17 de enero de 1889. Siendo niño fue testigo de las intransigencias políticas al ver a su hermano y tío marchar al exilio. Cursó primero estudios en el Colegio de San Fernando (1846-1848) y luego en el Seminario de San Luis en Quito (1848-1851), donde obtuvo el título de Maestro en Filosofía. Inició también estudios de jurisprudencia en la Universidad de Quito sin llegar a terminarlos. En realidad Montalvo es un autodidacta. Su formación se debe más a sus lecturas y a su experiencia europea, primero como miembro de la legación diplomática en Roma (1856-1858) y luego en París (1858-1859). En 1859 regresa a Ecuador y desde el comienzo toma una postura activa contra la dictadura de Gabriel García Moreno. Su vocación de escritor le induce a crear una revista, El Cosmopolita (1866-1869), desde la cual difunde sus escritos, pero que le llevaría al destierro de Ambato por sus críticas a García Moreno (murió asesinado en 1875). La muerte de un tirano dio paso a la entrada de otro, Ignacio Veintenilla, y Montalvo se vio de nuevo combatiendo en pro de la libertad. Primero lo hace a través de las páginas de El Regenerador (1876-1877), más tarde con sus Catilinarias que se empiezan a publicar en el periódico La Estrella de Panamá, donde había salido exiliado, y que se recogerán luego en libro en 1880; en estos ensayos surge con fuerza su espíritu polémico, su ironía y su lucha contra la tiranía. Su oposición a la dictadura lo mantienen fuera de Ecuador, primero exiliado en Panamá y luego en Francia. En 1881 viajó a París con el manuscrito de otros libros suyos. El libro de ensayos Siete tratados, quizás la obra que mejor caracteriza la cultura de Montalvo, se publicó en 1882; los demás sólo después de su muerte (Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, 1895; Geometría moral, 1902). (Tomado de: Ensayistas.org)

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