El eterno perdedor | Rafael Roque Rebaza

Rafael Roque Rebaza

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Celso suele levantarse temprano, a las seis de la mañana. Antes de las siete el pan debe estar en la mesa, el café caliente y el diario decano listo para la lectura. También la niña debe estar impecable, dientes limpios, uniforme planchado, los zapatos lustrados y el peinado cola de caballo que exigen en el colegio.

Luego Beatriz, la esposa, observará con detalle todo lo que la rodea: el tiempo en Celso se detiene en ese instante, aprieta los labios, pestañea mil veces. Una ceja levantada o un movimiento de cabeza por una insignificante arruga o el más imperceptible caos hará que el odio que siente por ella aumente. Su silencio, como en esta ocasión, se asumirá como conformidad.

Ambas desayunan con apuro, Celso continúa con el trajín de la mañana porque siempre existe algún nuevo requerimiento. Aprovecha para terminar de guardar los libros y cuadernos según el horario escolar.

A pocos minutos de las ocho comienza la ansiedad, pronto se irán. Los minutos de despedida le son eternos. Besa a cada una en sus mejillas y la esposa le recuerda, como lo hace a diario, que no demore en preparar el almuerzo, lo que debe comprar y que tenga el teléfono celular cerca para alguna coordinación de último momento. Hoy la esposa desea sopa de pollo, la hija un buen guiso.

Al cerrar la puerta siente la quietud de los virtuosos, la dicha que le es adversa desde que se quedó sin trabajo. Más tranquilo toma asiento, bebe con lentitud el café frío y repasa una a una las tareas que le quedan pendientes.

El desorden es mínimo cuando se limpia todos los días y en todo momento. A veces quitar un poco de polvo de aquí o allá, lavar las tazas y los platos del desayuno y tender las camas.

Camino al mercado suele cruzarse con muchas amas de casa, pero pocos varones de su edad. Acostumbra a comentar en voz alta los titulares de los diarios colgados en el kiosco y casi nunca obtiene respuesta de sus agudas críticas. Eso sí, conoce a la perfección el mercado, la ubicación según abarrotes, verduras y frutas; los puestos que venden más barato y, por supuesto, donde están las caseras más atractivas, que suelen ser las de los precios más altos. Se deleita con ellas, se esmera en sus piropos, se excita cuando le coquetean, sin embargo, no hay descuentos. Los habrá pronto, los habrá, se convence.

Celso se enorgullece de ser un gran ahorrador. Su esposa saca cuentas la noche anterior con él sobre lo que deberá dejarle para el desayuno, almuerzo, alguna cuenta que pagar y, muy de vez en cuando, algún imprevisto. De ese dinero no queda mucho, pero Celso lo estira de tal forma que a veces, cuando el ahorro ha sido significativo, le deja margen para comprarse un dulce o una torta, que disfruta sentado en la barra de la panadería de la esquina mientras observa a las mujeres que transitan frente a él.

Siempre al llegar a casa abandona las bolsas en la mesa con premura y corre hacia el baño para masturbarse, recordando la imagen de la casera del mercado o de alguna jovencita que se le cruzó en el camino. Alucina diálogos, una infidelidad en un cuarto de hostal, sexo, mucho sexo, un sinfín de poses, pero al terminar esos mismos pensamientos carecen de sentido y, transcurridos unos pocos segundos de alivio, el temor por la pronta llegada de la esposa se apodera de él. Imaginar a su esposa enterarse de una infidelidad le aterra. Lo perdería todo, la casa, a su hija, las ocasionales noches de sexo. No es una opción.

Se lava las manos minuciosamente, primero con jabón, luego con detergente, entre los dedos, en las uñas, las muñecas. Revisa que el cuarto de baño esté impecable, que no exista rastro de su diaria perversión.

En la cocina se lava nuevamente las manos. Luego coge el pollo muerto, tibio porque recién acaba de ser desplumado. Está trozado como para guiso. Las patas, el pescuezo, las alas, el hígado y la molleja están destinadas para la sopa. A su hija le da asco el hígado y la molleja, pero deben hervir en la sopa. Antes que llegue del colegio se las comerá y botará lo que le sea desagradable a la niña. Es la ingeniosa idea de un padre dedicado y se enorgullece de ello. Lo tiene todo listo: las verduras cortadas, las papas en cuadrados, el pollo trozado, el arroz lavado, las cebollas picadas para aderezo. Falta el ajo. ¡El ajo!

La esposa no come nada que no tenga ajo. Para Celso siempre se trató de una de esas fijaciones estúpidas que tiene la gente que se presume sana, que mira programas por cable donde la solución a todo es el ajo, o la lechuga, o cualquier otra verdura insulsa que te hará bajar de peso, curará el asma, estabilizará la presión arterial… y por ello le obligó a aprender y preparar tartas de berenjena, jugos de apio y purés de chía.

Cuando el arroz no tiene ajo o un guiso o un pescado no está aderezado con ajo, la esposa le enumera sus mil bondades y le cuenta, como si fuera la primera vez, el secreto para que no le quede mal el aliento a uno y cómo debe lavarse las manos para que no se impregne el olor. Todo eso lo aturde, lo irrita, pero guarda silencio. Muy a su pesar pospone la preparación del almuerzo y regresa nuevamente al mercado.

En el trayecto se le ocurre una travesura, una inmoralidad en su existir: fumar un cigarro. Nadie lo verá comprarlo, encenderlo y disfrutarlo. No lo hace en casa por temor a que el olor no abandone las habitaciones. Sin embargo, tomará sus precauciones y llegando se cambiará de ropa y se lavará los dientes. Lo enciende. Lo lleva a sus labios, disfruta la primera bocanada. Siente cómo lento el humo se expande en su pecho, cómo lo expulsa por los labios y la nariz. Alza la cabeza y sopla para que el viento de junio se contagie de su olor, su satisfacción. Con el ajo dentro del bolsillo de la casaca azul se dirige satisfecho a casa; ha sido un día excitante. Corta camino por una calle ridículamente estrecha. Dentro de una cantina dos viejos beben su décima cerveza. Escandalosos ríen y le silban a una mujer que, fuera del local, espera algo o a alguien. La mujer mira a Celso. Parece perdida. Celso la observa, siente las manos nerviosas. Se anima y se acerca a ella impulsado por un día plagado de emociones. La mujer lo recibe con la mirada y no rehúye. Con voz temblorosa le pregunta si todo está bien. La mujer duda, lo observa de arriba abajo y le responde que no lo conoce. Celso siente que por dentro algo se le derrumba.

Los dos segundos de silencio le parecieron eternos. La estudia. Una mujer exuberante. Fuertes muslos, cintura pequeña, caderas amplias. Viste short a pesar del frío, sandalias y un polo diminuto que deja ver su ombligo. Ojos grandes rasgados, labios exageradamente gruesos pintados de un tenue rojo y el cabello lacio suelto que cae sobre sus hombros desnudos. Bien podría ser una bailarina exótica o una prostituta de Night Club. Su rostro permite ambas posibilidades. Su extraño acento lo excita más. Celso, todavía tembloroso le ofrece nuevamente ayuda. Repentinamente ella lo toma de la mano y lo lleva hacia una puerta, detrás se despliega un pasadizo extenso, al final varios cuartos de alquiler.

—Mi marido me quiere pegar —le susurra al oído. Celso guarda silencio, no sabe cómo asumir esa confesión.

—¿Me vas a ayudar no? —pregunta la mujer muy cerca de él, peligrosamente pegada a su rostro. Le pide dinero. Celso se derrite y se siente húmedo, pero sabe bien que no lleva más de dos monedas encima.

Impaciente la mujer lo coge de los bolsillos del pantalón y pega su pelvis con la de él. Saca las dos monedas.

—¿Nada más?

Lo avergüenza. Se da vuelta y Celso se contiene al verle la espalda, el enorme trasero, las piernas contorneadas; le promete más dinero si lo espera un momento, unos minutos. La mujer acepta y, antes que parta, le da un beso en la mejilla.

—Gracias, lindo.

Abandona el lugar apresurado, casi trotando esquiva a varias personas y cruza una avenida y el parque donde se encuentra su casa. Se turba con las llaves y torpemente abre la puerta. Adentro suspira y sabe que no tiene más dinero. Es inútil, por más que busque y desordene no encontraría una moneda. Vacila. Se da media vuelta e intenta regresar, sin dinero, donde la mujer. Sin dinero su propósito es absurdo. Odia su situación y a su esposa. Golpea la pared con el puño y se lamenta de dolor. Siente ganas de llorar. Veloz, antes de perder la sensación y el recuerdo nítido de la mujer, se encierra en el cuarto de baño.

Satisfecho, pero contrariado, evitando las ganas de abandonar la casa para conocer el futuro de la extraña mujer, Celso regresa a la cruda realidad. A pocos minutos que culmine el mediodía y de la llegada de su esposa e hija para el almuerzo, su satisfacción se convierte en tensión y temor. Rápidamente pica el ajo en minúsculos cuadrados. Enciende dos hornillas y coloca encima una olla con agua y una sartén con aceite. No puede dejar de lado la imagen de aquella mujer. Desde ahora, sin falta, cortaría camino por esa calle, procurando tener siempre algo de dinero en los bolsillos.

Su pensamiento se ve interrumpido con el sonido de unas presurosas llaves. La puerta se abre y la imagen de su esposa con su hija colma el espacio de la sala. La olla burbujea insistente y el aceite se quema. Apresurado echa la cebolla con el ajo sobre la sartén y el aceite salta al sentir el contacto con algunas gotas de agua infiltradas. El humo invade el techo de la cocina e incomoda a la esposa, quien comienza, desde la puerta de entrada, con preguntas y reclamos por la tardanza con el almuerzo. Celso la ve acercarse furiosa, observa sus labios pronunciar palabras y algunos gestos que parecen insultarlo. El agua dentro de la olla se consume y él no abandona la imagen de la misteriosa mujer. Luego de percatarse de su esposa agitando los brazos reacciona y regresa al barullo de la cocina: la olla que hierve poca agua, el pollo que se echa a perder fuera de la congeladora y un aderezo, cargado de ajo, completamente quemado. Sin embargo, Celso está contento, tiene un nuevo recuerdo, una nueva sensación que lo acompañará inquebrantablemente todos los días, especialmente cuando tenga que encerrarse en el cuarto de baño.

 


Rafael Roque Rebaza. (Lima-Perú, 1982). Periodista en Grupo El Comercio. Publicó el libro de cuentos En nombre del padre y otros cuentos en 2005, el cual obtuvo una mención honrosa en el premio nacional Felizh 2012.

 


Foto portada: https://pixabay.com/illustrations/key-castle-security-metal-3d-3348307/

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