El arte de la lectura | María Dolores Cabrera

María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

“Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá?

Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán?

Y al fin, libros y personas se encuentran”

André Gide.

 

Cuando escuchamos la palabra “arte”, de inmediato imaginamos que se trata de una o de varias pinturas recopiladas. De obras musicales de compositores famosos, o pensamos en esculturas que se han ganado un puesto en la historia, o quizás en obras de teatro famosas, de baile o en el arte del cine. Además, estamos conscientes de que el arte tiene una historia, un desarrollo, una evolución a lo largo del tiempo y que es digna de ser estudiada, profundizada, analizada en sus diferentes corrientes y tendencias según la época, la política y los problemas sociales de cada etapa, de cada sector del mundo. Sabemos que también es arte lo que hace un publicista, un mago, un arquitecto. En fin, aceptamos como concepto, que el arte es básicamente crear belleza en todas sus formas y plasmarla sobre un lienzo, sobre una piedra, sobre un papel, o mostrarla por medio del movimiento, de la voz.

Creo que, a través de mi experiencia, he llegado a la conclusión de que leer también se puede convertir en un arte, y perfeccionarlo, nos llevará hasta un punto sublime donde, al dominar la técnica precisa de involucrar el alma, veremos que la lectura nos puede llevar a un éxtasis especial, a danzar, a escuchar música, a saborear placenteramente lo que leemos.

Alguien pensará, en este mismo momento, que “depende de lo que leamos” y, en parte, puede tener razón. Si leemos algo cuyo contenido desaprobamos o nos desagrada, es posible que ese éxtasis sea menos intenso, pero el punto es amar las palabras, las letras, la entonación de una frase, de una oración; amarlas porque eso nos transporta a la dimensión donde el yo, simplemente se ensalza, se sublima. Sentir que ESTOY LEYENDO y que ese solo hecho me da placer. Juzgar lo que leo, es otro tema; sin embargo, la libertad de poder hacerlo me hace feliz.

En el ensayo La experiencia de Leer, C.S. Lewis, nos dice que, existe el “buen” y el “mal” lector, llegando a la conclusión de que los “buenos” lectores son pocos (minoría) y los “malos”, son muchos (mayoría), descartando la idea de que hayan “buenos” y “malos” libros. Pero esta propuesta nos lleva a plantearnos las preguntas: ¿Y qué los diferencia? ¿Cuál es un “buen” lector y cuál un “mal” lector? El primero, sería el que ama la lectura, y no solo la práctica, dice Lewis. No busca un beneficio personal que no sea el disfrute sublime de leer y re-leer.

Este “buen” lector, involucra todos los sentidos en su lectura; el oído, el olfato y la visualización mágica de su propio escenario implicado en lo que lee. Puede sentir y no creo exagerar si digo, saborear lo que lee y llegar a vivirlo así, es experimentar el verdadero Arte de leer.

Según el mismo Lewis, como ya lo mencioné, los libros también eran juzgados de “buenos” o de “malos”, pero a partir de la propuesta de su experimento, sugiere desechar esa idea y dar esos calificativos, ya no a los libros sino más bien a los lectores.

Considero que los criterios que se daban y se dan aún sobre los libros se clasificaban de acuerdo a las tendencias políticas, religiosas, moralistas, etc., pero para el “buen” lector, leer algo que desaprueba y disfrutar del gozo de poder refutarlo, es haber conseguido subir el escalón hacia la gloria del arte.

Leer con arte, se puede convertir en una salvación personal pues podemos llegar a sentir nuestro espíritu contenido dentro de un espacio que habitamos con regocijo mientras leemos, en ese espacio (sin tiempo) quedan fuera, suspendidas, pasmadas, inmóviles y por lo tanto incapaces de hacernos daño, todas las amenazas del mundo externo que nos saturan y nos ahogan.

El que ha llegado a manejar con perfección el placer de leer, se alucina con el mundo de la imaginación a la que puede acceder, con el razonamiento, con el conocimiento, con el encanto de cuestionar y hasta de refutar lo que lee.

Leer es un desafío en el que hay libertad. Libertad de elegir lo que nos gusta, de repetir un párrafo decenas de veces porque nos satisface el sonido, la imagen y hasta el olor de lo que leemos, de aceptar o rechazar conceptos, creencias, y de opinar con libertad: “Es hermoso”; pero también, de sentir la dicha de decir: “Esto, no lo creo así”, o “No lo comparto”, pero estas frases pueden ser expresadas dentro de la plenitud que nos ofrece la libertad en la que nos sumergimos al leer.

Leer es entonces, una habilidad perfeccionada, y, como todo arte, se convierte en el socorro que llena la carencia de la que nos habla Jacques Lacan (el sujeto en falta) y, entonces, encuentra un sentido, una respuesta o un porqué, a lo que nunca lo tuvo.

El arte de la lectura sobrepasa la clasificación de la tendencia o de la corriente, sea esta renacentista, romántica, vanguardista, modernista, postmodernista, etc.

Para el “buen” lector, leer La Divina Comedia de Dante, escrita entre 1304 y 1321, es poder decir finalmente y con una sonrisa triunfal: “Yo estuve en el infierno”. Leer Romeo y Julieta del año 1597, escrita por Shakespeare, es sentir en la boca la resequedad que produce la impotencia de no poder romper resentimientos absurdos que desencadenen tragedias inútiles y hacer propia, en el momento de la lectura, la necesidad de morir. Leer El Quijote, publicada en dos partes, la primera en 1605, y la segunda en 1615, es comprender el deleite de la locura. La alegría de creer lo que no es. Leer Madame Bovary, novela realista de 1857, de Gustave Flaubert, es para el “buen” lector vivir la verdadera angustia y la soledad de la protagonista, percibir dentro de él mismo, la fuerza y la valentía que tuvo para luchar contra un sistema represivo y juzgador y decidir por su propia vida, por su propia felicidad. Leer a Julio Verne, que comenzó sus publicaciones por el año 1863, es viajar en la aventura sin límites, y al final, abrir los ojos y regresar con “algo” que ya nadie nos puede arrebatar.

Jorge Isaac, por ejemplo, puede desencadenar críticas fuertes, como el uso excesivo del “sentimentalismo idílico” y la gran extensión que caracteriza a la novela María, escrita en 1867. Sin embargo, leerla es sentir en la piel del lector, el sudor frío de la agonía de María. Llorar su llanto y morir en su lugar. Leer la poesía de Medardo Ángel Silva, quién empezó a publicar sus poemas en 1913, es sufrir su propio dolor y desgarrarse en él.

Y si nos ubicamos ya en la época contemporánea, se podría decir que leer Luna Caliente de Mempo Giardinelli, (1983), es experimentar el tremendo erotismo de los personajes, dentro de la propia sangre del “buen” lector. Y qué decir de El Penúltimo sueño de Ángela Becerra, (2005) si el lector llega a escuchar con perfección cada nota de la Trístesse de Chopin. Y así, podría citar cientos de ejemplos para describir lo que se puede vivir con cada libro.

Como conclusión, creo que, así como el público amante del arte ovaciona y aclama al final de una obra de teatro, de un concierto musical o de la presentación de cualquier expresión artística, la imagen de un “buen” lector terminando su obra, debería ser su venia inundada de aplausos.

 


María Dolores Cabrera. (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica: posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado “Mas allá de la piel”. En el año 2010, nos entrega “De nuevo tus ojos”, un segundo libro, también de 12 cuentos y ahora, la autora nos invita a conocer la historia de su primera novela “Te regalo mi cordura”.

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/boys-children-reading-summer-kids-3396713/

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