El Ángelus | Henry Bäx

Henry Bäx

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Al final de la calle, en donde las sombras acariciaban con leve placer un oscuro asfalto, se hallaba aquella magnífica mansión de arquitectura antigua. Su construcción clásica la hacía espléndida por sobre las demás casonas del barrio. Sobre la enajenable y simétrica acera, caminaba un hombre alto, vestido con un negro gabán; lo coronaba un inconcuso sombrero de fieltro. Sus ojos verdes y su rostro surcado por las profundas huellas del tiempo no emitían emoción alguna. Caminaba pasivo, aletargado. Llegó hasta un solemne portón de hierro forjado. Ahí parado, sintió sobre sus espaldas la mirada de unos ojos curiosos. Timbró con seguridad y desde el citófono emergió una dulce voz:

—¿Quién está afuera?

—Soy el investigador que habló en la mañana con usted. Mi nombre es Rogelio Ríos.

—Ah, es usted. Está bien, pase. Ahora mismo le abro el portón.

Un sonido seco se escuchó, la puerta se destrabó y Rogelio entró. Había un hermoso jardín muy colorido y bien ornamentado en una de las esquinas de la gran casa. El aroma a flores era evidente. Sorteó sin dificultad unas breves gradas semicirculares que lo llevaron hacia la siguiente puerta. La golpeó con lentitud y solvencia. Desde adentro se escucharon unos pasos livianos e inseguros que se acercaban hasta la puerta. Un tímido hilo de voz se escuchó desde adentro:

—¿Es usted?

—Sí, soy el investigador al que llamó. No tema. Abra la puerta, por favor.

Una mujer de edad avanzada apareció tras la puerta con actitud temerosa. Su rostro denotaba inseguridad, fragilidad. Sus ojos daban una infinita sensación de soledad y abandono, pero, a pesar de eso, su cara expresaba candidez y dulzura y su mirada bonachona estaba iluminada por un brillo mágico. Tal vez en ese fulgor se hallaba todavía presente el vívido recuerdo de una juventud hermosa, erótica, apasionada, deleitable.

Rogelio se sacó el sombrero y saludó respetuoso.

—Un buen día, apreciada dama. Mi nombre es Rogelio Ríos. Soy el propietario de la agencia de detectives. Hoy en la mañana hablamos… Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?

La anciana preguntó dubitativa:

—¿Está solo?

—Sí, lo estoy. Por favor, tranquila, nada tema.

La mujer atisbó hacia fuera para cerciorarse de que el hombre estuviera solo.

—Pase, pase pronto, no deseo ser vista por nadie.

El hombre dibujó sobre su cara una extraña mueca de asombro.

—¿Vista? ¿Acaso la espían?

La dulce abuela hizo que el hombre entrara a la casa con premura y acotó:

—Sí, algunos vecinos me vigilan, por eso lo llamé. Me siento en peligro… abra la cortina con cuidado y verá que es verdad lo que le digo.

El investigador se acercó hacia una pequeña ventana que estaba junto a la puerta; levantó con sigilo unas espléndidas cortinas de terciopelo azul, y miró con sumo cuidado hacia el exterior. En efecto, pudo notar que en la casa del frente se hallaba un hombre que los miraba con unos prismáticos, intentando permanecer oculto. Oteó hacia la derecha; advirtió que una mujer también los espiaba con cautela. Le pareció incluso que otra persona también los espiaba desde el flanco izquierdo. Rogelio sonrió de manera irónica mientras bajaba la cortina.

—Veo que, en efecto, estamos siendo vigilados. A lo mejor sus vecinos son muy curiosos.

—No lo crea. Lo que sucede es que ellos desean adueñarse de El Ángelus

—¿El Ángelus?

—¿No me diga que no sabe lo que es?

Rogelio puso su elegante sombrero sobre una mesita japonesa que era parte de la sobria decoración de la casa. Mientras caminaba hacia una pequeña salita, dijo:

—Sí, es una oración en honor al misterio de La Encarnación.

—Veo que usted es muy creyente.

—Soy católico no practicante. Mi difunto tío abuelo fue sacerdote y lo rezaba en latín tres veces al día. Cuando yo era pequeño me hacía recitarlo. Todavía recuerdo sus partes iniciales… Él decía el versículo: Ángelus Dómini nuntiávit Maríae. Y yo respondía: Et concépit de Spíritu Sancto. Luego rezábamos un Ave María.

La anciana le invitó a sentarse sobre unos muebles tipo Luís XVI.

—Siéntese, señor Ríos. ¡Cuánto me alegro de haber dado con usted! Veo que es el hombre indicado.

—¿Indicado? ¿Para qué? ¿A qué se refiere?

La mujer sonrió complacida.

—Para que custodie El Ángelus.

—Al parecer no me he hecho entender… Creí decirle que El Ángelus es una oración en honor al misterio de La Encarnación.

La mujer se levantó de su cómodo sillón y habló gentilmente.

—Señor Ríos, ¿le puedo ofrecer una taza de té y unas galletas que horneé hace poco?

—Se lo agradezco.

Con paso lento, la anciana se perdió entre unos amplios muros. Se escuchaban a lo lejos sonidos de cubiertos y de tazas. Luego de unos minutos, apareció la mujer con una resplandeciente charola; sobre ella, una graciosa taza de fina porcelana china, una tetera y un plato con galletas. La posó sobre la mesita de centro. Acto seguido, hizo chorrear el líquido amarillento dentro de la taza y se la acercó con atención y delicadeza al hombre. Transcurridos unos segundos, le dijo:

—Si desea más azúcar, me avisa.

—Descuide, así está bien. Disculpe, estimada dama, ¿con quién tengo el gusto?

—Mi nombre es Orfa Palma y soy viuda.

—Señora Orfa, me podría explicar, por favor, ¿qué significa aquello de custodiar El Ángelus?

La anciana se volvió a levantar. Con su paso vacilante se dirigió hacia un elegante aparador en donde se hallaban unas espléndidas porcelanas con filo de oro. Abrió una de las puertas del inmenso mueble. Ahí descansaba una hermosa porcelana en forma de escarabajo. Su lomo era una especie de tapa; de su interior extrajo una foto, a la cual el investigador miró con curiosidad. Momentos después, ella le entregó la fotografía. Rogelio Ríos la tomó y la miró detenidamente. Esa era la imagen de un hermosísimo tríptico de la edad media. Describía al arcángel Gabriel en señal reverente hacia María. El dibujo hecho sobre madera estaba adornado con hermosos paisajes. Bajo la imagen principal estaban dibujados pasajes de la Biblia sobre la anunciación de María, pero más allá de eso, este tríptico tenía algo en particular: sus líneas y sus formas estaban hechas con pintura de oro. Muchos de los detalles de la vestimenta, de los ojos, del cabello y del paisaje estaban decorados con piedras preciosas. Sin duda era un tesoro. Rogelio no dejaba de extasiarse con aquella fotografía. Desde su interior le surgió un abominable sentimiento de codicia; se sintió abrumado por un extraño deseo de posesión que trató de simular.

—¿Esta joya la tiene usted aquí?

—Si, está aquí, en mi casa. Pero en un lugar seguro, descuide.

Rogelio se levantó del sillón y se volvió a dirigir a la ventana. Miró a los lados, quería cerciorarse de que no hubiesen miradas intrusas que lo vigilaran. Sabía que esta era una oportunidad de oro. No sería difícil apropiarse de aquella joya y tampoco sería complicado deshacerse de la anciana. Darle un golpe en la cabeza con uno de esos valiosos objetos sería la mejor alternativa. Para cuando descubrieran su cuerpo, él ya estaría lejos, fuera del país. Vender la joya sería fácil. Tenía “amigos” que compraban cosas sin hacer muchas preguntas; además, él conocía gente en el extranjero que le compraría aquella joya y por la que le pagarían su peso en oro. Durante unos minutos se puso a pensar que su insignificante y corrupta vida por fin acabaría, pero había que esperar, dejar que la noche cayera y luego actuar. Debía obtener cuanta información fuera necesaria para encontrar aquel portento. Él lo tenía planeado todo, así que empezó a ejecutar su plan.

—Ha hecho bien en llamarme a mí, doña Orfa. Será necesario que esta joya esté a buen recaudo. Habrá que reforzar las seguridades para que nadie pueda echarle mano.

La anciana lo interrumpió:

—No, no necesito reforzar ninguna seguridad. El Ángelus está muy seguro. Lo que deseo es que nadie sepa de su existencia.

—¿Pero alguien sabe de la existencia de esta joya?

La mujer lo invitó a sentarse nuevamente y le habló con un tono suave e íntimo.

—Le voy a contar algo que espero lo guarde bien. Le voy a confiar un secreto.

Rogelio se acomodó en el mueble, y escuchó mientras sorbía té y mordía la última galleta.

—Mi difunto esposo era un coleccionista que viajaba mucho. Siempre tuvo una gran fortuna, por lo que conocimos casi todo el mundo durante nuestro matrimonio. En uno de nuestros viajes fuimos a la India. Mientras caminábamos por las calles de Bombay, hallamos este tesoro en uno de los mercados de la ciudad. Allá, sus habitantes no le ponían mucho asunto a esta joya, ya que ellos no son creyentes de la fe católica. El vendedor nos dijo que este tríptico llegó de mano en mano, desde la época de las cruzadas, y que provenía de una ciudad de Medio Oriente. Mi esposo, sin meditar nada, lo compró. Pagó un precio muy alto por él, pero sin duda valió la pena. El simple hecho de observarlo es un deleite. Cuando lo trajo, cometió la imprudencia de enseñárselo a unos amigos y conocidos nuestros, pero no sé por qué extraña razón, todos lo codiciaban. Incluso quisieron robarlo, pero yo, a pesar de mi edad, lo he sabido cuidar y ocultar.

Este hermoso tríptico que usted ve en esta fotografía me pertenece y es solo mío. Algunas personas de este barrio saben de la existencia de esta joya y desean apropiarse de ella. No sé por qué motivo, pero este tríptico despierta la codicia de quien lo ve. Hay gente que dice que está maldito, pero es absolutamente falso, porque es un objeto sagrado. Lo que ahora deseo, es ayuda para llevar este tríptico hasta las autoridades. Lo que quiero es donar esta maravilla a un santuario o a un monasterio. Creo que ese será el lugar más seguro y apropiado para mi Ángelus.

Rogelio sorbió su taza de té por última vez, se levantó sin mucha ceremonia y dijo:

—Pierda cuidado, doña Orfa, yo la ayudaré. Ahora lo que deseo es ver al preciado objeto, necesito admirarlo, y si es posible, tocarlo. En cuanto pueda, yo mismo se lo entregaré a las autoridades. Soy una persona de fiar, conmigo esa joya estará segura hasta que contacte a la gente de algún museo. Ahora es menester que lo vea.

La anciana recogió la charola, la taza y el platito de galletitas. Con voz amable dijo:

—Señor Ríos, espere unos minutos. Voy a la cocina a dejar esta charola. Ahora iré a ver unas llaves y luego lo conduciré hasta un lugar dentro de la casa en donde se halla mi preciado Ángelus. Hasta tanto, póngase cómodo. Regreso en unos instantes.

Al detective las cosas le estaban saliendo según el plan que había estado imaginando minutos atrás. De su cinto cogió la pistola; la acarició. Evitando cualquier mirada intrusa, se cercioró de que estuviese cargada. La volvió a guardar. De uno de los bolsillos de su gabán sacó un pañuelo; lo tensó con furia. Quería ver si este tenía la suficiente resistencia para el momento de la estrangulación. Lo guardó. Pasó su mirada alrededor del magnífico salón para ver si había algún objeto contundente con el cual realizar su cometido. Halló uno que le pareció apropiado. Lo tomó y lo ocultó en uno de sus bolsillos. Tratando de simular su acto, comenzó a revisar el lugar. En verdad era un sitio muy hermoso. Sobre una enorme y gruesa pared se encontraban unos magníficos cuadros de pintores reconocidos. Sin duda era un sitio muy elegante. Pudo observar también una fastuosa chimenea que en ese mismo momento escupía lenguas de fuego. Por instinto detectivesco, siguió mirando y se fijó que sobre el piso, muy cerca de la chimenea, yacía una pequeña rejilla. Era tan pequeña que sin duda formaba parte del sistema de ventilación. De la cavidad de este ducto salía, casi imperceptible, un olor a descomposición. Podía ser una rata muerta. Luego de unos instantes, la anciana volvió con su paso lento e inseguro.

—Listo, señor Ríos. Tengo la llave. Por favor, sígame.

Rogelio empuñó el objeto que tenía escondido en su bolsillo, y siguió a la dulce abuela. Ella lo guiaba por unos pasillos llenos de lujo y encanto. Llegaron al final del pasillo. La anciana abrió una puerta que les interrumpía el paso. Bajo sus pies, una sinuosa escalera los dirigía hacia un profundo agujero. Había suficiente luz. Orfa, con penosa parsimonia, comenzó a bajar. Rogelio se aseguró de que la puerta quedara cerrada. Él seguía a la vieja mujer. El plan estaba saliendo a la perfección. Luego de unos cuantos minutos llegaron al fondo de esa extraña habitación. Una nueva puerta hecha de un grueso acero les volvió a interrumpir el paso. Ahora la anciana sacó de su chaqueta una estrafalaria llave. La copuló en una más extraña chapa. Giró la llave. La puerta era tan pesada que Rogelio se vio en la necesidad de ayudar. Una vez abierta, entraron a un nuevo mundo. El sitio era una bóveda en donde reinaba la total oscuridad. A un lado de la puerta había un pequeño interruptor; lo accionó. Acto seguido, un grandioso y firme haz de luz multicolor se activó, haciendo que la bóveda se iluminara en un solo lugar y lo demás quedara bajo una abismal negritud.

Rogelio experimentó una sensación esplendorosa. Se posó bajo el haz de luz e impaciente preguntó.

—¿En dónde está El Ángelus?

Orfa, cobijada bajo el manto de oscuridad, se dejó iluminar levemente, levantó su mirada, y con su cabizbajo dedo índice señaló hacia arriba. Rogelio también elevó sus profundos ojos. Sí, era El Ángelus y estaba como suspendido en el aire; parecía que flotaba, que volaba. Aquel tríptico tenía vida propia. Se movía de un lado a otro. Incluso, su curioso movimiento se conjugaba maravilloso con la mágica luz. Rogelio se estremeció y fue cubierto por una emoción sublime; sus piernas empezaron a sentir un leve temblorcillo, y una extraña sudoración le sobrevino de la nada.

Orfa con su amable voz le dijo.

—Para que pueda apreciar mejor El Ángelus, es conveniente que se acueste. Tener la cabeza hacia atrás produce mareos y escalofríos.

Rogelio, como subyugado por aquella mágica visión, se recostó sin dejar de mirar hacia arriba, decúbito supino, miró como las imágenes se desprendían de aquel tríptico, y empezó a extasiarse con ese sublime momento. El Ángelus cobró vida: el arcángel Gabriel batía sus alas de oro con vigor, y el aire de ese movimiento llegaba al rostro de Rogelio. Vio a la Virgen María abrir y cerrar sus ojos de esmeralda con ternura. También escuchó la conjunción de unas voces lejanas como si fueran parte de un coro celestial. De manera abrupta, escuchó unos gritos de espanto y terror que ahuyentaron su aventura visual. Confundido, quiso ver de dónde provenían esos lamentos, pero sus piernas no respondían, sus manos y su mismo cuerpo pesaban una tonelada. Instintivamente pidió auxilio. Pasaron unos segundos, y una esplendorosa luz iluminó la bóveda por completo. Su cabeza tenía movimiento todavía. Haciendo un esfuerzo sobrenatural, miró hacia los lados y pudo observar que había un fárrago de huesos en un rincón de la pieza. Supuso que el olor desagradable que expedía el ducto provenía de allí. Solo entonces comprendió que él había sido víctima de una fatal trampa. Orfa, la dulce abuela, se le acercó segura; agachó su diminuto cuerpo y le dijo:

—A veces unos resisten más que otros.

—¿Qué fue lo que me dio? —le preguntó ya casi sin fuerzas Rogelio.

—Nada malo, solo un poco de narcótico en su té, y una buena dosis de alucinantes en las galletas.

Rogelio empezó a sentir los latidos de su corazón tan fuertes que parecía que pronto estallaría. Su latir era un conjunto de truenos que impedían casi escuchar lo que la abuela le decía. Sin embargo, alcanzó a escuchar lo siguiente:

—La codicia es un pecado imperdonable. Ya le dije que nadie se llevaría mi Ángelus. Descuide, no estará solo; aquí están mi esposo, sus amigos, y más de un codicioso que quiso robarse mi joya. No se preocupe, pronto se reunirá con ellos.

Entonces Rogelio, sintiendo los esténtores de la muerte, resignado, solo cerró sus ojos y sin más, convulsionó agitado.

 

****

Una vieja hoja de un periódico amarillento volaba iracunda por sobre los árboles de un parque. Una vez que el viento dejó de jugar con ella, se posó sobre la hierba. Claramente se leía:

Hace una semana atrás se pudo detener al fin a la anciana Orfa Palma, más conocida como la viuda loca. Vecinos del lujoso barrio en donde vivía advirtieron a las autoridades sobre la nueva desaparición de un hombre misterioso que entró a su casa y que jamás volvió a salir. En el sótano de la casona hallaron osamentas de muchos cuerpos y, además, el cuerpo en proceso de descomposición de un hombre identificado como Rogelio Ríos. Las autoridades también dieron parte de un fabuloso descubrimiento de una reliquia muy antigua de un…”

La amarillenta hoja del periódico estaba rasgada en esa parte. Una leve brisa la volvió a elevar.

 


Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva Barreno), escritor ecuatoriano (n. 1966), publicista. De vasta producción literaria, cultiva los géneros de la ciencia ficción, literatura policial, de terror, la poesía, etc. Sus obras, entre otras: “El pergamino perdido”, “El psíquico”, “El libro circular”, “El último siloíta”, Hungarian Rhapsody”, etc.

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/hand-table-cloth-crime-315397/

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