1001 chicas que debes conocer antes de morir (Fragmento 3) | Adrián Grimm

Adrián Grimm

 

—Umbra aquí, umbra allá, maquillate, maquillate.

Amara escuchaba por primera vez atentamente esa canción histérica que recordaba del siglo XX. Le pareció apropiada para el día de las brujas.

Se colocó y sujetó con imperdibles e invisibles negros cuyas cabecitas eran cabecitas de serpiente la aureola y las alas rojas. Las beene gesseritas iban de negro total con discretos anillos amarillos, velos sobre sus rostros y pequeñas alas de gárgolas góticas. Ella, de plumas negras debajo y accesorios rojos, sin velo. Las cuatro, altísimas, flotaban entre sus tules y el viento como una sola gran cabellera negra y Amara, o sus alas, era los labios en forma de beso de un rostro que todos captaban y anhelaban de alguna parte o algún sueño.

Salieron del estacionamiento de la calle Columbus, vestidas y formadas en diamante, ocupando el centro de la avenida Amazonas peatonizada. Avanzaron en cámara lenta hasta la estrecha calle Foch y congregaron a decenas de brujas, zombis y esqueletos. Entre todos alargaron la cabellera de ese rostro imaginario y entraron a la plaza protegidos por el beso de Amara.

Las ángeles de negro giraban despacio a su alrededor, y la gente revenida les hizo calle de honor. Sus bellas pantorrillas las fueron llevando hasta el centro de la plaza, pero ahí en plena calle estaban inamovibles los cuatro amigos con sus pijamas y antifaces, sus copas inguinales y sus bombines. Safari, siempre bien vestido, llevaba una llave inglesa portentosa, Johnny Crawler un simple club, el Gordo un bastón de caoba, el Chulo una flauta de pan y Zaza un remo de madera.

—¡Santa Bárbara Bendita!

—¡San Benito!

—Quietos chicos.

Ambos grupos se contemplaron en el centro de la plaza, los málchicos resistieron la primera mirada de Amara gracias a los antifaces, eran una fila blanca de cinco puntos dirigidos hacia la boca del rostro, tal como un cancrillo. Las ropas de Paloma parecían hechas de telaraña con misteriosos pomponcitos negros, Salomé estaba cubierta de apretados terciopelos oscuros facetados, y Juliana brillaba de látex y cadenas plásticas. Su corte de gente muerta emitió pitidos de alarmas de sus celulares; Amara, toda plumas, dio la señal: dejó caer su pañuelo.

El Gordo salió reptando detrás del pañuelo y rompió la formación. Los cuatro restantes desaparecieron en la cuadrícula. De todos los celulares salía el mismo beat sincronizando a los bailarines, y de parlantes incrustados en los edificios, se derramó la más deliciosa canción de disco: September.

La plaza estática observó el girar de las ángeles, mientras el bajo atacaba los primeros acordes, pero cuando entraron las trompetas, las ángeles fueron descendiendo una por una con los brazos alzados y dejaron sola a Amara parada sobre nubes de tormenta. Maurice White o su alter ego empezó detrás de Amara: ¿Do you remember the twentieth first night of September? La plaza explotó. Hasta Zaza se emocionó y cojeó a compás. Y, por treinta segundos, todo fue de maravilla, luego trastabilló y cayó, pero nadie pareció darse cuenta.

Johnny cerraba los ojos inundados de lágrimas y evocaba la misma plaza y la misma canción con Margarita. Y luego con Natalia, Mariana, Yolanda y Andrea, etc., etc., etc… El amor lo tenía hecho un guiñapo, pero demostraba su casta de campeón.

El Gordo con el pañuelo rojo atado al cuello estaba casi al filo de la cuadrícula, pero sus amigos casi en el centro, junto a Amara y sus Beene Gesseritas. La coreografía era en su mayor parte saltitos y solo las mujeres si lo querían tenían una segunda coreografía con movimientos obligadamente artísticos. Sudorosas y enfocadas dominaban el centro. Los demás hacían una cortina oscura a las plumosas alas rojas de Amara

—Badiyaaa say that you remember… ¿badiyaaa, dancing in September?

La canción no terminó, fue mezclada con Boogie Wonderland, que también duró solamente 36 compases, pero aceleró el ritmo, y luego vino Fantasy completa, pero la versión urbana tocada en las calles de Manhattan. Las ropas negras se dieron vuelta y todo se volvió una fiesta repentina.

Zaza se había sentado en su lugar, y tan solo miraba sin estorbar. Los málchicos hacían bien las nubes de manos y a ratos rozaban las plumas de la mismísima Amara, más bella y agitada que nunca.

—Sola ella, triunfaría sobre diez batallones —pensaba Safari Joe, resonándole en la cabeza el… every man has a place is his heart there´s a space… Y, a ratos, dejaba de arrepentirse de las cosas que Amara le había inclinado a aceptar. Johnny le echaba miradas de asombro, pero no perdían compás, acostumbrados como estaban a actuar como un solo cuerpo.

—And we can live together, until the twelfth or ever…

—Permiso, permiso, perdón… —se abría paso el Gordo.

Cuando empezó el solo de falsete, Amara empezó a flotar levantada por los brazos de un mar de chicos, rodeada de sus brujas y acólitas y el Gordo iba y venía con la marea, pero el fandango era tan espeso que no lograba dirigirse, tan solo una pluma roja de vez en cuando. Zaza se hizo espacio entre la muchedumbre pellizcando muslos y pantorrillas, Amara, cada vez más alta, más posible, más roja acompañó el final de la canción hundiéndose en el mar de Eros de donde había salido.

—As oneeeee.

Entonces apareció Margarita, trayendo un libro rojo, y la sonrisa de Amara y su vuelo, terminaron trágicamente.

 

***

Ni bien entraron a “la fiesta” en la oscura panza del puente, el paisaje se abrió y sintieron ecos de gorgoreos lejanos, y ese olor… el olor de una cueva cerrada vecina de un tal Machángara. Una mano de Safari sacó su eterno pañuelo blanco, la otra un celular que levantó e iluminó. La semioscuridad no les impedía ver la burla en la cara de Zaza, ese rastro de angelidad y superioridad mientras sacaba de su roída solapa una pequeña lámpara led. La subciudad detrás del muro del puente era un mar de niebla atravesado por un cojo haz de luz fuerte, y cuatro débiles brumas de celulares.

Johnny miraba el techo de ese mundo calculando el sitio donde hacía tantos amores iba a matarse despechado, sintió ese algo parecido al zumbido de avispas.

—¿Buscas tu estrella, Crawler?

—¿Todo es al revés en este mundo?

—Todo es como tu corazón desee.

—Desear es justo lo que se atrofia en tu compañía. Amigo de los solitarios.

—Es un mundo de consecuencias, síganme nos falta largo.

—Estuve escribiendo esto…

—Deja ver… ¿En máquina de escribir, qué pretendes, Crawler?

—Me asaltó la inspiración al ver mi vieja máquina, lee, por favor.

Y mientras leía Zaza flotó, y sonreía y asentía como aquellos que no comprenden lo que se les dice, pero les gusta. Devolvió una mirada que quería decir: habrá cambios:

 

Mi Lucha

Mi nombre es Andrés Peña, Cuencano C.I.: 010034452-0, Oficio: alza, y a veces lanza. Aprendí de las calles, por todo el Ecuador, hasta hoy, que tendré que contar lo aprendido con tanto esfuerzo y heridas reales. Soy solo un hombre humilde, pero historias como la mía son escasas. Nadie me enseñó en la calle el amor, solo el miedo; y, en lugar de saber estar…, saber la violencia. Nadie sino don Simón y su hija Luz. Desde un principio me pareció dominante, su nick era Lucille. La encontré en el centro de un laberinto llamado Latinchat. Uno lee entre líneas más de lo que quiere admitir, y yo me imaginaba chateando con Lucille Ball, hasta que llegamos a la etapa de compartir correos. From: Idiliofelisísimo@myself.com to: luxendtrain@umbrales.com y días después las fotos. Era premium y yo trial, tuvo siempre ventaja por el tema del acceso ilimitado.

—Pensé que eras mayor —me escribió mintiendo.

—Soy mayor.

—Pero más mayor, por las cosas que conversas. Yo soy un poco mayor, mejor no te envío mi foto actual y sigamos así, como amigos de esta manera.

—Claro, ok.

Pero el laberinto en que me hallaba era bien superficial. No encontré otra luz, ni otro tren saliendo de un túnel gritándome: Ven.

A pesar de emitir luz, las pantallas me mantenían a oscuras. Los zeros y unos de la vida, las menguantes modalidades del ser, ¡el ritmo allá, caída del olvido…que mierda tan sería! Pero insistí. Contestó en minutos; unos 13, durante los cuales estuve pendiente de algo inexistente… de un mensaje cargado de un veneno que no podía antelar, pero cuya espera me había matado… En cierto modo y aún en mi abierta manera, algo no encajaba en esta analogía a la Caja con el gato y las ampollas de Schrodinger.

El veneno, aunque no exista, igual mata. Ah, del homo economicus y su publicidad intrínseca de la mentira en la palabra. Fui cual polilla hacia la vela pensándola estrella. Y la vela gritaba ven…o ven, no podría decidirlo.

—Quiero ver tu foto.

—Eso te costará.

—¿Qué costaría?

—Una carta, de amor.

—Eso estará difícil. Alguien ha agotado el tema.

Esperé y esperé, pero la choza de los puerquitos ya no se abrió. Y cerré sesión sabiendo que no respondería. Escribir cartas de amor no es mi fuerte, la voz en primera persona me pone suspicaz. Malvado. Y, ni modo escribirle en tercera, lo veía de subida. Tú querido lector: ¿Lo harías? Valiente tú.

Nuevamente se romperían cosas, habría que hurgar entre los cristales de la memoria y romperlo todo, hasta sacar la mano adolorida de ese Gom Jabbar que es lo leído, amado y olvidado. Y mi carta de amor sería de un amor que desafíe al débil enemigo el Odio o el Miedo. Ese amor invencible e imprudente que sale y te dice la verdad y te mata. La escribí a modo de parodia, por ahorrar mis versos para otras ocasiones. Iba así:

 

Mi lucha

Años después cuando llegué de Mulaló, los Endaras ya vivían en la casa de hacienda de don Borja. Don Simón ya era don Simón, y Luz ya era conocida como la Lucha. No era distinta a otras mujeres, igual de carishina que la Tomasa, igual de maledicente que la Irene, wiñachiska, pendenciera, baladrona. Para mí: la Patrona. Siempre fue la Patrona, nunca había visto a una mujer con tal autoridad, con tal mando y tal sangre fría. Lo mismo manipulaba playeras y moteras, como alcaldes y capitanes. Era del todo distinta a mi mamita y le tuve miedo y adoración desde mis primeros trabajos con ella.

Don Simón, se había dedicado demasiado tiempo a lo de ser cargador, decía a veces entre tragos, y tenía la nariz toda torcida al lado derecho.

—Nos ocultábamos del sol y de las botas de los señoritos en “amanecederos” de hombres hasta las seis de la mañana o menos. Comíamos tripas en San Roque y recorríamos las cuestas lentamente, separados y, sin vernos más que lo necesario, tratábamos de encontrar una oportunidad que aprovechar para robar, para lancear, para mataperrear, pero más nos gustaba quedarnos quietecitos en las afueras del mercado, fumando tabaco negro del oriente; pasando la chuma en una sombra.

Borrachos, entierros, misas, procesiones, desfiles, tiendas, canastos abandonados, a veces cosas perdidas. Todo nos cogíamos y volábamos calle abajo con un trote aguantador. Pasé a trabajar directamente con don Simón, vivíamos todo el tiempo alerta. Furtivos oí que nos decían los señoritos, ¿Qué tanto sería eso? Si alguien se daba cuenta y nos perseguía, los demás hacían cortina fingiéndose borrachos, o estúpidos, o tropezar con el perseguidor. Nos llovían insultos y piedras, pero con el tiempo dejaron de dolernos ambos. Cuando estábamos en lo mejor de nuestro oficio don Simón cayó preso por robar un canasto de huevos del portal de la casa de Gangotena. Estuvo tres años en la cárcel, le íbamos a ver pasando un día y le llevábamos comida y trago y otras cosas que nos cogíamos en el camino.

Cuando salió de cana, no había nada que hacer, su hija era la jefa a todas luces, y no se atrevió a desautorizarla ni a competir con ella en nada. Era común verla andar oronda con grandes aretes de oro deformándole los oídos y tacones bajos de charol, generalmente sucios de lodo o cosas no mejores, pero su adorno preferido era siempre un fajo de billetes “llamador”.

Me lo dijo un día: «vos Andresito eres un hombre de verdad. Eres bueno para los quiños, pero malazo para las palabras. Si no te cuido, acabarás preso igual que papá». A todos nos toca el alma ser objeto de cuidados de una mujer que admiramos, sobre todo si estos cuidados nos mantienen libres… y vivos. Me dejé cuidar y, pronto, nos unimos en sagrado matrimonio. Nuestra fiesta fue el evento más importante de San Roque, luego de la misa, nos fuimos a la casa del Panecillo y se bebió y se comió por tres días, luego de los cuales sacamos a patadas a borrachos y lanzas para que fueran a trabajar. Las hermanas Cobo aguantaban golpes y fuetazos, pero solo levantaban la voz, cada vez más furiosas, cada vez más dormidas.

Tuvimos cuatro hijos, todos ellos parecidos a la madre.

—Por suerte, decía ella.

Todos pelearingos y buenos para una carrera. Nuestro Simoncito fue el primero en cargarse un vivo, tuvimos que mandarlo de urgencia a vivir en Guayaquil, pero no se compuso. Yo entré a la cárcel por lo del Metroquito. Mijo regresó peor que antes y vino directo a hacer competencia a su madre. Lo que cobra se lo queda, y se hace odiar por chapas y ladrones sin distinción.

Siempre se meterá en peleas propias y ajenas porque claramente confunde realidad y… fantasía, claramente no diferenciaba realidad de ficción. Ahora quiere ser el jefe. Sangre es sangre, hijo es hijo; pero yo nunca he amado a nadie más que a mi Lucha.

—…

—¿Te gustó?

—Unas partes si, otras me parecieron que me querías insultar.

—Porque lo dices, era una parodia del libro de Hi.

—¡Cállate! Cabrón, te voy a encontrar, tengo tu foto y te voy a destripar por…

Párrafos después, luego de insultos tirados al azar sobre mí, mi persona virtual y sobre Andrés y sobre Mulaló, pareció calmarse.

—Me caes bien.

—Veámonos.

—Ya pues. Dónde y te caigo.

O bien era amor, o su reflejo en la pantalla; o poliamor, o una trampa; las cuatro no… ¿o sí? Fui con Oswald a conocerla y entramos cargados de mentiras y una botella de ron. Ellos eran siete, contándola. Muchas veces un autor no lee en la propia trama de su vida.

Era la mismísima Mamalucha, viva y rejuvenecida, acompañada de chicos caribeños fortachones con boinas rojas y espesos mostachos. Como seis Rambos/Vicente Fernández sexis. A tragos largos la botella duró una sola ronda. Supe que estábamos en problemas. Sacaron de cajones de sus mesas instrumentos de primera, algunos de metal y cerámica. Nos miraban desconfiandos, pero sin miedo o ira… también me repetía…: «No conocerás el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Solo estaré yo».

De otro mueble empotrado en una pared salió el televisor led más grande que he visto jamás, y jugaron juegos que tampoco habíamos visto. Oswald preguntó por fútbol y sin introducción alguna, «nos abrigó el estadio de Maracaná», dijo Oswald, conocedor, y una pequeña línea verde de tiempo en la mano izquierda. Había que jugar con gafas, o con el celular a modo de visor, era el espacio el que se doblaba y desdoblaba para acomodarse a los viajes del balón, y nos lanzábamos pases largos y nos deslizábamos raudos por todo el campo sin movernos casi. A veces si te daban un codazo, pero poco más, a menos que hicieran falta. Por suerte eran venezolanos, poco acostumbrados al futbol, debían ser buenos en béisbol, supongo, pero en fútbol…

Acabando el partido, en el negro del stand by de la pantalla, nos vi reflejados, y a ellos y ella. A pesar de intentar que mi reflejo se parase recto y que estirase el cuello, no estaba siendo posible. Nuestra expresión denotaba derrota. Mis muslos no eran más gruesos que los brazos de ellos. Oswald metió la panza, pero la mejoría era perceptible solo para sí mismo. Algunos muchachos se alisaron el mostacho como diciéndose, ahora sí bigotitos, a ver el famoso rojo de los andes. Y sacaron sus trajes de ultra violencia con todo y las pijamas, huevo de rugby y los bombines. Al verlos, por fin comprendí como lucía llena una pijama enteriza.

La Luz del tren al final del túnel gritaba: “Jajajaja”.

Quise explicarles que una cosa era la ficción y otra la… parodia; que eran en cierta forma homenajes a personajes claves de mi modo de ver la ciudad. Que había tenido la delicadeza de no investigar nada de su vida real, que yo era de aquellos que mandaban atunes a los refugios, etc., etc., etc.

Pero ella cortó suave, aunque con voz irresistible:

—Sea así nuestro idilio bobo, al revés, pero aún más bobo. Andresito, eres bueno con las letras y los guiños, pero malo con los quiños. Y yo, aprendo de lo uno… y sé todo de lo otro.

Crawler. 2019

 

***

A diferencia de sus amigas, Amara no guardaba recato al comer. Dos hamburguesas, jugos de mora y guanábana, las papas fritas de Salomé, la moncaiba de Juliana, y una alita de Paloma. Nadie en el patio de comidas ponía atención a sus propias fichas timbrantes, al calor, a sus prisas, ni a sus memes… solo existía Amara y su extraña manera de doblar los dedos. Uno por uno y por sí mismo, casi hasta 90 grados.

Como contenidos por un campo A.T. se estaban a raya al menos diez pescadores de shopping girls; cada uno en una pose escultórica de modo que se mostrasen: reloj, vello y etiquetas. Amara sin mirarlos no los dejaba hablar, sutilmente adoptaba una pose que mostraba sus pantorrillas, su Smith & Wesson y su indiferencia. Paloma, siempre apiadada, les regalaba sonrisas tristes que no podían ser tomadas como invitación. Y uno por uno iban quedando anulados, sin otra estrategia de momento que esperar que acaben de comer… para intercambiar miradas de pasión y despedida. Y, sin embargo, Amara comía y comía cada vez con más apetito.

—¡Ese de anillos esta guapérrimo¡ ¿Te gusta Amara?

—Me encanta… pídeselo.

Y ni corta ni perezosa, Juliana le clavó una mirada que ni Artemisa y fue a donde él, y le habló trece segundos seguidos usando un tono tan dominante que por respuesta él asintió. Temeroso extendió la mano, sin atreverse a sostener ni a levantarle la mirada. Ella abrió su bolsito y le dejó sacar un gran objeto redondo de plástico azul semitransparente, como una pequeña ciudad de electrones encerrada con sus calles y sus edificios, y sus transistores y sus “chips”. Él no lo pillaba. Tras segundos, el objeto en cuestión emitió pitidos y luces, y por fin, él… comprendió… y algo parecido a un ¡Eureka! quiso salir de sus labios. Pero, dado que en lugar de palabras griegas tenía una aporía llena de etiquetas, puso cara de contento y la sonrisa lo volvió más guapo por unos cortos instantes.

Tras marcharse encorvado y servil, volvió todo galante y cargado de más bandejas de comida, para Amara que tarareaba la canción ambiental: Fin de nai, fin de nai… fin deee. Él hizo todo el ademán de sentarse en la silla vacía, pero Amara, fumando y con su mejor acento italiano dijo sin mirarlo:

—Muchas gracias —y extendió dos monedas de cincuenta centavos al galán.

Y los anillos de repente parecieron replegarse detrás de las mangas de la camisa Gucci, y los demás galanes quisieron reír, pero ninguno de ellos había estado respirando profundo desde la segunda hamburguesa de Amara.

El Gordo salía de trabajar en su agencia siempre a esa hora. Salía sudoroso, con ecos entre los oídos y dolor de pies. Al ver a tantos chicos guapos reunidos, pensó en un casting o en un flashmob, la gente se estaba como congelada, todos mirando hacia el centro del patio de comidas, pero nada que empezaba. Se tomó su jugo lentamente dejándose un bigotito rojo de espuma y encendió su celular.

Salomé dijo algo en el oído de Amara y ella cambió de aura y se volvió terrible como un ejército dispuesto para la batalla… sonrió. Era capaz de evaporar lo que fuese así dispuesta y barrió todo el cuadrante con su mirada arquetípica hasta desmoralizar a todo el mundo; chasqueó los dedos y sin palabras hizo que la mesa fuese limpiada por atentas y elegantes manos masculinas. Luego los despachó ya sin sonrisa. Ante ellas, a tres mesas de distancia, solo como un Sol, se relamía el Gordo su bigote, mirándolas de reojo, aunque distinto de los demás caballeros.

A por él fueron Juliana y Salomé.

—Hola. Disculpa, ¿Te puedo pedir un favor? Pareces un chico normal, no como estos babosos. ¿Nos tomas una foto? Es para el “antes” de disfrazarnos.

—¡Por supuesto…! ¿Y el teléfono?

—Desde tu teléfono, y me la mandas, ¡plis!

—Si quieres mi número, solo tienes que pedirlo, eres muy linda… ¡y tú más! No, ¡tú más! ¡Oh, que difícil decidir! ¿Cómo se llaman? ¿Sois chicas?

—Jajajaja.

—No es para mí, sino para nuestra amiga, pero no le digas que la echamos de cabeza. Es tímida.

—¿La dama de rojo?

—La misma. ¿Vienes?

—¡Voy!

Si acaso, la satisfacción en la mirada de Amara al ver comida aumentó cuando el Gordo se sentó a su mesa. Parecían una partida de ajedrez a punto de terminar. Salomé los presentó, el Gordo intentó tomar varias veces la foto con los celulares de ellas, pero tomar buenas fotos era la única virtud que le faltaba y las hacía reír, porque era incongruente.

Y cuando les dijo en lugar de su nombre que se llamaba El Gordo, ellas por un momento iban a tomarlo en serio, pero estallaron en risas a tiempo.

—¡Nada que ver! Y quién te puso ese apodo, no te va.

—Un buen amigo, el apodo es todo lo que me queda… de él.

—Y ¿tu nombre… real?

—Carlos Alberto.

Recordó el día que ganó su apodo. Su equipo perdió ante los “Welcome to the Jungle” y Charly se acercó a felicitarlos. Jugaban durazo, pero aguantaban también y así era más emocionante, les dijo. Safari apretó su mano, y el capitán hizo una barra por los “Resistentes y acaudalados” “Rompepatas”.

—¿Cuál es tu apodo? ¿Tienes?

—Simón, Tocte.

—Un apodo es más importante que el nombre brou, describe no solo a tu persona, sino a los que lo usan, y la época y lugar de tu vida.

—Pero no tienes nada que hacer si te han puesto uno, es algo… fatal. ¿Y tu apodo?

—Safari Joe.

—Wow, ¿quien te lo puso? ¿Tú?

—De ley, deja pensar. Pero bebe chch.

Tras bien beber, Safari empezó a componerle un apodo distinto de Tocte. Tocte era otra notafff. Fiel a su método observó primero sus defectos físicos, no había en cantidades apropiadas para el ridículo. Optó por el contraste… y la exaltación… Carlos Alberto era delgado, guapo, amable… posiblemente casto, un gran partido… el premio gordo.

—Espero que no te asustes de mí, a veces produzco ese efecto en los hombres —dijo sonriente.

—¡Ciertamente estoy asustadísimo, pero por suerte soy un gran fotógrafo! Y este jugo es muy relajante…

—Deja probar…

—Aquí en mi bigote…

—¡Eres un peligro! Tienes todo ensayado… ¿Eso te enseñó tu amigo?

—Mmm… ¡Es cierto! Y la espera también. Aunque no lo creas he estado como esperándote toda mi vida. Espero que no te asustes de mí, por como luzco… a esta hora… del día.

Hacían una hermosa pareja, los únicos que charlaban en medio de ese bullerío de miradas. Ella con un chal de rojo Bizantino, y él de chaleco rojo 400. Iba Amara a iniciar su rutina cuando sonó el celular del Gordo. Mensaje de Zaza.

—Perdona… no he debido encenderlo.

—Propio.

Le decía que hiciera lo siguiente: Fingió un asunto molesto, aunque no grave y se fue de allí dejando a las chicas con apetito de más.

 

***

—¿Algún día dejarás la parodia?

—Sí, claro, filántropo amigo, cuando esté listo para la sátira.

—Tu puente requiere emociones fuertes y constantes, no resistirá.

—Hombre de poca fe que cambias los finales, y te quejas de a donde llevan. Pero la estructura aguantará porque es flexible. ¿Ha aguantado antes, con Chaucer, recuerdas?

—¿No lo recuerdo, era poeta?

—También lo era, escribió los cuentos de Canterbury.

—Ah, Chaucer, malditos sean los lectores y los malos pronunciadores.

—Disculpa, angélico amigo, no te sabía tan fiel a la letra.

—El error es una ciencia nada exacta y no se toma a la ligera.

—Aquí parece ser el liceo, ya hemos descendido suficiente.

Las nieblas de amoníaco y las luces de los celulares cambiaron en un espectro flotante, un inquieto fuego fatuo. Zaza lo saludaba y trataba de quitárselo de encima, quedó todo cubierto de ectoplasmas, pero logró que el espectro les trajese a otros pobladores de entre los vahos del Infrakitu. Cuando se acostumbraron, o les hizo efecto la atmósfera, vieron millares de vasijas de barro, montañas de esteras, de kipus, de planchas de oro con dibujos caprichosos, de periódicos y libros y ropas y zapatos de toda época y posición social. Alzaron sus celulares y miraron adelante, entraron en callejones de vahos espesos y hediondos donde sus luces reflejaban una visión que rodearon y atraparon entre todos como cuando jugaban básquet. Ilustraban un camino hecho de recuerdos comunes y felices. Se vieron cruzando en desorden calles y umbrales. Huyendo de taxistas, de otros amigos, …huyendo. Vandalizando a diestra y siniestra… sobre todo de forma siniestra los alrededores de sus personas predilectas.

—Contemplan su híper–ser… un estado de la amistad… que supera la Muerte.

—¿Qué hacemos aquí?

—Calla aquí deben estar las chicas. Mil para cada uno.

—Nada de eso, Chulo, hemos bajado a salvar a Safari.

—Pero aquí mismito está, ¿que pretendes?

Recuerda…este es un mundo de consecuencias, no de actores. Aquí reina el predicado. Les he traído a su amigo, pero es preciso desatarlo de su sombra. Vamos a buscar el momento en que se torció su suerte… según dicen fue hace años aquí en el liceo.

Todos tomaron de la mano un recuerdo diferente en ese jardín de Tántalo. El Gordo anduvo por allí perdido entre pasillos de recuerdos lejanos y ajenos de amigos cercanos. Safari Joe, aún con el cuello ardiendo donde apretó la soga, acorraló a Zaza.

—Déjate de Mierdra, recuerda nuestro pacto. ¿Ya firmaron todos?

—Algo así. Pero el Gordo solo firmo por ti.

—Es difícil manipular la virtud.

—Para cumplirlo, tendremos que deshacer un pacto anterior al tuyo, mi pacto con Amara, y solo creo que podrás hacerlo por amor o por sangre. Pide a un recuerdo que te lleve al punto donde la cagaste.

Así lo hizo. Y recuerdos de compañeros olvidados lo fueron empujando por entre las brumas. A la distancia estaba el bar y parecía estar ocurriendo algo muy bueno. Al llegar con los espectros, se vio a sí mismo imitando a Tamara con la peluca rubia, treinta segundos de ultra violencia y Luis le sacó la peluca y la pasó a alguien que la hizo desaparecer. Pero junto a él desde una escotilla cercana, miraban sorprendidos los inspectores y Tamara, silenciosos, de ánimo oscuro. Deberían informar dijeron. Y desde más atrás de ese recuerdo, invisible para todos, el Gordo empezaba a conocer a sus amigos.

—Debe ser al revés, aquí hice mi suerte y mi fama, Zaza.

—Déjalo ir, la vida es sueño Hanging Safari. ¿Recuerdas a Tamara? Para tus amigos eras la brillante luz del genio malvado, para Tamara fuiste un agujero negro que absorbió toda teoría y materia, pasado presente y futuro. ¿La destruiste metódicamente o no recuerdas?

—Era divertido en esa época, muchas cosas estaban permitidas. Los desnudos en televisión, la publicidad del tabaco, la denigración amistosa. Todo era permitido, mientras no se vieran huellas. Yo tan solo empezaba a entrever un contenido más profundo, una maldad por debajo de todo el ruido negro, y la clave para descifrarla, en los escritos de los grandes hombres que te conocieron.

—Ese camino que entreviste, según dices, nos ha costado muchísimo empedrar de buenos autores, tu trabajo era conseguirme el libro de Amara, pero te mataste y te escribiste eso de <quemen todos mis libros> Me costó muchísimo arreglar tus travesuras.

—¿Quién me lo borró?

—Mi esbirro, Cotton tail. Pero Crawler se robó muchos de tus libros y tiene alguna idea de la Obra Nigra. El Gordo nada sabe, pero es inmune a casi todo por ser casto.

—¡Mierda! ¿Y Amara?

—Más poderosa que nunca. Ha empezado el entrenamiento de sus Bene Gesseritas.

—No puede ser, ¡en solo un año!

 

***

Fiel a la teoría, el Gordo no desperdició ocasión de dejarla con ganas de… sabía que su vida se jugaba en esa conquista. Sería preciso tiempo y mano izquierda… pero que labios… que pómulos, que espalda … daban ganas de perderse o morirse dibujando ese mapa. Y Amara dejaba ver cada vez más piel, según se iban conociendo. Había pasado de vestal eléutica a chica ye-ye… despampanante. Margarita exigía informes detallados del caso, extasiada de morbo por la manera de enamorar del Gordo. Por sus continuas e ingenuas alusiones sexuales, su tono curioso y admirado cuando hablaba de Amara Rossi, tumba de sus amigos. Y, sin embargo, el Gordo fiel a la teoría, ignoraba adrede aquello que debía dar por suyo. A pesar de saber quién era, que era pura magia negra, que torcía todos los caminos; a hurtadillas de sí mismo, le había abierto un sendero directo a su corazón.

Por fin recurrió a su arma más letal: contar su historia; iba a empezar su rutina cuando él la besó. «Al fin», pensó ella guardando sus afiladas palabras para otra ocasión, pero por alguna razón, se dejó llevar por esos labios que eran como dedos de ciego. Y se dejó dibujar a besos por esa boca que no conocía los lugares comunes del amor.

 

***

Estaban ahí todos menos el Gordo, jovencísimos e inocentes en quinto curso en 1994, tenían otros amigos, pero ya eran un solo puño. Safari había llegado hace un año al liceo desde el manso y sabía todo del rock y del diablo; Cotton era en cierto modo su atenta sombra. Jonathan Caiza, su seguro servidor, era aún Johnny Keys, siempre con un libro bajo el brazo, no se diría que los leyera, sino tan solo los paseaba y les ponía papelitos separadores no jugaban fútbol, no comían, no fumaban, tan solo se estaban en el árbol que quedaba frente a la vulcanizadora Portugal en actitud resistente, charlando, decían. Y no les molestaban las continuas revisiones del Poveda en busca de algo sin nombre y sin forma, algo inefable …como cancrillos …o porno. «¡Ya sé que son li-bros!», respondía el Poveda, quitando la cubierta de Dios, Mesías y emperador; Yo Claudio, dios emperador; y de The Game of Thrones. Dejando caer los separadores de hojas y docenas de papelitos, que eran para Diómedes tan valiosos como la melange misma.

—¿Te acuerdas Chulo?

—Hicieron mixto el colegio y entraron a primer curso muchísimas niñas verdaderas.

—Exacto, no de papel como tus novias.

—¡Como tu alma también! Jajajajajajajaja

—Cállate concha tu madre, siempre dudé de tus mensajes corporativos huevones y tus abrazos de Judas.

—Niñas en el colegio… Pocas en cursos superiores. La cuestión de los baños, la falta de inspectoras, los sabotajes… de las mismas autoridades. El bar se volvió el sitio más peligroso del liceo Santa Gazolina, hubo bulos y albures, y peleas de padres de niños desplazados en el patio de atrás.

—Inconcebible, jajaja. Cambio y transformación.

—¿Qué es eso?

—Cosas malas panita.

Pero, contra todo pronóstico, todos se calmaron y menguó la sorpresa. Y las señoritas fueron bienvenidas tomando su sitio natural en el mejor lugar del patio central; y, días sí… días no, tuvieron una fila exclusiva en el bar. Cambio y transformación… como nos leía Safadi.

También llegó Margarita, entró a quinto curso y al club de Pintura, trajo su apodo de antes: Coneja; se hizo amiga de Keys, y alguna vez por su santo Safadi le regaló un cierto libro que llevaba su mismísimo nombre.

—Debemos cambiar tu apodo, porque… esta Margarita …debes leerlo.

Habíamos leído las cosas equivocadas. O adelantadas, y nos era imposible la acción compasiva. “Bienvenidos al dolor” había graffiteado un aristócrata en la avenida Columbus y Versalles. No tiene nada que ver, pero desde el bus del colegio se veía razonable, sumergidos como estábamos en una atmósfera de violencia gratuita y consensuada, erotizados por el Wow de Yiuly los viernes de acción en sixTV. Advertimos, luego acosamos y aterrorizamos a todo quinto y a cualquiera que se atreviera a decirle Coneja a nuestra nueva amiga. Durante semanas, habíamos arduamente trastocado los valores, La dignidad de un pacto nos obligaba a responder uno por el otro y siempre. En un canto de poder y placer… y voluntad. Triunfamos, pero solo para iniciar marzo con una nueva profesora de Asuntos de género y Conciencia: Msc. Tamara Algue Inspectora de Sextos cursos.

Sexto curso fue un infierno por su culpa, pero fue peor para ella. Resultó cierto lo que comentaba el club de TaeKwonDo, que Tamara se había luxado un brazo en una caída y había estado llorando en el vestidor de la piscina. Nadie la había podido ayudar porque exigía la presencia de una mujer en el vestidor, y no pudimos encontrar ninguna. El Pato, el entrenador, le había preguntado si era testigo de Jehová. Y ya luego lo echaron. Por insensible.

Sus charlas de educación sexual fueron castrantes, simbólicamente, ¡je je je! En cierto modo Twisted Sister… tan solo nos defendíamos, pero no conocíamos el accidentado campo de batalla retórico y la Algue nos miraba cuál Alga flotante a los cangrejos, a vista de pájaro; metiéndonos en callejones retóricos, citándonos autores y editoriales ausentes en nuestra biblioteca, reprimiendo cada argumento antes de que pudiera florecer. Margarita sí veía en ella lo que Tamara quería proyectar, una Tumbahombres, simbólicamente ¡eh! Y se la llevó al lado oscuro… simbólicamente. Fatigué con éxito la biblioteca del liceo y saqué unas frases sobre un Diógenes, de un tal Diógenes, pero otro Diógenes, no el sí mismo, les dije, pero no lo entendieron; la Dialéctica Erística, y algo de J.R. Kipling en nuestro auxilio… este nivel de mi relato, el más profundo, simbólicamente, se eterniza y solo añadiré que cada recreo del último trimestre de la corta estancia de la Msc. Tamara Algue una peluca rubia salía de algún lado y llegaba a Safadi. La imitaba y se auto-rebatía. Lo festejábamos. La peluca desaparecía.

Diómedes se había aprendido el discurso castrante y lo había mejorado, porque con la peluca y su tijera levantada iba gritando cual un Diógenes: ¡Busco un hombre! O, se colaba en la fila del bar a culetazos, o aparecía y deconstruía la hamburguesa de alguien. Ignorábamos toda elegancia, pero la corte de Safadi se volvió insoportable para algunos, deliciosa para otros.

La deconstrucción cotidiana del feminismo activista hizo que Safadi casi fuese expulsado del Liceo, pero se defendió aludiendo a su derecho a objetar de conciencia todo atentado a su voluntad de poder… demostró que era el exacto perfil del graduado del Liceo. Y Tamara desapareció y la peluca; y Safadi fue conocido por generaciones y generaciones de graduados del Liceo Gazolina, y luego se hizo abogado y resultó que busca buscando, burla burlando… se topó alguna vez con la mujer más bella del mundo: Amara Rossi, que en una vida anterior había pagado con tres vacas por obtener la belleza clásica y la venganza.

Zaza, su servidor mientras duró su contrato, sabía sus secretos, pero ella poseía uno también. Cierto libro rojo con nombres. Por algún motivo Zaza lo requería. Por eso la desesperada carrera de Zaza en busca de otro puente, y el insólito pacto erótico—literario que había debido aceptar con el despechado Johnny Crawler y sus testigos.

De Amara, pasó Zaza al servicio de Safari. Y Luego al de Johnny cuyo nombre sería preciso anotar en dicho libro. Pero Amara conservó el libro y lo llevaba consigo en su entrepierna, y amenazó con destruirlo si alguna vez se sentía perseguida por algún demonio.

 

***

—Te quiero, aunque te conozco.

—Mi precio es la obra Nigra, solo tú puedes lograrla… no hay otro como tú.

—Mi precio, son ellos, déjalos en paz.

—No he llegado hasta aquí para perdonar a mis enemigos, Carlos Alberto.

—Tómalo o déjalo. Son mis amigos.

—Tus amigos se vendieron unos a otros con sus contratos, solo tú faltas y acarrearás todos los pecados de ellos sobre ti si firmas. Mejor arruinemos sus planes, sálvate. Mejor tu alma que la Gloria de Johnny, o las mujeres de Safari, o la salud del Chulo.

—Yo decidiré lo mío. Pero recuerda, ellos son mis amigos.

—Les dejaré su vida, y no les tocaré, pero la ciudad ya está dispuesta contra ellos. Tú, si puedes salvarte si te quitas del camino del tren que hemos puesto en movimiento.

—Me retiraré en el momento justo, y tú conmigo.

 

***

—¿Recuerdas los juegos Atreides contra Harkkonen en el árbol del patio?

—El campo de fuerza de cinturón no se puede atravesar sino lentamente. Y ya dentro, no es posible herir con un arma de hoja.

—Solo son efectivos los cuchillos con hojas de motosierra.

—O las agujas extensibles, aunque resultan frágiles.

—La única arma adecuada resultaba ser la finta, y el lenguaje de batalla.

—Finta, tras finta, tras finta. Pero no funcionará esta vez, ellas son mejor equipo, y son Beene Gesserits reales.

—Sin Melange son solo mujeres. Recuerda que debajo de todas las plumas y encajes, son damas.

—Damas con malos deseos, pero Gordo.

—Pero no les vayas a pegar… con estos disfraces parecemos ultraviolentos, y eso es bueno, pero solo entre buenos amigos.

—No creas que ya nadie lee los distópicos; Mira a Zaza, no tiene nalgas… creo que su apellido es Whatheley.

—Ja ja ja ja ja.

—Parece que el flashmob de Amara va a empezar, vamos.

—Vamos.

 

***

—Dios te salve Margaretta, llena eres de gracia. Aulló Safari Joe. Margarita le entregó el libro rojo y se colocó detrás de ellos. Amara ya sin libro que la proteja, y sin otro poder que su odio y su belleza, levitó de furia, pero esta vez nadie la levantaba, solo su ahora. Las Beene geserits se dispusieron para la batalla en formación de cuña

—¡Coque tú Bruta!

—Nunca he sido tu hija, ni tu seguidora, deja en paz a mis amigos, ya es tiempo de que los perdones. No los obligues a ser lo que odias. Aunque no lo creas, también ellos se odian.

—Traidora, pero no eres la única, revélate Cotton tail.

Ante los ojos de sus amigos y aquello con lo que Zaza los veía, con tan solo una sonrisa Cotton Tail se transformó en enemigo. Y Margarita quiso agarrarlo, pero ya en Cotton su risa automática de siempre había florecido en una mueca de odio. La alejó. Dio un paso decidido al lado de Amara y la tomó de la cintura.

Y por fin llegó el Gordo a donde estábamos, tan solo para interrumpir a Safari cuando se le iba encima al Chulo.

Con el Grimorio rojo en la mano, Azazelo hizo el silencio en la plaza.

—Todo se ha consumado. Hagamos la paz ahora hijas mías.

—Con gusto, pero no antes de que paguen con lágrimas de sangre —dijeron las Beenes al unísono.

—Todo será como vuestro corazón desee, con tal que voléis ahora.

Ellas volaron.

Nadie MÁS se movía, tan solo Zaza, el libro o el peso de los nombres que contenía hacían del silencio una cosa espesa. Pero, era una cuadrícula, y ella una reina, Amara lo rompió y dio cuatro largos pasos hacia Azazelo y puso una mano en la tapa del libro. Sonrió terrible.

—¿Ya todo ha sido consumado?

—Siempre ha sido como lo deseaba tu corazón …Amara, ya nada.

—¿Y crees que me voy a rendir ahora que tan solo estamos a la par? No han visto nada mis queridos feligreses… si no puedo tener su sangre, he de tener sus almas.

—No parece necesario… la interrumpió caballerosamente el Gordo

—No te metas Carlos Alberto, esto es entre ellos y Yo. Ya lo habíamos hablado. Ustedes están prepagados.

—Mmm … Arréglalo ya y vámonos … pero solo esperaré un minuto.

Luis reía mostrando hasta las muelas del juicio, pero sin ruido como había aprendido tras años de servil servicio de ventas. Quiso ponerse junto al Gordo, pero ante su odio, el de Amara era poca cosa, y se sumió en su silencio servil, sabiendo que esos amigos estaban para siempre perdidos, para él. Una cosa es quitarse las novias, si ellas lo suscitan, pero traicionar por gusto… por impotencia, por ganar una… eso ¡NO!

Y el Gordo se fue para su casa, pero se detuvo en la gasolinera que hay en la Colón a comprar…aunque no lo puedas creer buen lector, cancrillos …una de Biernboro. Generoso como era, la esperaría un minuto con un café y un tabaco, o sea unos cinco minutos.

La chica de la caja ni bien lo vio, notó su corazón en vilo… y le sonrió de la otra manera.

Un minuto le pareció suficiente a Amara, «Ganar y ganar», se dijo.

—Malditos sean los cuatro málchicos no necesito sino un dedo para destruirlos. Así son de grandes ante mí. Un dedo he de usar para pagarles su amistad y su colaboración. ¡Inútiles! Pero, aunque desde aquí envejezca y luego muera, me llevo lo más preciado y valioso que hayan llegado a tocar o imaginar. Me llevo a Carlos Alberto Lozada y Encalada.

—Él No te va a esperar. Tiene una virginidad que perder. Ja jajá Imagínate a alguien tan responsable como él, andando con una tal arma cargada. Yo correría doña Amara Tamara de las Verdades. Han pasado 30 segundos y ya no lo veo. No hagas una escena.

—¿Una escena? No lo necesito… he hecho un grupo de Whatsapp … todas tus Does iT Again… todas las personas de las que te has burlado, todos los futbolistas lesionados, tus compañeros acosados, los marianos que quedan, los hijos de la mamalucha, los nazis, los supernazis, los feminazis, las feminazis, los fotógrafos, los dealers, los suicidas, los mil demonios, los expresidentes de la Inteligencia Virtual de la Seguridad Social, los glam metal motor club, le asociación Legbeti de cada barrio, los roditties, los omaguas, los Zetas, los quiteños de cumbayá, los mulalenses residentes en quito, los fans de Yiuly, de Guns, de Poison, de Kipling, de la comida rápida, de Kafka, De Nietszche, de John Irving, de John Kennedy O´Toole, de John Efekennedy. Todos te odian Safari, y ese odio arrastra al infierno a tus amigos. Todos te han leído, Crawler. Y los conocen en lo que son: una manada.

Hasta a ella le pareció demasiado esto último y reculó. Si bien habían sido crueles y metódicos al punto de llevarla a vender su alma, eran demasiado jóvenes entonces. Quizá habría tiempo para disfrutar de la vida, el amor y la locu… belleza, quizás…

Luis quiso tomarla de la cintura por unos minutos más, pero había que ser un valiente para acercársele así, y dado que no era tal, Amara le era impalpable, y él para ella.

Y, pasando el dedo por la pantalla de su celular, riendo malévola … consumió Amara sus últimos segundos como flama en el corazón del Gordo.

—¡Con un dedo!

Y mandó un súper spam a todos sus alistados, que eran legión, y llegaron pronto… también disfrazados… la música debería haber cambiado a Thriller, pero no lo hizo; y sin embargo nosotros si podemos imaginarlo.

—La Turba que engulló la calle Calama…r…  se burló Safari Joe.

—La turba brutal… parafraseó Johnny Crawler.

—Ya viene la turba… Alcanzó el Gordo.

—Más … do, que nun… ca… silabó Zaza.

Y corrieron rumbo al sur para perder a la brutal turba en el Ejido. El Gordo, si había estado atento y felicitó a Johnny por el palíndromo.

—Ese es mi amigo Gorgoroth —lo palmeó Safari al trote.

Reptando llegaron a la Basílica y entraron para poder pasar inadvertidos con sus mallas blancas, sus bastones, zapatos de guerra y sus bombines, Zaza recomendó esconderse en la sala VIP a pocos pasos de allí. Descansaron en la semisombra.

—¿No es el panteón de los presidentes?

—Sala VIP, ¿entendido?

—Entendido —Respondió avergonzado Johnny.

Y entraron atravesando la gran puerta de bronce con el escudo de la nación, resoplando, pero confiados; segundos antes de que una horda de vampiros y zombis y comedidos los acorralaran con sus capas y sus antorchas.

 

***

Amara corrió, aunque se la veía flotar entre tules y plumas y besos y alas, desesperada tras el Gordo. No llegó a cansarse, él estaba a tres casas de la esquina, comprando el segundo café y charlando de lo mejor con una guapa coffemaker.

La ira y decepción golpearon el vidrio del almacén sin que ella moviera un músculo, el Gordo y la muchacha mulata miraron hacia el sonido. Se encontraron con Amara furiosa y a punto de mandar otro súper spam.

Pero el Gordo tomó su vuelto y se despidió con beso, y salió tan inocente como siempre.

—Te demoraste más del minuto.

—Es por que mi celular es difícil de ocupar.

 

***

—He leído el Grimorio de Zaza, y sé que todo el saber de tus amigos eruditos y malvados, no es nada sin un hombre casto y virtuoso que acepte para sí todos los pecados de los que intervienen en la Obra Nigra.

—¿Virtuoso? ¿Opus Nigrum?

—He ahí el signo de los tiempos. Tus amigos son míos, y Zaza me teme.

—Hay que impedirlo…

—No se puede, en demasiados tiempos, esto está ya consumado. Solo hay una salida… según yo deseo, no ganas nada siendo su cordero, pudiendo ser mi lobo —dijo, aunque todos entendimos Lover.

La misma duda que siempre le impedía coronar sus conquistas fue evaporada por los besos de Amara, lo había hecho pasar a través de un velo, y ahora se sentía capaz de comandarse a sí mismo y quizás a la dulce furia que animaba a esa bella mujer.

—Pero… envejeceré… y me pareceré cada vez más a mi misma.

—Eso deseo verlo. Ver la flor explotando del fango.

Y por primera y última vez de su vida, el Gordo, se atrevió a pensar: ¡Does it again!

 

***

Azazelo abrió el libro por las primeras páginas y buscó con cuidado dos nombres y los tachó con la tinta roja de su uña; bisabuelo y bisnieto: Manuel Chusig y Andrés Manuel Caiza quedaron libres del magma de muertos que no aprendieron la entrada al Uccu Paccha. Tener sus nombres de vuelta les hizo recordarse…volver a vivir… se… y por fin… bien irse.

Los vio reconocerse y subir juntos el último tramo de la cuesta de la Maldonado. Al pisar el espacio donde antes estuvo la pileta de Santo Domingo, se desvanecieron. Y sin embargo…

—Creí que estaba solo.

—Así lo quiso el Maestro, vámonos… entra. Te ha perdonado. Te has perdonado… o algo así. —Dijo a sus espaldas una voz conocida para el demonio. Con el ojo café no veía nada, así que giró la cabeza. Como quitándose a poquitos una cortina apareció primero el sombrero, luego la cola y luego la cabeza de un gato, un inmenso gato negro con bombín y canutero.

—Y guarda bien ese libro rojo, aun faltan las mejores páginas —Ordenó Beguemot. Y cerró la cortina detrás de Azazelo.

 

***

A la mañana siguiente el pacto, el flashmob y la cacería se habían convertido en una alfombra de confeti y basura sobre toda la ciudad.

En la basílica del Arrepentimiento Nacional, el resto de una fogata marcaba el sitio justo donde Azazelo se había esfumado con el Gato negro; Amara y el Gordo también se consumieron en su propia fogata de amor y salvaron el mundo, a su manera.

Johnny Crawler se levantó y limpió el confeti de la cara, detrás de esa cortina buscó a sus amigos. Luis estaba más impalpable que nunca, Safari lo miraba con esa manera extraña y empezó a componerle un nuevo apodo afín a sus nuevas y secretas cualidades: la traición y la ignominia. Margarita siempre sentada en la grada de un edificio mensajeaba con furor desde su celular. Pedía Uber para todos. La noche aún habitaba la galería de su A20 y ella sonreía a la débil luz de la pantalla. Había que dormir, y soñar, y escribir.

Nadie sospecharía nunca que también ella había borrado ciertos nombres del libro de la Venganza de Azazelo, «el milagro no es borrar u olvidar los pecados de tus amigos o amores» –se dijo– «el verdadero milagro, es poder cerrar ese libro rojo». Los valientes tuvieron su Victoria en el salto, pero por suerte también los cobardes encuentran su Gloria en el perdón.

 

 


Foto portada: https://pixabay.com/photos/clock-pocket-watch-time-of-movement-3179197/

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