Walter Benjamin: “El París de Baudelaire” | Mayra Aguirre Robayo

Mayra Aguirre Robayo

 

Walter Benjamin es otro de los filósofos judíos alemanes que formó la Escuela de Frankfurt en 1923 junto con Theodor Adorno y Max Horkheimer. Estos determinaron la visión crítica de la cultura de masas en la década de 1940 del siglo XX. Estuvieron influenciados por el avance del nazismo. Concebían al hombre moderno atomizado, abandonado a sí mismo; al perder las raíces de la cultura oral y culinaria (arte inferior) y las tradiciones del arte superior por la dificultad y la distancia en la expresión hacía las jerarquías del poder embadurnadas en su potencia técnica de producción de programas radiales, fílmicos y literatura. El hitlerianismo los alienó y sucumbieron al bombardeo obsesivo.

Benjamin, a diferencia de Adorno, se preocupó de los debates sobre las sociedades modernas a finales del siglo XIX. Escribió sobre Charles Pierre Baudelaire, sobre sus poemas en prosa: El Spleen de París (1863) y sobre el poemario Las flores del mal (1857) en ensayos y reflexiones que forman parte del volumen, El París de Baudelaire (Eterna Cadencia, 2012). En sus textos considera que el genio de Baudelaire convierte a París en objeto de la poesía lírica con vivas expresiones de su estado de ánimo. Su yo poético es el flâneur que está en el lumbral de la gran ciudad y de la clase burguesa. El spleen es la nostalgia. Lo grafica en su poema “Spleen”: “Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso, rico pero impotente, joven, aunque achacoso, que, despreciando halagos de sus cien concejales, con sus perros se aburre y demás animales. Nada puede alegrarle, ni cazar, ni su halcón, ni su pueblo muriéndose enfrente del balcón”. Su poesía saca su fuerza de los asociales, su sexualidad está con la prostitución. Su bohemia es un refugio para su indefinición política. De pequeño burgués desciende a proletario.

Charles Baudelaire

La ciudad para Baudelaire puede ser paisaje, habitación que se proyecta como el centro comercial que se apoya en el flânerie para vender mercancías. En la prosa “Cámara doble” el poeta refunfuña contra “Los muebles [que] parecen soñar; se les diría dotados de una vida sonambúlica. Las telas hablan una lengua muda, como las flores, como los cielos, como los soles ponientes”. Rolf Tiedemann que realiza la introducción de El París de Baudelaire de Walter Benjamin, que me ocupa, ubica al poeta en el auge del capitalismo y relaciona el trabajo de Benjamin con aquel, siendo sus escritos aún incompletos. Este se suicidó huyendo del nazismo (1940). Antes estuvo en París y luego trató de huir a España, para embarcar a Estados Unidos, pero cuando llegó a Portbou se habían suspendido los visados, terminando así con su vida. Benjamin distribuye sus reflexiones en El París de Baudelaire en sus textos: “París, capital del Siglo XIX” (1935), “El París del Segundo Imperio en Baudelaire” (1938) y “Algunos temas en Baudelaire” (1939). Analiza la época de los grandes almacenes decorados del lujo industrial con el hierro como material de construcción artificial. Era una contribución para la renovación del arte. La revolución francesa quedó opacada con el Bonapartismo. El ingeniero Haussmann imitaba las columnas pompeyanas-helénicas, procedente de las guerras revolucionarias. Se inicia, de este modo, las luchas entre el constructor y el decorador. Hay pugna entre lo politécnico y las bellas artes. Por ello dice Benjamin: “Baudelaire en: ‘El loco y la Venus’ engrandece el éxtasis universal de las cosas que no se expresa por medio de ningún ruido… Entre tanto, en este júbilo universal, advierte a un ser afligido. A los pies de una colosal Venus…Yo soy el último y el más solitario de los mortales, privados de amor y amistad”.

La mujer y la muerte se entrelazan en París como ciudad hundida más bien bajo el mar que bajo la tierra; la vieja cuenca del Sena está abandonada. En El spleen de París (Fondo de Cultura Económica, 2018) Baudelaire en su poema en prosa, “La mujer salvaje y la pequeña amante”, evoca: “Verdaderamente, pequeña mía, me cansas sin medida y sin piedad; sé, al oírte respirar, que sufres más que las espigadoras sexagenarias y las viejas mendigas…” Y más adelante dice: “Considera bien, te lo ruego, esta sólida jaula de hierro detrás de la que se agita, aullando como un condenado, sacudiendo los barrotes, como un orangután exasperado por el exilio e imitando a la perfección ya los saltos de tigre…”

Walter Benjamin.

Walter Benjamin al referirse a la poesía en prosa El Spleen de París resalta los sueños del poeta lo musical de las rimas, la flexibilidad para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones de la ensoñación, a los sobresaltos de la conciencia en su vagar por las ciudades. Benjamin recoge la semántica de la concepción marxista de los conspiradores profesionales contra el poder. En la apreciación que realiza el filósofo marxista del poeta parisino es que el flâneur daba a la curiosidad triunfos. Es que se concentraba en la observación. Lo califica de detective amateur. Las sugerencias de Adorno le permitieron formarse una idea del poeta lírico desde lo histórico y lo filosófico. El materialismo de Benjamin le conlleva a particularizar la obra de Baudelaire como un devenir técnico de la historia del arte desde la superestructura social que confluye en una sociología del arte.

Baudelaire en sus últimos años ya no paseaba por París: sus acreedores le perseguían, le carcomía la sífilis (1821-1867) que le produjo afasia y hemiplejía. Su madre le interna en un hospital en Paris. Tenía ya desavenencias con su amante Jeanne Duval. La flânerie hace de la necesidad su virtud y muestra la concepción del héroe. Las flores del mal es considerada una de las obras más importantes de la modernidad. Sabemos que fue ondenado por ultrajar a la moral pública (1857). Se dedicó, luego, a la producción en prosa de donde nació El Spleen de París.

 


Mayra Aguirre Robayo. Columnista de La Hora, docente universitaria (UTE), periodista, socióloga, crítica de cine y crítica literaria.

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