“Primavera con una esquina rota” de Mario Benedetti | Valentine Mercier

Valentine Mercier

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Francia)

 

La historia se desarrolla en una ciudad cualquiera de Occidente. Cualquiera salvo, claro está, en las de los países bajo algún régimen militar. Desde los años 1960 hasta los 1980 el Cono Sur pasó por choques políticos: militares de derecha, apoyados por los Estados Unidos, fomentaron golpes de Estado y se mantuvieron en el poder al menos una década. Muchos ciudadanos, una mayoría de militantes de izquierda, fueron detenidos, torturados, exiliados.

Primavera con una esquina rota (Alfaguara, 1982) es un libro de Mario Benedetti que nos da a conocer personajes ficticios o reales que pasaron por las situaciones descritas. Ellos existen a lo lejos, en lugares diversos, particularmente en una ciudad del Occidente. Es una ciudad cualquiera, ya que en ningún momento (a no ser que fue distracción mía) tenemos detalles suficientes (aunque uno significante bastaría) para situarla. Es cualquier ciudad, ya que lo que caracteriza al exilio en la novela es, precisamente, la ausencia de alguna delimitación geográfica. En la obra de Benedetti, hay una cierta indeterminación espacial y la falta de referencias fijas que difuminan a los personajes: la intención del autor es mostrar que la patria está hecha de recuerdos, los cuales, sabemos, siempre son borrosos. En estos, la materialidad de los lugares presentes ya tanto no importa.

Es en este paisaje suspendido que los diversos personajes interactúan. Y es esta dislocación la que los une a todos.

Todos esos personajes son: Graciela, su hija Beatriz, su suegro Rafael, su marido Santiago y el compañero Rolando. Aparecen sucesivamente, en capítulos que les son dedicados a cada uno, volviendo de la misma manera, regular y alternativamente. Así, a cada uno le corresponde su propio estilo narrativo, su vocabulario y su fluidez, que tienen que ver con diversas sensibilidades, edades y personalidades. Para Beatriz, el candor astuto y el descubrimiento de lo chuscas que son algunas palabras. Para Rolando, la jerga y la frivolidad de un vividor herido. A Don Rafael la calmada madurez y la travesura mesurada. En cuanto a Graciela, una languidez seria. Se puede decir que es tan logrado el efecto de proximidad que Benedetti logra que hace que todos los capítulos parecerían escritos en primera persona, cuando, en realidad, a Santiago únicamente (entre la serenidad y el anhelo) le toca esta elección narrativa ya que escribe cartas desde la cana.

A ellos, protagonistas, se suman otros personajes efímeros que encuentran su coherencia en la serie de capítulos “Exilios”. En estos se cuentan los encuentros y desencuentros del autor con compatriotas expatriados. Son como pausas paralelas al relato y puntos de comparación de la experiencia exiliada. Son cortos y en su lectura duran poco, pero tienen la particularidad de pertenecer geográficamente a algún lugar: Cuba, Perú, Bulgaria, Alemania, como testimonios de realidad que se mezclan con la ficción de la novela.

En esta estructura, algunos de los protagonistas construyen las referencias que les falta. Graciela camina por las mismas rutas, pasa por las mismas tiendas, y en cada día, ve las mismas vitrinas con los mismos paraguas; don Rafael hace de una amiga, Lydia, su patria. Así, para algunos, la vida puede tomar otras formas que las del recuerdo. Para algunos, el tiempo avanza mientras que, para otros, el Otro, el que está preso, evoluciona con lentitud, casi parado, ahondado. Así, la indeterminación geográfica y la dislocación espacial se transforman y se conjugan con percepciones del tiempo desajustadas.

Lo que nos emociona, a lo largo del libro, son los sentimientos paradójicos de los personajes, y las primaveras rotas de sus personalidades. Santiago ve a la primavera como a un «espejo» y como a «un ritual de juventud», que sirve para «rescatarlo a uno de cualquier pozo». Admite que la suya está rota, pero a todos les cuesta renacer por entero. Nos emociona, finalmente, la contradicción irresoluble entre la esperanzadora libertad y lo que le espera en la vida a quien recientemente cumplió su pena y salió de prisión: una nueva vida parecida a un rompecabezas de vidas y de recuerdos del pasado.

 


Valentine Mercier. Crecí en el sur de Francia, cerca de la ciudad de Aviñon. Cuando tenía 13 años, mi familia se mudó a Caen, Normandía. Al terminar el curso secundario, viajé a Argentina ocho meses. Cuando volví a Francia, estudié historia en la universidad. Pasé más tiempo en América del Sur: un año en Brasil. Después, conseguí una maestría en estudios latinoamericanos (con especialización en historia) en la Sorbonne-Nouvelle. Hoy, soy profesora de historia y de español en Francia; también considero empezar un doctorado sobre historia de la psiquiatría en Brasil. Me intereso por la literatura y la poesía latinoamericanas. Durante mis horas libres, leo, y escribo.

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