Entre leones y romanos | Camila Téllez Garzón

Camila Téllez Garzón

 

Nuevamente me encuentro ante el papel. Ya les he contado cómo la conocí. Pero asumo que aún no han entendido de qué tratará está historia. Déjenme darles una pista. No habla de mí. Pero sin duda es un cuento que desde hace ya muchos años quiero escribir. Espero sigan interesados. Bienvenidos a esta segunda parte del inicio. Ustedes recordarán que la última vez que supieron de mí estaba en el debate y que en cuestión de minutos había cambiado mi perspectiva política, así como mi afinidad. Resulta que las sorpresas no quedaron ahí, recién iniciaban.

Los gritos del público eran ensordecedores. El debate había concluido con gritos atronadores de las barras. El Partido Rosa cantaba consignas de ganador. El equipo Azul, gritos de júbilo por su “increíble” desempeño. Por un momento soñaba despierta y me imaginaba como una espectadora más del Coliseo Romano. Miraba a los candidatos como gladiadores, casi moribundos (habían ganado a costa de su decencia), gritando de alegría y a la multitud enardecida queriendo una nueva pelea. Para mí, esto no era más que una nueva versión hecha para “sociedades más avanzadas”; solo algo se repetía, la falda en uno de los gladiadores.

Mientras esto sucedía, algunos se retiraban disimuladamente, otros simplemente permanecían sentados a la espera de que la salida se desocupe. Mi grupo de amigos y yo discutíamos. ¿Era importante saludar? ¿Sería bueno conocer a los mayores? ¿Alguien nos podría guiar en esta selva de libros y atuendos elegantes? El momento era ese, lo sabíamos. Alexandra era el puente, estábamos seguros de que sería nuestra representante.

Decididos a aprovechar esta oportunidad, nos acercamos tímidamente. Las cosas estaban avanzado muy rápido. A mi alrededor todos los demás neófitos te miraban expectantes. Ahora estamos frente a ti. Nos saludas como una política experta.

—Hola chicos, ¿les gustó el debate?

Inconscientemente cuando nos hablas, todos dan un paso atrás.

—Diablos.

Fui la única ‘gil’ que no entendió la indirecta. Me quedo sola frente a ti. Soy un poco más alta, pero aún así siento nervios. Debo decir algo, debo opinar algo; lo primero que se me ocurre decir es

—Hola, solo queríamos decirte que estuviste muy bien, eres muy buena y coherente en lo que expones.

Me imaginé que responderías algo con cortesía y que lo dejarías ahí, que te retirarías y, luego, mis amigos y yo, entre un par de bielas, nos reiríamos, pero no, lo primero que haces es decir mi nombre:

—Gracias Dani, que alegría que les haya gustado chicos.

Olvido todo lo demás que has dicho, ¿como diablos sabes mi nombre?

En mejores palabras te lo pregunto y tu respuesta es simple:

—Tú eres la novata que juega fútbol, nos hemos saludado en la cancha.

Hago un esfuerzo por recordar ese encuentro, pero me es imposible, casi siempre olvido las cosas, espero no olvidar este día.

Mientras pienso en todo esto, tú has seguido hablando, nos invitas al cierre de campaña en un bar y nos cuentas de todos los planes para cambiar el mundo, digo, la Facultad. Eres una gran política, todos mis amigos están encantados. Yo sigo sin salir del susto. A veces olvido que la gente me observa. Sigues hablando educadamente mientras todos se empiezan a despedir.

No me he dado cuenta a tiempo. ¡Como siempre despistada, …maldita sea! Ahora estamos solas, me preguntas sobre mi y no atino a responder. Los chicos se alejan, tartamudeo alguna respuesta. Pero lo hago todo de forma tan apresurada y torpe que te es inevitable no sonreír. Me doy la vuelta y para completar la escena, solo empiezo a correr, esas bielas me esperan. Mentalmente me lo digo: «balance del día, Universidad 1 – Dani 0. Genial». Hoy demostré que no podía ser más novata.

Cuando me siento segura y creo que no me observas dejo de correr. Comienzo por caminar hacía la oscuridad de la noche. Tengo muchas ganas de esa cerveza. Mis amigos me estaban esperando en la puerta de salida. Todos comentan sobre lo impresionante que fue el debate, se burlan de los candidatos y de mi torpe reacción. Tenemos que caminar 10 minutos hasta llegar a nuestro destino. Es justo el tiempo necesario para gritar, reírse y fumar. Yo no pongo atención a nada de lo que los demás dicen. Nuevamente ese recuerdo ha vuelto a mí memoria. No voy a pensar. Debo dejar de pensar. Ya van 5 días seguidos que bebemos sin parar. Hemos faltado a 3 clases. También hemos justificado otras 2 ausencias con trabajos grupales realizados entre cervezas y cantos desafinados. Somos tan cínicos que miramos a la Madre Rosita y le pedimos que justifique nuestras faltas por la interminable carga de trabajos. «¿Si mientes a una monja, te vas al infierno?» Ya no importa, nos creyó y ahora teníamos dos oportunidades más para beber. El mejor momento del día había llegado, “el pack” nos espera.

 


Foto portada, fuente: https://pixabay.com/es/photos/personas-ni%C3%B1as-mujeres-estudiantes-2557396/

 

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