Disipador | Jorge Alberto Collao

Jorge Alberto Collao

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Chile)

 

Para poder sumirse en el disipador, entelequia Uno tenía que desvincularse con entelequia Dos. De las demás no podía asegurarse nada aún. Y así, desplazados, solo Uno pudo insertarse, aunque su voluble conciencia giraba de entelequia Dos a alguna otra yendo y viniendo como sustancias disueltas en un líquido. Ahora bien, el problema no era tanto el insertarse sino atravesar la disipación.

El nacimiento del disipador había ocurrido hacia algunos cuantos inmemoriales atrás, pero ya vivía yaciendo en aquellos enormes intersticios. Comparados con el disipador, las entelequias no eran sino como una centésima parte comparativa, en una relación no muy certera por la naturaleza viva y cambiante de ambas cosas. Pero había más. En el disipador pululaban varios centenares de asistenciales de toda tipo y clase; sólidos, semisólidos, difuminados, de conciencias únicas, divididas y colectivas, autogénicas, asidas a veces en algún lugar específico apoyando ciertas funciones, como lo hacían prácticamente todos o casi todos, ya que allí se necesitaba toda una simbiótica para que el disipador finalmente pudiera cumplir su cometido. La mayoría de las veces no podía saberse donde comenzaban unas y donde terminaba el disipador. Pero con las entelequias era diferente. Ellas venían desde fuera a experimentar las fases, y pasaban por encima de todo el complejo simbiótico casi sin darse cuenta por donde pasaban exactamente: los sentidos que pudieran tener eran únicos y radicalmente opuestos en muchos casos, a las sensibilidades del resto de los integrantes de aquella complejidad. Finalmente, liberados ya hasta el punto en que era posible subsumirse, entelequia Dos quedó en posición adecuada para que su conciencia acomodada iniciara fase interna, y fue entonces que aquel disipador, que era –se suponía– muchísimo más evolucionado que todos los anteriores, comenzó a cerrarse sobre sí mismo y sobre la entelequia. Las demás, la Uno, la Tres y muchas otros un tanto ajenas al proceso, pululaban por allí tratando de no interferir con tal proceso o, al menos, haciendo que sus actos y acciones posibilitaran la subsumisión de la manera más pacífica y adecuada posible.

Imposible saber cuándo el proceso inicia. La fisiología de un disipador funciona en la medida en que el proceso de subsumisión se potencia cada vez más, por lo tanto, es completamente autónomo para poder desarrollarse sin dañar o por lo menos, sin intervenir significativamente a la entelequia que subsume. Entonces, entelequia Dos se había incrustado convenientemente a través de sus pistilos neuronales en todo el volumen del disipador, y aunque algunos de ellos aún se tocan con entelequia Uno y Tres, y quizá también con las demás aunque no de la misma significativa manera, el disipador comenzó a despertarse, poco a poco, yendo hacia adentro, hacia el otro lugar, en donde las entelequias iban para explorar y aprender, a ese lugar extraordinario que no podían entender, que era tan distinto, que era tan abrupto y definido, tan obtuso y temible, pero al mismo tiempo tan real, que los estremecía una especie de miedo que los ponía al borde del éxtasis, como una especie de droga potente que les permitía ver la estructura del cosmos, la esencia universal que les permitía entenderlo todo, tanto y a tal punto, que solo entonces podían dejar de ser lo que eran y ser otra cosa distinta, tan distinta como su carga de miedo se los permitiera, yendo y flotando por aquellos otros lugares que habían estado disipados en el mismo lugar en donde ellos mismos habitaban, donde habían explorado a sus propias maneras todo aquel espacio existente en todas direcciones, desde el origen mismo de sus propias memorias, hasta haber llegado a este preciso punto, en que el disipador les permitiera dejar de ser lo que en verdad eran, para ser otra cosa en otra conciencia y poder así dejar atrás el deseo de ser lo que hasta ese preciso momento eran, y así levitar allí, donde solo los sueños, las elucubraciones, las ensoñaciones son posibles y reales, donde podían tener una extensión o quizá dos o tres o cuatro, donde son posibles los recubrimientos, las solideces, y donde son posibles ciertas energías nuevas como la luz y el sonido, donde existes formas nuevas de reconocerse unos a otros, donde ahora pueden encontrarse con otros como ellos que no son lo que eran pero que alguna vez fueron, y pueden oler, pueden ver, pueden ejercer sonidos y con los sonidos, palabras, y con las palabras pueden nombrar cosas, y al nombrar cosas pueden denominar lo que ahora son, y a sus extremidades pueden llamarles brazos, y pies, y rostro, y pueden dolerse, pueden sentir, y pueden tocar a otros, unirse de maneras distintas, quedándose encubiertos, quietos, extasiados, mientras allí donde estaban seguían su curso natural, siendo lo que estaban diseñados a ser, haciendo las cosas que se supone deben hacer, dándose las manos, usando ropas sobre sus propios cuerpos, sonriendo, saludándose, aunque ellos mismos, siendo entelequias como eran, nunca podían acabar de entender. Por eso se subsumían, por eso integraban al disipador, aunque después de tantos siglos de intentar e intentar, no hubiesen realmente, logrado nada en concreto, salvo aquella extraña pasión y deseo por subsumirse.

 

 


Jorge Alberto Collao Galleguillos. Nacido en La Serena (Chile) en 1965. Estudió Educación en Física y Química en la Universidad de La Serena, y Análisis Químico Industrial en la Corporación Santo Tomas, La Serena. Ha obtenido los premios Concurso de Poesía Interliceos, Concurso Nacional Silvia Villaflor Rivera de la SECh IV Región, Concurso DDHH IV Capitulo en poesía y Cuento, Primer Lugar Concurso Nacional Festival Todas Las Artes en Poesía, Concurso Gobernación Marítima de Los Vilos, Concurso Poesía Corporación Santo Tomas. Además, parte de su obra poética fue publicada en la antología Cuatro Poetas y sus Libros en 1999 por el Fondo de La Lectura y el Libro. En 2014 aparece publicada por Editorial Puerto de Escape la novela de anticipación científica, Aunque tal vez solo seamos los dioses de las hormigas.

 

 

 

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