1001 chicas que debes conocer antes de morir (Fragmento 2) | Adrián Grimm

Adrián Grimm

 

 Criptorquídea… según Garp

Un fuerte dolor de piel le había mantenido despierto ya tres días. Gino buscó en el tarot la ayuda que le negaba la medicina. Las cartas hablaron: esa mañana sacaría cita médica con la inteligencia artificial del Seguro Social, Su turno sería para el año siguiente. Mientras tanto el dolor no le dejaba trabajar, ni dormir, ni pensar; y ni pensar en amar… solo estar… atento a las crecidas de su río privado… su estado de gracia en el cual flotaba lento y quejumbroso, hecho al dolor, confiando… ciertamente, preferible a las cascadas que sabía estaban por alguna parte, inevitables. …también dolorosos letargos… Sin embargo, en cuanto llamaba Ándre, todo dolor se le quitaba, el mundo mismo se iluminaba y ese rayo de inteligencia le deshacía las telarañas detrás del oído que apuntaba hacia ella con cada músculo, cada vello, cada burbuja hablada.

—Nunca dibujo hombres sin máscara, porque no me gusta dibujar el brillo del cebo. Además, así parecen gladiadores y pierden su identidad, pues ellos se sienten seguros detrás de cualquier institución patriarcal violenta, ya sea esta la iglesia, la armada, o la cosmética. Las máscaras los mantienen frescos y seguros. ¿Videaron Pulp Fiction?”

Cierto es que exageraba, un poco, con eso de Ellos y Los hombres y lo del patriacado… pero él sabía que Ándre era el antídoto para sus dolencias; y que, de algún modo oscuro, ella construía y habitaba ese dolor porque era intocable. Desde que la conoció en el Taller de Cómic supo que necesitaba de su compañía, pero se percataba de que eran agua y aceite: ella los prefería andróginos y poco posesivos; y él, en cambio, era una mezcla perfecta de leñador y guerrillero Zeta.

Macho Proviene de la raíz indoeuropea Mach, y del germánico Match. El término sufre otras evoluciones en el área mediterránea y origina el latino March. En marzo, empezaba el año del mundo clásico pues era el mejor momento para ponerse a guerrear y, aunque cada cuatro años había una tregua Olímpica, esta solo servía para que los hombres compitieran en marzo desnudos ante los dioses; tregua que era guerra, porque a las mujeres, se les estaba prohibido hacer lo mismo. El cuerpo femenino no era ofrenda ritual… según ellos. Sino mito.

Además, estaba lo del premio-publicación, pues ante su “Superheroismo esteróidico con hombres malos de músculos inflados, y sus viñetas de acción ininterrumpida, rebañadas con litros de sangre a lo ‘300’” ella anteponía refinadas escenas de estilo japonés, donde sin sangres ni montañas de músculos o explosiones estilo pop, las “personajas” tocaban violencias tan extremas y aterradoras y temas tan densos que Gino ya dudaba de ganar la publicación, y sentía como esos alfileres reventaban los tríceps de sus héroes.

El cómic de seis paginas de Ándre se llamaba: “Los Mil Cortes de Cortázar”, magnífico, erótico y fatal danza de navajas japonesas. Y el confundido Gino se escondía literalmente dibujando sus imágenes de violencia que trataban de reforzar su virilidad cuestionada, ofendida y amenazada por los dibujos bien tramados de Ándre.

—El temple del acero japonés, lleva su arte al punto de parecernos magia. El artesano templa, dobla y coagula, una y otra vez sin llegar nunca a fundir la pieza. El resultado de tantos pliegues es que, al ser afiladas estas hojas, sus cortes son tan delgados y juntos que no sangran… a menos que la víctima se mueva, o respire, o… tenga una erección. Pensé jugar con la tensión del juego erótico que desemboca en la muerte del héroe por el deseo. El deseo patriarcal lo desangra por donde más le duele. Hay demasiados héroes y antihéroes y demasiados autores hombres, pero todos son iguales. Los mismos recursos y líneas de pensamiento. Los mismos argumentos refritos desde Aquiles hasta Iron Man, que si el salvador, que si el conquistador, que si el viajero, todos transparentes como el Mal mismo, ante los ojos de una mujer de hoy. El verdadero héroe se autocapacita para el cambio.

—Se auto-capa… querrás decir…

—Tonto de me, gracias hombre sabio, me has dado una idea.

«Mis dibujos deben mejorar, menos músculo y más cerebro». «Tonto de mí, no sabía que ella no dialogaba con hombres». «La ofendí con la tergiversación de su discurso». «Empezó de hachazos conmigo, pues, y yo contra ella». «En cierto modo la imitaré en un secreto homenaje, al sacar mis tramas de autores políticamente tendenciosos». «Narración en varios pisos, algunos de estos simbólicos». «Intertextualidades». «Cuartas y quintas paredes derribadas». Mucho y buen trabajo.

Pero, como toda acción tiene su reacción… Ándre reaccionó como una olla de presión cuando pierde ese taponcito de caucho. Anunció una trilogía de veintidós páginas.

El primero, y ya avasallador, era una reconstrucción con spin-off de cierta performance artística setentera en que Rudolf Schwarzkogler fingía auto mutilar su pene con clavos, martillo y serrucho. Adrede o no, el protagonista era un barbudo del montón… como lo define desde el primer párrafo. Pero, la trama, trataba con humor la conversación de dos chicas lesbianas que presencian y aluden al performance. Los chistes, le dolieron más en su momento que los cuchillos, quizá porque él ya dibujaba buenos cuchillos y hachas de combate, …y chicas guapas, pero no hacía chistes aún. Y ese estilo gráfico lleno de sutiles tramas y luces, insuperable y documentado en el Japón de la corte Heian, eran sangrientos, sí, pero domésticos. Casi daba un deseo de saber como dibujaría Ándre una verdadera batalla, una a campo abierto al menos.

Otro de sus “poemas” se llamaba: “Orlan”. En el cómic se la sometía a nueve cirugías estéticas para parecerse a nueve obras de arte al mismo tiempo. Los cirujanos, eran todavía musculosos, pero habían perdido varios kilos, ciertamente. Más, como eran nipones, no se notaba fuera de lugar, que esos chicos esmirriados pudieran o supieran distribuir y administrar el castigo físico y simbólico sobre los rostros y cuerpos de mujeres de todas las edades y los estratos sociales. En granjas de belleza o Tleilaxultorios. A diferencia de la Orlan verdadera, la dibujada se iba a parecer a la gente más famosa… y fea. To be or not to be…auty. finalizaba… genial.

Era amor, al menos desde su lado del espejo. En esos días por fin llegó su cita del Seguro Social, acudió feliz de trabajar y poder acceder a tremendo beneficio: le atendieron robots, le regalaron muchos placebos, y le escanearon un descanso de un día. Le iluminaron con todo color de luces, y sonidos, y se estuvo recorriendo las salas de espera todo el día, le hicieron todo tipo de exámenes de piel, y midieron factores psicosomáticos mediante un pequeño y sofisticado visor de propaganda pública. Al final del día, le tomaron sangre en un tubito. Gran día para la ciencia, de no ser porque la sangre se la sacó un medico de carne y hueso. Pero, eso daría para otro cómic.

En el tercero de su larga trilogía, algo mucho más grave, Ándre había retratado al mismísimo Gino, con todo y su nombre en un Cómic brutal, no poco halagador si se lo mira cuarenta veces desde cierta óptica aprendida del heavy metal glam. Él era un leñador en la Caperucita, pero dibujado a lo japonés cazando lobos que, perros al fin, protegían a los niños más tiernos del abuso sexual. Al final, pese a sus esfuerzos por protegerlos, deciden comérselos, para salvarlos de los barbados leñadores, que son legión.

“Le -Gi- On…el- Gi -No”… Excepto a Gino, a todos les pareció fantástico, sobre todo el uso del cuento clásico, y de las saetas de guerra del samurái a modo de dictámenes moralizantes patriarcalistas; y todos admiraron la decoración de las dos escenas de caballos y de las habitaciones dedicadas a los placeres inefables. Si alguna vez hubo un patriarcado, poblado de barbudos hombres blancos católicos, enojados y ricos, había sido arrasado desde la raíz por el cómic de Ándre, dijeron sus amiguis.

Él estaba lejos de ser rico, o blanco… pero, por lo demás… era amor, o al menos lo que él esperaba tras esa etiqueta, porque dentro de su mente aunque traducía los pronombres a los nuevos géneros por no ofenderla, ya dibujaba en secreto su gran parodia: Garp, yo soy tu padre.

En alto contraste, usando fotografías indexadas y súper reconocibles, había armado un cómic con un estilo de periodista de guerra.

En un helicóptero-ambulancia, va recostado Garp recién herido. Recién… es un eufemismo, porque han pasado ya tres largos minutos, en los cuales Garp ha ido descendiendo en la escalera de la vida hacia los pisos oscuros, donde se encuentra con su madre, con sus amigas femininistas, con sus propias amigas, con sus maestras y la televisión, y los libros, y su esposa anterior, y su hijo.

El personaje principal, que es quien narra, ha sido nombrado con total sutileza Jenner, y también es exmujer del año; (mantiene su estilo anterior…musculado, gran esqueleto, gran cráneo, grandes muslos y brazos… grandes mamas…) es el mejor amigx de Garp, un exfutbolista retirado transexual y ultrafamoso. Sus musculotes mojados de sangre garpiana reflejan el color festivo de las banderas donde se celebraba el festival en que Garp y su madre han sido heridos en dos atentados relacionados y sucesivos, pero diferentes.

Solo gracias a sus grandes músculos es capaz de hacer entrar a Garp en el mismo helicóptero que su madre, para esto tiene que golpear a cuatro furiosas feminazis, y a un guardia civil inexperto. Ya dentro, no logra, sin embargo, bajar o golpear a dos fotógrafos que van con ellos hacia el hospital, volando lento. Ante la indiferencia de las paramédicas del helicóptero, Jenner (también enfermera) le abre la camisa a Garp y lo hace medio reaccionar… flashes, gritos… ese sonido de las aspas del helicóptero, que debería tener un nombre para estos usos.

—Nunca… conocí… a mi padre… ahora lo veré.

—No digas eso, en frente de tu madre, aquí herida. Eh, una mascarilla para el oxigeno… aquí, aquí.

—Si despierta… dile… que la amo…

—Garp… no te vayas… no cierres los ojos… ¡Esparadrapo!…

—¿Padre…? … ¿Cómo te llamas? … ¿Cómo me llamas?

—Gaaaaarp, no te vayas, soy yo, Jenner, con doble ene.

—Padre, no te lo logro escuchar…

—GARP, YOOOOO SOY TU PADRE.

—Garp, Yo seré tu padre. ¡Esparadrapooooooo!

Gino A. Quito 2019

 

Pero, contrario a su maltratado personaje, Gino sí obtuvo el premio que buscaba, pues había sabido leer entre líneas el camino del amor. Y Había logrado publicar su “Gran obra”. Ándre estaba pasmada, ante sus ojos, ante su caballerosidad, ante su capa… cidad de perdón, y …como quitándose (o poniéndose) un velo, descubrió atractivo a ese hombre contradictorio, y frágil con porte de leñador y pluma de ángel, ángel Abadón exterminador eso sí. Con unos pocos cambios, quedaría tal como a ella le gustan… o casi.

No así sus amiguis que, nada de treguas, ofrecieron otro Guernica sobre los enamorados. Fueron corriendo a ver la tal película del Garp ese, sin siquiera sospecharse la implosión de valores que les había preparado Gino Abadón. «¡Pobrecillas, que malos son algunos hombres!» Concluyeron. No es una película para comer canguil y el libro es demasiado gráfico. Dijeron aún turulatos en su últime aquelarre.

Él, aprendió a convivir con el dolor crónico y la merma cognitiva asociada, y cada vez estaba más feliz y convencido de estar haciendo bien. Ya nunca dibujaron o iban al cine, solo veían series: se amaban. Y aunque una cierta nube se formó cuando un mensaje de la inteligencia artificial del Seguro Social llegó, pidiendo confirmación de la cita para el próximo lunes…

Que: por sus resultados, lo derivaban de urgencia ante un médico endocrinólogo.

Que: por favor abriese los videos adjuntos sobre la somatización y la disforia.

Que: si le era posible, llevase fotografías que documentaran la recesión de su vello corporal.

Que: si le era posible, midiese y pesase sus partes íntimas.

Que: se realizase una autopsia o examen visual en busca de otros signos sexuales secundarios femeninos.

Tanto progreso, tanta ciencia médica, tanta redundancia en las redes sociales… Gino se sintió afortunado de estar trabajando y poder acceder a tremendo beneficio… según rezaban los comerciales del Ciber Gobierno. Llegaron por dron los placebos, las afeitadoras de gel, los analgésicos de verdad, y en una caja negra con la leyenda: «Por si acaso: unas tijeritas». Y literalmente, una cascada de información acerca de algo llamado Criptorquídea.

En otros hubieran sido señal de pena, en Gino era limpia alegría… una lágrima bañó esa línea masculina del pómulo de Gino a la luz de la luna. Se emocionaba, aunque se sabía por siempre lejano de su sueño de ser un día… Dios mediante… mamá.

Crawler. Quito 2019.

 

Alguien abrió una ventana desde la deep-web, era Azazelo. Le descargó en su Facebook un medidor de Gloria. No le gustó nadita la parodia, le escribió un nuevo final… que no viene al caso. Furioso y contento, Johnny Crawler volvió a la carga contra su blog. Se quedó pasmado al ver dos páginas de mensajes.

—Axaxas 22:02. NUNCA MÁS te metas con el Seguro Social, triste amigo. Muchos de mis málchicos tienen puestos en él sus esperanzas. Oye, acerca de nuestro trato, y este …cuento… ¿Quisieras hacer un adendum? Odiaría que vendas tu alma por una moneda amarga para ti. Si las odias, quizás sería mejor… no lo sé. Parece que les tienes el mismo amor que a los toros los toreros.

—j_crwlr_69: 22:03. Nada de eso, petite sodomite, Solo odio a una, la que me hizo usar tu puente. ¿Ahora eres feminista, impostor?

—Axaxas 22:03. Pero la mujer es algo eterno amigo, no juegues con ellas.

—j_crwlr_69 22:03. Tú mismo me dijiste: Ve con la moda, mientras pasa de moda. ¿Crees que exageré?

—Axaxas 22:04. Todo será como tu corazón desee, eso se mantiene, pero cuidado, es un delgado puente la paciencia.

 

Más rápido de lo esperado, Zaza se había repuesto del golpe y había inventado un modo de mezclar Gloria y Fortuna: bots lectores auto financiados, ahora Johnny tenía muchos fans, cosa indispensable para conseguir mujeres. Borró los mensajes de remitentes obviamente masculinos y leyó atentamente los restantes. Se sentía hastiado de los halagos debido a los muchos falsos que había tenido que hacer a mujeres desconocidas en su anterior trabajo, pero aún era susceptible a las preguntas y nunca le había preguntado nada un bot, no que el supiera, al menos.

Respondió galantemente, como práctica, a una usuaria de nombre Andrea666_pkh que le preguntaba si había forma de comprar sus escritos y temas de cajón literario.

Odiaba los mensajes que le hablaban de lo inesperado de sus finales… que no eran suyos. Cuando les respondía era solo para cultivar hostilidades. Aborrecía los llamados de los ateneos de la ciudad, tenía una reputación que proteger, de si mismo.

—Un buen mendigo pone varias monedas en su plato antes de empezar a trabajar —dijo Zaza.

Alguna vez, cayó por ahí una admiradora real. Sudó y resudó de tal modo que hubiera fallado el test de Turing, pero siempre abierta en una esquina de sus pantallas, la app de Zaza le brindaba consejos y logística.

Habían quedado en encontrarse, llegó quince minutos antes y sesteó a su víctima. Sí, era hermosa, y no se parecía a naidens. Ni en el nombre: Guiomar… planeaba hablarle horas… cuando apareció otra de sus citas, que había olvidado… resultó un joven agraciado que firmaba como blue eyes xxx, con gran tino, se subió la bufanda y desapareció con la chica. Luego de Guiomar, apareció Teresa, luego de Teresa, Andrea, Anita, Juanita, Esperanza. Parpadeó y llegaron Martha, Estefanía, Mitzi, Alexa, Andrea (otra Andrea), dos Paolas en seguidilla y una Gabriela; luego de ellas perdió la cuenta y la memoria. Su vida se volvió un eterno llegar a Ítaca, a los brazos de esas mujeres idénticas que le esperaban desde años …hastiadas de hombres iguales entre ellos.

El buen Gordo si iba contando:

—Ciento cincuenta amores Johnny, recuerda que eres mortal.

—¿A qué te refieres?

—A los libros de Safari, sé que los lees, y que de ahí proviene tu éxito con las chicas.

—No es cierto, no los leo por las chicas. Si no, por amistad. Si los hubieras abierto alguna vez lo entenderías.

—Pero, son libros de … magia.

—Nada de eso, solo son literatura. Pero tienen cositas mágicas en los márgenes.

—El mismo Safari me prohibió que los leyera.

—¡Llugshi Safari! No nos estorbes amigo.

Si bien, Safari Joe no necesitaba pactos faustianos para conseguir mujeres, casi siempre se lo veía huyendo de alguna, con alguna. Y era generoso, porque siempre sacaba amigas con amigas. Sus recuerdos hicieron cortocircuito con el velo de Zaza y volvió a recordar todo. Todo de Safari, todo de Zaza, todo de sí mismo. Safari trabajaba y mal vivía de la asquerosa ley, pero ¡qué de bien vestía! Con sus zapatos Groogers de caña alta, sus trajes a cuadros, y la cadenita.

—¡Si quieres que te sigan las mujeres… estate un paso adelante… Jey Crawler, el loco que gatea… ¡aprenderás un poco, que ya me he de morir!

Se burlaba de todos y todos nos considerábamos afortunados de tenerlo como amigo. En el bus a casa, rodeados de reguetón y ventas ambulantes, íbamos recordando sus ocurrencias y nos cagábamos de la risa.

—Eeee, Gordo Gorgoroth, ¿cuándo vas a escoger un buen partido? ¿No serás del “otro equipo”?

—Aaah, Cotton Tail, cara de caballo, ya córtate el pelo, hippie maldito, en este día de las madres siquiera dale un gusto a doña Felpitas. ¡Eeeeh señorota! ¿Me quieres o no, bella Margarota? No paraba nunca, era más guayaco que el Wayas, o el Kill —también decía.

Olía a despedida. Estaba tan distinto de sí mismo que le llamamos por su nombre, Diómedes, con esa voz que se escapa en ocasiones especiales. Graves. Taciturno y todo, halló el modo de retomar una conversación acerca de un tétrico pasillo serrano, cuyo nombre no pudimos recordar, que trataba de una autopsia.

Porque antes de su muerte éramos cinco amigos, todos para uno y uno para todos… menos Margarita.

—Relataba el estado en que un médico iba encontrando los órganos de un cadáver que en su día sufrió de amores.

—De todas maneras es una hermosa canción, no importa que algunas almas delicadas se espanten por la dureza de la poesía.

—Es que no hay poesía en absoluto en toda la letra. Lo que hay es pena… y melancolía, pero poesía…

—Ya, ya, más poesía sale del culo del diablo; repites eso ante cada verso que se te cruza, Safari. Haces dudar de tu crítica.

—Pero en este caso tengo una pequeña prueba mi querida Margarita. Eso que alababas por su hermosura y tragicidad: esas mutaciones y esos vacíos en el cuerpo del desamado, no se parecen en nada al amor sino a otra cosa…

—Ha de ser una quimera, un molino de viento. ¿Algún toque literario no?

—Eso mismo. ¿Has leído El Gran Dios Pan?

—Eso no se entiende, ¿qué relación tiene el pan con una autopsia? ¿No estarás blasfemando por gusto? —le dijo indignada.

—Ningún pan, ninguna hostia. El dios “Pan” que te cuento es una autopsia vacía, es el origen del miedo. El pánico. De algún modo principio y fin de todo. Pero mejor tienes que leerlo, te lo presto la próxima vez que nos veamos mi pequeña Margaretta y a tu tontinovio el Johnny Crawler…

—No nos lo llegó a prestar, pero lo leímos en internet, supimos de su muerte demasiado tarde. Nadie la subió a su muro. Lo visitamos cuando quedaban las últimas flores en la tumba. Margarita, arrancó de un potrero tres margaritas, para no quedar mal.

Los apodos corrían a su cargo. Inclusive compuso uno para sí: Safari Joe. Se llamaba Diómedes Safadi, quizás de ascendencia libanesa. Cada vez que festejaba una conquista gritaba de manera rarísima: ¡Safari Joe Does It Again! A mí, me llamó Johnny Crawler: estado ulterior de todo Johnny Walker-Dictaminó-A la Jessica en honor a su tremendo culo le puso Margarita, borrando su apodo de toda la vida: Coneja. A Luis, le nombró: El Chulo, vaya usted a saber por qué. Y al Gordo le puso Gordo, aunque a veces le decía John Washington Irving, quien sabe por qué. Una noche elucubró su árbol genealógico-literario en una pared de ladrillos del colegio Mejía, pero como a la mañana siguiente lo habían meado, lo repasó con marcadores y lo memorizó según dijo. En esos ladrillos lo emparentaba con varios famosos y muchos apócrifos, John Dos Passos, y John Kennedy O’Toole. John(efe) Kennedy (el escritor), John Fante, etc. Porque, raro que parezca, era fan del gordo, su único “buen” amigo.

Ahora es evidente que esa conversación acerca del pasillo cuyo título desconocíamos, era una tétrica y cobarde manera de anunciarnos su suicidio. Quizás, quiso que lo detuviéramos, hubiera querido entenderlo, pero en ese momento no estaba listo. Hoy si.

Safari, tenía una novia italiana: Amara, a la que visitaba en las noches en su depar de Guápulo. La vio subir desde la iglesia y la fue siguiendo de lejos, por pereza. Ella entró en una casa que no era la suya y salió con un chico altísimo. Los besos de ellos, en portones conocidos, en idioma desconocido. El lento caminar. Las miradas brillantes. Pero lo que le animó a guindarse fue el ver que ella le daba dinero a él. «Pobre Safari Joe convertido en Canopy Joe por unos pocos dólares», se dijo… Nadie recibió su atribulado mensaje.

Lo suyo, sí que fue grave; pero también puede parecer poca cosa. Ya que hay pocas cosas tan oscuras como un corazón, y no quedó mucho que iluminar cuando supimos de su muerte. Su muerte-jazmín y brío-convirtió nuestro alegre quinteto en un trío.

Ese día en el cementerio terminamos con Margarita. Inicié otro amor, que casi al año de esa tragedia, también perdí: Amara la puta siciliana, mal rayo la parta, estaba decidida a acabar con nosotros. Y, así hubiese sido de no ser por la mágica aparición de don Zaza en nuestras vidas.

 

***

 

Pero, Zaza, protestaba un día si y otro también, por los “testigos” de Johnny Crawler.

—Ambos nos sentimos estafados —dijo el diablo.

Él por haber abierto ante incrédulos el reino del placer. El otro, por no haber pedido mil mujeres para cada uno. Era urgente hacer un adendum. Sus testigos dependían de él para conseguir chicas, y le arruinaban faenas seguras. Ninguno de los dos entendía su repentina suerte y echaban a perder cada ocasión. Pero volvían siempre sonrientes del aparcamiento o del Uber, con historias de besos y conquistas furtivas y de último minuto.

Johnny Crawler tenía ciertos momentos de claridad en los que recordaba su contrato con Zaza, pero en esos momentos recordaba también los cuentos de sus testigos sobre el montón imaginario de mujeres que habían “conocido”.

Puras mentiras. Mentiras de la peores…auto-piadosas. No pegaban una. Necesitaban ayuda divina. Para salir del problema, Zaza tuvo por fin una buena idea: un curso de seducción.

Llamó a Pedrito, un negro sabrosón de Daule. Era el manager de las Chachas y otros grupos de tecno cumbia. Las cuidaba, las administraba, y llevaba las cuentas. Pero también sabía enamorar. Saludó de pico con Zaza y estuvo feliz de presentarnos hasta cien mujeres jóvenes y solteras solo para entrenar…, por supuesto no conocía a tantas mujeres en edad de merecer, pero su agenda estaba copada de chicas que conocían más chicas que conocían más chicas; era cuestión de tiempo y paciencia.

Tendríamos que sentarnos cerca y estar atentos a Pedrito, el galán más certero de todo Daule y del manso Guayas. Teresa fue su primera víctima. Estudiaba psicología en la católica. Escuchaba tecno y baladas de rock clásico. Su chico soñado era algo imposible, una mezcla de todas las cosas que les faltan a los chicos de verdad. Pedrito ignorando todo su discurso acorazado atacó desde abajo mordiéndole el tobillo con el ritmo de la salsa… ¿No oyes Teresa? ¿No sientes la música?… Me gustaría enseñarte a sentir…la… pidieron cocteles y luego de media hora tan amigos como nadie. Bailaron poco… salieron. Nosotros, excepto Zaza, estábamos ebrios e imitamos a Pedrito, cada cual con relativo éxito. Flashes de risas y bailes… mis amigos triunfando… el Gordo, se había despeinado. Yo bajaba del trago cuando me vi en brazos de Gilda, brazos blanquísimos y suaves, acento lejanísimo, olor a desierto. Sin entrar en detalles inútiles, fuimos a su casa a sacar su auto y nos escapamos a Lumbisí, a una casita pintoresca en un terreno baldío que deseaba comprar. Prepararíamos comida para un picnic.

En la cocina escuchamos un delicado vibrar no eléctrico, pasamos los ojos por todas partes, en las ollas, en las ventanas, dentro de los cajones… era una avispa haciéndole el amor a una lámpara de plafón.

—¿Por qué tienes lámparas así, no ves que confundes a los pobres insectos?

—Ahora ya sabes cómo me siento yo misma.

«La besé, como a tantas chicas –bueno, ni tantas–, y en ese momento me volví de hielo al recordar a Zaza. El ruido me lo recordó, era como una avispa dentro de mi cráneo; o más bien, era como un silencio provocado entre miles de insectos en la noche. Me contuve, cerré los ojos y me dejé llevar por esa sensación parecida pero no igual al amor. La dulzura era tan similar, la ternura tan cierta, que me confundía, tuve que terminar con ella a las dos semanas. Parecieron una vida. La agonía, sin embargo, fue tal y peor como la recordaba. Perder un gran amor es igual de doloroso ya sea que este amor se tejió en el infierno, o en un estadio con canguiles de tu amigo pegados sobre ti. Tuve miedo al notar que era solo la primera de las mil. Heme aquí nuevamente rondando por puentes.

«Luego vino Gabriela, era profesora de mate, su pantalla era que nunca había sentido un orgasmo. Cuando lo tuvo, me enamoré despiadadamente. Solo por ella recuerdo un orgasmo que no sea mío. Hasta ahora mi corazón roto se descose de solo pensar en la línea de su cuello-hombro-brazo-mano, algo hermoso en verdad. Sabía como cazar a un hombre, y le gustaban los hombres poderosos. Le di a leer ciertas cosas. Me dijo que era demasiado, que los hijos de la Mama Lucha o las feminazis, o los Neonazis… me darían una lección. Claramente diferenciaba poco la ficción de la realidad, pero que hermosa era. Sorpresivamente, nuestro olvido, igual que nuestros orgasmos, fue sincrónico.

«Paola que quería ser presentadora de televisión, estaba urgida de repertorio, sentía su oído en mi boca, su ojo en mis libros, descifrándome y grabándolo todo, siendo testigo mas no parte de lo que sucedía alrededor. Los chistes, las referencias cultas, las anécdotas de artistas. Todo lo apuntaba en su agenda mental. Esa exacerbada atención, no parecía tener otro mérito que exhibir sus ojos azul oscuro, siempre abiertísimos, cuyos parpadeos eran imperceptibles. Solo al verla llorar, fui capaz de ver sus pupilas a media asta. Una visión sublime y desoladora. Me dieron ganas de pintarla, de quedarme con ella para siempre y protegerla a cambio de otra mirada igual, pero mejor le tomé una foto con el celular. Es mi único recuerdo de ella, y es suficiente. Me dijo que leería el texto y luego me avisaría su opinión. Seguimos esperando.

«Decenas de chicas, amores de paso. ¿O un mismo eterno femenino? Cientos de besos y de lugares visitados. Nunca conocí la ciudad como entonces. La ciudad por dentro denota formas femeninas. El viejo Zaza nos iba susurrando el modo de llegar al punto débil de cada mujer. Que si el traje perfecto, que si los zapatos limpios, que si las uñas cortadas, comer despacio, hacer preguntas, no hacer preguntas, el pelo y el perfume.

«Nos dio un electrizante curso de no ver los senos, que si Woody Allen, Joaquín Sabina, Juan Gabriel. Luego de un tiempo se repitieron los argumentos. Eran como un mar de carne tibia y joven y nosotros los peces en el agua. Éramos palabras de amor en esa Babel. Pero, faltaba algo. Me sentía siempre enamorado, siempre agónico, siempre malo. Tuve muy claro que estaba intoxicado de amor, y deseé al amor final… vislumbré que moriría pronto.

«Debe haber una velocidad máxima permitida para desenamorarse, y debo de haberla rebasado hace tiempo. Este contrato me estaba destruyendo más rápido de lo que me imaginaba. No estoy hecho para vivir mil amores, ni siquiera cien. No puedo evitarlo, las mujeres son tanto más hermosas cuanto más detenidamente las observas, y mis capacidades de observación se habían multiplicado desde mis salidas con Zaza».

La literatura en cambio, muy viva. Zaza halagó, tras sus cambios, mi Criptorquídea, pero rechazó una parodia llamada “Mi Lucha”, en honor de la mamalucha, y escribió nuevos finales para toda mi obra, y por fin, una pequeña llovizna de popularidad fue calentándome los hombros.

—Ahora ve a escribir algo que te enfurezca… Jey Crawler, necesitamos más lectores, o al menos más likes.

Salvar mi alma efímera, poco me importaba, no asi, salvar de sus sucias garras mi estilo inmortal… escribí:

 

Los finales ausentes

—Cada fin es un principio.

Me hago llamar Johnny Crawler, busco la fama o, mejor dicho, trato de ponerme en su camino. No es redituable esta búsqueda, por eso a veces vendo mis servicios al mejor postor —le trataba de explicar a F. (puedes pronunciarlo F (efe) o, efe punto, como desees) que cuando no había ideas frescas, era bueno escarbar en las ideas muertas, hurgar en sus facetas menos vistas, en los sueños rotos y otros centros de pesimismo igual de ponderables.

—Cuando no halles principios, busca cosas en derredor que estén llegando a su fin, enseguida te asaltaran las musas —le había dicho, no sabía entonces cuánto lo iba a lamentar.

Pero Fpunto, no tenía o deseaba tener un estilo, sino solo escribir un libro, aunque fuera de autoayuda; para el cual, había ensayado varios inicios, que eran como flechas tiradas sin mirar, esperando que hirieran un tema más bien por azar. No hizo blanco. Era una montaña de excremento literario formada por lugares comunes y citas de internet, que tratábamos de llevar a un estado publicable. Lo que Fpunto necesitaba era parar, y leer sin parar cinco años o más, y luego volver a intentar escribir; pero, de alguna manera me había hecho adicto a su dinero, y a veces caía en su juego por la sola promesa de salir a comer italiano. Mi punto débil es la pasta. Así, que luego de comer, nos pasábamos un par de horas de la noche intentando descifrar sus propios escritos. Tiempos hubo que creí vislumbrar el misterio de su mente, ahora una piadosa migraña me impide todo esfuerzo en esa materia.

El deseo le había nacido un domingo luego de un fútbol, según decía; y lamentablemente había quemado su propio nombre publicando a los 19 años su opera prima: “A gritos”. Un panfleto auto-glorificante y apestoso a plagio en imprenta Orfidial. 500 ejemplares que él mismo repartió disfrazado de terno y boina entre los estudiantes de Arte y Literatura de la Universidad Central. Al principio, los literatos, quienes nunca son suficientemente obsequiados se deshicieron en galas y aplausos. Ya nadie regala libros, decían. En cambio, los estudiantes de Arte nunca tienen suficiente material para leer y están ultra-sedientos de novedades. Así, lo hicieron invitado para la ceremonia de impostación de la medalla Fakegold.

Acudió, inmune a las señales evidentes de peligro. Hay circunstancias en que un autor no lee la trama de su vida. Acudió dispuesto a ser puesto en pedestal cual escultura. Totalmente naif, entre cuervos que le abrieron las puertas y derrocharon fotografías. La ceremonia era en una cancha… de tierra a la que llamaban anfiteatro. Le estrecharon la mano, los miembros del Escuadrón Suicida, uno por uno le fueron recitando pasajes de su propia obra, pero dichos con tal maldad que las hacían parecer idioteces absolutas. Perogrullescas, diríamos, y que denotaban una deseosa ansiedad de castigo. Alto castigo espiritual y físico. Pero, aunque no lo tocaron, y solo le gritaron y le tomaron más fotografías, aún le daban la mano, pero de manera despectiva, persecutiva, payasesca.

Así era como era el Escuadrón Suicida. Algunos los llamábamos los Malos Artistas. Había una fila de chicas que debían dar la mano al escritor, pero se notaba que estaban ahí en contra de su voluntad. Una a una, con cara de nauseas, lo saludaban. Entonces, dentro de ese ditirambo, con su mente y su ego destrozados, algo había despertado dentro de sí. Un Fpunto renovado y calculado, con una certeza demostrada a priori: la absoluta innecesaridad del trabajo que todos aquellos que allí se reunían. Los destruiría, los borraría del mapa cultural, los volvería guiñapos profesionales, que para eso tenía dinero de sobra.

No hizo nada de eso ni perdió el miedo a los artistas, solo salió corriendo aguantándose las lágrimas mientras el público del anfiteatro se meaba de la risa y tomaba fotografías. Toda una fiesta pánica. Todo un derroche de rollos de 36 … asa400. Sin embargo, cuando se escondió en las sombras, notó que nadie lo seguía, se quedó mirando qué sucedía a continuación. Ahora era inmune a las miradas hirientes de un minuto atrás. Todos estaban atentos mirando al siguiente invitado. Una vieja, sentada humildemente en una silla en el centro del anfiteatro, mientras él saboreaba su venganza y se imaginaba como la maltrataban; sin embargo, su indignación fue mayor al ver qué respeto y consideración mostraban a esa humilde mujer. El mismísimo Escuadrón Suicida la alimentó y le lavó los pies. Eso había sucedido hace 7 años. Durante los cuales, según recalca, se leyó toda la obra de Kiyosaki y Paulo Coello (aunque desde entonces el autor había publicado cuatro nuevos libros, por los cuales Fpunto se mostró admirado y a la vez feliz, aunque poco interesado), y también Dan Brown.

En realidad, Fpunto, era mi mejor amigo, o lo que sea que seamos los correctores para los escritores. La cosa es que nos dirigíamos siempre a eso de las diez pm, a comer menestras en la zona, y luego cerrábamos con cervezas en bares o clubes nocturnos… una certeza… cada puto día.

Le había hablado de Dan Brown a un desconocido, como si se trataran de cosas reales y comprobadas. Esta persona le admiraba, le tenía devoción, y no diremos su nombre, pero si diremos que teníamos una venta segura. Quizás le compraría dos ejemplares. Diremos de paso que desde entonces no dejaba de hablar jamás de Dan Brown, contento con dominar un tema que todos querían conocer rápidamente; pero cuando salió el Símbolo Perdido, su indignación fue tal, que dejó de hablar de aquello, y también de leer cualquier cosa. Había vuelto a su estado monosilábico de comentario deportivo. Le sugerí más de una vez que no dejara de leer, que era básico que descubriera una voz narrativa que le interesara, pero lo suyo era más visual, más popular, él aspiraba a que yo escribiera y corrigiera sus ideas y que además le permitiera publicarlas con su nombre. De momento no medí las consecuencias. A mí no me interesaba lo que pudiera pasar, pero quise jugarle una broma muy al estilo de Johnny Crawler. Le escribí diez cuentos, uno más imbécil que el otro, con la intención ulterior de que el autor fuera reconocido como un lelo, la publicación fue pan comido. Mil ejemplares pasta suave imprenta Ariskal 6000 dólares. Pvp: 5 dólares. Autor: Fpunto, o F. (efe) o fff o como quieran. Editor: Un servidor. Isbn:…

Para mi sorpresa, se volvió un superventas, es decir que vendió 800 ejemplares. Considerémoslo una pequeña victoria. Pedían la segunda parte, pues algunos cuentos por pereza iban a tener sus finales en un cuento a aparecer en el futuro, y con ese falso suspenso, había ganado casi mil seguidores. Mientras eso ocurría, reimprimimos el libro dos veces, se agotó de nuevo. Ya eran once mil ejemplares. Pvp: 15 dólares, pasta dura; en solo el primer año. Por eso, tuvimos que ponernos de acuerdo en la cuestión de las ganancias, cosa que nunca imaginamos. Quedamos ir a medias, pero que él pagara todo. Con eso en mente, me dediqué a escribir con toda la maldad posible, quise destruir su fama inmerecida, quise hacerlo pasar por lo que era y también a sus lectores, y escribí trece cuentos más. Todos interconectados a los finales de los cuentos del primer libro. Si, los finales ausentes. Doce se cerraban sobre sí mismos, y uno no. Escondido en el segundo tomo estaba el cuento que era puro finales. Su nombre: El Falso Mesías.

¡Qué hermosa estructura! Qué hermosa aporía. Un tema dibujado por los contornos de su ausencia. Un tema que no es sino la falta de un sí-mismo o un lenguaje que le permita llegar a ser; pero se limita gracias a lenguajes heterofónicos. Un acto de transferencia de los límites del lector hacia los finales ausentes que ocultaban las claves del tema.

Ni una vez había leído los textos del primero, pero antes de revisar por última vez el segundo, quise leerlo con atención. Era genial. Era sorprendente, y la secuela lo elevaba. Una lágrima ardió por mi mejilla al pensar que se me escapaba de las manos la gloria salida de mis palpos. Si puede ser un consuelo, diremos que Fpunto hizo buen uso de toda la fama, y de todos los espacios promocionales que se nos presentaron: Feria del Libro de Quito, de Guayaquil, de Cuenca, entrevistas en radios, en televisión, en periódicos, etc. Y ni una sola vez había metido la pata, descubriéndose como un impostor, sino que había dejado que los demás hablaran, y se había defendido con las palabras de cualquiera de ellos.

Cada jactancia suya era una puñalada para mí. Sabía que no lo soportaría. Decidí retirarme del negocio de negrura. Fpunto me suplicó que no lo hiciera, que renunciaba a todas las ganancias, pero que esperase un poco, solo hasta sacar el tercero.

—El tercero lo tendrás que escribir tú. Sácalo de tus geniales ideas que se te ocurren todo el tiempo. Lo cité.

Entonces para mi estupor respondió:

—Yo no quiero escribir, solo ser escritor. ¡Cuanto más quieres!

—Ándate a la mierda —le colgué.

Pero nuestro acuerdo no estaba tan mal, si se pensaba que el desgaste mediático de un escritor en vías a famoso debía ser un vía crucis, y una impedimenta tremenda. Sin embargo, cada autor se entregaría furioso de felicidad al circuito de ferias del libro: Frankfurt, México, Berlín, Barcelona, Marsella, Roma, etc. Si yo tuviera el control de mi obra y el control de mi vida, sería tal como ser libre. Libre a pesar de la libertad misma. Podría crear. Todo esto, tenía un grave punto débil: los mass media. No podía dejar suelto a Fpunto para que dijera o hiciera tonterías por su cuenta. Le escribí unas tarjetas con las respuestas de cajón, y con preguntas a quemarropa. Se daría gusto restregando su nuevo repertorio por las ciudades.

Poco a poco se fue haciendo presente un hueco en mis finanzas. No importa que tanto dinero generes, algo en ti (o en mi) no parece estar satisfecho. Se iba materializando la existencia del tercer libro. Al año de presentirlo, lo empecé a plasmar, cosa difícil.

Era una confesión en toda regla de mi identidad. Lo firmaría con nombre de Fpunto, para acentuar su falta de control en el proceso. Pero si había un libro, o dos, que Fpunto hubiera leído hasta la saciedad, eran sus libros, o sea mis libros, y se había contagiado del aura del fan, que deflectaba y torcía hacia sí mismo, en forma del aura del genio. Cuando le preguntaban por su nuevo libro, incluso adelantaba párrafos que coincidían exactamente con el tono de los anteriores, e inundaba las redes sociales con sus adelantos. Hasta que de alguna manera alguien en algún sitio, unió un collage de todos los adelantos y logró una aproximación al tema muy peculiar, pero interesante. El título del libro, por supuesto: Los Finales Ausentes. Parte tres. El fin.

A todo el mundo le encantaba el tercero. Quizá “auto-ayudezco” para mi gusto. Pero decidimos completarlo e imprimirlo por nuestra cuenta con una aclaración: el contenido del presente libro ha sido modificado para diferenciarlo de versiones piratas. Sin embargo, nos reservamos el derecho de publicar el verdadero final llamado: El Falso Mesías. Punto. Fpunto se entregó a la gira con denuedo y siendo –en parte– sus propias ideas las que defendía, esta vez, había perdido la natural elegancia del que no está implicado. Todo le afectaba, y parecía un maniático de la puntuación, ante lo cual sus víctimas (reporteros culturales y locutores de mass media) decidieron vetarlo un tiempo.

Mis sueños de venganza se volvieron superfluos, pues nuestra estrella en ascenso pareció implosionar en una entrevista televisada. La he repetido más de diez veces en YouTube, y la veré otras cien. Alguien consiguió una copia de su panfleto auto-glorificante. Argumento ante el cual Fpunto, demostró que estaba hecho de sal, y procedió a derrumbarse. Pudo mascullar que habían pasado años, que había leído mucho desde entonces, y que ahora nadie le ganaba en ortografía. La mejor parte del video es cuando deletrea: m-e-s-í-a-s. Seguramente recordaba nuestras charlas sobre el estilo y la lectura. ¿Es de Borges la frase acerca del olvido: el olvido es el único premio y el único castigo para el escritor? Espero que un día Fpunto se la encuentre en una de sus exhaustivas búsquedas de Google.

 

***

 

—Maravilloso, súper maduro, súper sincero. Pero muy largo —dijo el diablo.

—Gracias, ¿no vas a tachar nada?

—Ya estas grandecito para hacer tus finales… ¿no querías decir eso?

—Es que pensaba en nuestro acuerdo. El otro día lo recordé y no he podido volver a olvidar. Creo que fue por el zumbido de una avispa.

—La consciencia es su propio reloj despertador, no te asustes cuando suena de madrugada. ¿No te deja dormir?

—Estaba recordando a un amigo que murió hace poco. A veces trabajaba corrigiendo textos, aunque no siempre cobraba en dinero. Se conformaba con perder la conciencia ya con trago, o con lo que sea.

—Ah, el famosísimo Safari Joe. Se nota su voz en el cuento. Estamos preparando su ingreso a la sala VIP.

—Pensé que ya estaría en el infierno… ya sabes … por suicida. Me gustaría saber cómo está, y si es posible… decirle algo.

—Ojalá fuera difícil, mi querido Johnny. Después de la muerte, las almas demoran hasta la tercera parte de su vida terrenal antes de llegar a su destino. Esa parte de la muerte es como un intenso recordar, y muchos se redimen en el proceso. Por eso es muy posible escapar de la sala VIP. Más bien, trata con una tabla ouija, hazlo en una fecha o en un sitio importante para tu amigo.

—Voy a decirles a los chicos… si tienen tiempo.

—As you like it, boy. Por cierto, te quiero hablar de tus amigos, los testigos.

—No habrá un tercer adendum, olvídalo. Lo pasado pisado. He dicho.

—Son inútiles, idealizan a las mujeres y las espantan. Se miden en ellas y son evidentes. Les falta cierto misterio. Nunca alcanzaran ni diez amores a ese paso.

—No veo el problema. Tenemos al diablo de nuestra parte. Vuélvelos afortunados en el amor.

—¿Crees que no tengo nada importante que hacer? Además, los proteges con tu contrato. ¡No es de Dios!

—Son buenos chicos, solo necesitan una mano amiga. O, al menos, eso que tú llevas pegado al brazo.

—Puede que lo sean, en el fondo. Pero me estás metiendo en problemas con Lucifer, el Diablo, ¿Entendigichu?

Esa palabra hizo trizas una de las baldosas del piso, Johnny Crawler se paró aparte sin asustarse.

—No tengas miedo, recuerda nuestro puente. Estoy trabajando en una estructura que lo aguante, pero fíjate qué rápido cambia el mundo, y qué poco duran las palabras tal como las conocemos. Más fácil me resultaría construirte un río con todo ese movimiento.

—Googleaste a Heráclito ¿eh?

—Y a Gilgamesh. ¿Era uno de tus puentes?

—No, el puente de esa época se llamaba algo así como: “El orden de las palabras altera su sentido total”. Y era un libro de lo que entonces llamábamos Gramática. En esa época los textos no se escribían, sino que se acuñaban en barro. Bella época entre amigos. Pero caducó pronto, y tuvimos que dejar de lado la Gramática e inventar la Religión y luego la Ley.

—Leí que Gilgamesh fue a buscar a su amigo Enki muerto… en el infierno.

—¡Malditos sean los lectores! Y, ahora seguramente me pedirás lo que se pide en esta fecha y en estos lugares. Ajá, aquello que habrás leído del gran Agripa, cuando descifró la clave salomónica del templo Ierosolimaní.

—Exactamente —dijo Johnny Crawler y cayó por fin en la trampa del diablo, por lo que el diablo estuvo felicísimo y dicharachero, y dijo cosas de las que luego se arrepentiría.

—Iremos si me siguen el paso —dijo Zaza medio borracho de cerveza salió a la carrera cojeando por la calle Maldonado y antes de pisar el puente entró a la derecha y tocó de cierta manera las piedras del puente. Se asustó en verdad cuando nos vio pegados a su nuca aún pensando que nos había dejado atrás. Antes de entrar en el inframundo orinamos largo a los pies de esa loma que, en su cima, detrás de aquel muro reforzado, contiene un cementerio.

—Mmm, también desearía que dejen su huella en este contrato que he preparado y que contiene tan solo aquello que hemos hablado… a saber… buena suerte y mano izquierda con las mujeres… y cero memorias de este adendum… e incluimos a Safari Joe.

—¡Safari Joe! —gritaron el Gordo y el Chulo. Con los pelos de punta y los ojos de repente casi sin pupilas. Se estuvieron ahí queditos y congelados, quien sabe si por miedo, o por obra del diablo.

—Y ¿por qué no?

—ESO VA EN CONTRA DE…

—Mil mujeres Gordo, sin truco, sin hiel, sin memoria de este trato… sin consecuencias. Y no seria lo mismo sin Safari. Mil mujeres Luis… sin prejuicios, sin limites al deseo… y obviamente. Mil amores para Safari.

—¿A cambio de qué? No confíes en tus tratos con el demonio.

—¿Qué ganas con hablar de lo que no sabes? Deja que yo me encargue de esta cuenta. Para ustedes, tan solo el placer. Y para nuestro amigo, una nueva oportunidad.

—Safari Joe, nunca volví a tu tumba, discúlpame amigo, yo voto por tu regreso…

—También yo

—Y yo.

—Firmen aquí. Si, con orina si quieren, da igual.

Y otra vez, como descorriendo una cortina, cayó de la nada como fruto totalmente maduro Safari Joe, y se despatarrajó en el suelo vestido de traje y con una cuerda de nylon azul humeándole alrededor del cuello.

—Qué afortunado al escoger de nylon, amigo. De ser cáñamo…

—¡¡Safari!!

—Qué te pasó?

—Por qué lo hiciste?

—¿Qué he hecho? ¿Donde estamos? ¿Qué mierda pasa amigos, por qué no he merecido el consuelo de la muerte! Hola Zaza. ¡Safari Joe does it again!

—¡No te mates por Amara! —gritó saltándole al cuello el Chulo.

—…

—Lo sabemos todo Safari, menos el sentido de lo que te escribiste en el brazo.

—¿El qué?

Misteriosamente, el brazo no contenía ninguna inscripción. Todos miran al diablo… incluyendo Safari Joe.

—Deseaba comentarles que mi anterior jefa se llama precisamente Amara Rossi, y que, así como ustedes, en su momento fue dueña de un gran poder que circulaba desde mi hacia ella. Pero, su tiempo ha pasado, y ahora su alma no me sirve ni para destapar una botella de cerveza. Sin embargo, su cuerpo conserva la mayoría de los encantamientos que hicimos juntos alguna vez, pero no detenta poder alguno, mas allá de la cosmética.

—¿Por eso nos odia, solo por ti?

—Yo no diría eso… a Amara la puedes contratar, es una sicaria.

—Sacarina sicarina —dijo safari Joe. El Chulo se sonrió.

—¿Lo sabías?

—¿Lo aguantarías?

—¿Quién la ha contratado en contra nuestra… quien nos ama tanto? ¿Cuánto cuesta?

—Su antigua jefa, no los ama bien… pero sí muchísimo. Tres vacas.

—¡Tanto!

—No tienes idea, deja de llorar Gordo o te voy a cambiar el apodo a Magdalena.

—¡Safari Joe!

—Jajajaja, yo también los he extrañado. Johnny… no respondías a mis llamadas.

—…Lo siento…

—No importa, no hay solución …da igual… ¿Estamos todos muertos?

—Nadie ha muerto. Hemos sido invitados por nuestro siervo Zaza a una fiesta llena de amor y razones para quitarse esta soga del cuello.

—Eso dices porque no has probado las mieles de la sicarina…

—Lo he hecho amigo, perdóname.

—Entonces di… ¿cómo lo puedes aguantar?

—Luego te contaré… y podrás olvidar.

Ese “luego” se hizo esperar casi una semana felices como estaban los tres por su amigo recién revenido y contento como estaba Safari por esa nueva oportunidad… esa nueva culpa. También la Coneja quiso volver a ser Margarita y nos (me) perdonó. Nada de gloria, nada de pena, nada de nada sino tragos y risas por toda la Amazonas, como espectros salidos de épocas felices, eran seguidos atentamente por los ojos profundos de los extranjeros desde sus cuitas. Satisfecho Zaza cortaba ciertos hilos que ya no eran necesarios para sus tramas futuras. El quinteto que quedó en tres ahora era sexteto. Amara debería rendirse.

 

***

 

Mi Lucha

Parodia de un idilio bobo… que es parodia del amor por carta, que es parodia del amor virtual. Y contiene un cuento llamado “Mi Lucha”… pero que se trata de otra Lucha.. que también es mía.

 

 


Foto portada, fuente: https://pixabay.com/es/photos/pluma-escribir-papel-1743189/

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