Tabacos | Josette Burgaentzle

Josette Burgaentzle

 

Buenos Aires, abril del 2004

 

Maime:

 

Querida madre, te sorprenderá recibir la presente carta en lugar de uno de mis cortos correos electrónicos. Lo que estoy a punto de contarte es tan privado, tan doloroso, tan irreal, que he sentido la necesidad de escribirlo lentamente; examinando los recuerdos que invaden mi mente con cada frase que redacto. No quiero, por otra parte, que el contenido de esta carta sea leído por nadie más, ni siquiera por mi esposa, Elena. ¿Quién, aparte de ti, mi Maime, podría entender la locura que estoy viviendo? ¿Quién, si no tú, compartió conmigo los peores años de mi vida, trató de protegerme del sufrimiento y me apoyó incondicionalmente? Cuando hayas terminado de leer mi relato y hayas encontrado la fortaleza para seguir adelante, deberás explicarle a Elena por qué no voy a regresar.

Siento tanto cargar esta tarea sobre tus hombros, pero eres la única persona capaz de entender el suplicio que les esperan a mi esposa y a mi hijo que está por nacer, de ahora en adelante. El mismo tormento que vivimos hace años tú y yo. Por lo menos Elena sabrá la verdad. Y ahora, también tú, madre.

Como sabes de sobra, mi viaje a Buenos Aires estuvo cargado de esperanza y una dosis de vanidad. Había esperado con ansias asistir al Congreso de Cirujanos más importante de Latinoamérica y ser el orador más joven jamás invitado me llenaba de orgullo. Los colegas con quienes me encontré eran profesionales de altísimo nivel, el congreso superaba mis expectativas y la ciudad me enamoró con su arquitectura afrancesada, sus plazas y fuentes, y su aire de cultura. Todo parecía perfecto. Pero nada es realmente perfecto y yo ya debería saberlo, ¿verdad?

No habían pasado tres días desde mi llegada cuando lo vi. Yo estaba en un pequeño café en Palermo, bebiendo vino en compañía de un grupo de médicos; hablábamos con desenfado de las conferencias del día y disfrutábamos de la vista de Buenos Aires por la noche. Entonces, él apareció, caminó frente a nuestra mesa, se detuvo un segundo para mirarme fijamente y siguió su marcha.

En un principio, casi no lo reconocí. Habían pasado tantos años y estaba cambiado: sus facciones eran más duras, terriblemente angulosas, la piel del rostro se pegaba a sus huesos como pergamino a punto de romperse, y su cabello se había convertido en hilachas de color acero. Más que un anciano parecía el cascarón de un hombre, una envoltura vacía que se movía lentamente, impulsada por alguna fuerza interior. Cuando se paró junto a la mesa, con un cigarro a medio consumir colgando de la boca, todos hicimos silencio; una ventisca helada nos abrazó y un olor a cuero viejo, a carne en descomposición y a moho inundó el lugar. Nadie se movió o emitió ruido alguno, estábamos paralizados. Duró solo unos segundos; en cuanto el viejo se alejó, el grupo que me rodeaba volvió a la normalidad; bromearon sobre el efecto del vino, los personajes excéntricos que recorren la ciudad y los fantasmas que colman la noche.

Yo no. Yo seguí inmóvil. Yo había reconocido al anciano, cuando sus ojos se clavaron en los míos supe quién era. Lo habría sabido, aunque no hubiera visto esa mirada en mil años. Era papá. O aquello en lo que se había convertido. Porque esa figura delgada –de ojos anaranjados sin pupilas, labios tan secos que se descascarillaban y piel transparente– no era humana. Nada en él, ni su forma de moverse, como levitando, ni su mirada de fuego ni su olor putrefacto eran los de un ser con vida.

Era papá y no lo era.

Papá. El hombre que desapareció de nuestra vida hace más de quince años. ¿Cuántas noches pasamos en vela preguntándonos qué le había pasado? ¿Cuántos días, meses, años, te torturaste, Maime, preguntándote si estaba vivo? Nos volvimos sombríos, cerrados, desde el día en que papá simplemente no volvió a casa. No olvidamos nunca aquel martes cualquiera en que las horas pasaron una tras otra, inclementes, sin que él llegara. De la vida perfecta que una vez creímos tener, solo quedamos tú y yo, bañados en dolor y esperando una respuesta que no llegaría nunca.

Trabajaste como ninguna madre, o enfermera, que haya conocido; siempre haciendo turnos dobles en el hospital. Tuvimos que mudarnos con los abuelos para que pudieran cuidarme mientras tú luchabas, como una leona, para darme un mejor futuro. Y yo estudié sin descanso, sin pausas, para retribuir tu esfuerzo. Llenábamos cada minuto del día con labores para no tener tiempo de pensar, de llorar. En el colegio me llamaban “niño tabacos”, decían que mi padre salió un día a comprar cigarrillos y ya no volvió. Yo trataba de no escucharlos. ¿Recuerdas la expresión de lástima que tenía la gente cuando nos observaban? Yo no olvidaré jamás cómo levantabas la barbilla y seguías adelante. No olvidaré jamás que nuestras miradas perdieron su luz o que rezábamos por él todas las noches y todas las mañanas.

¡Rezábamos por él…! Si lo vieras, Maime, si vieras a la criatura monstruosa en la que se ha transformado.

Desde que me halló en el café lo he visto muchas veces. No pasa un día sin que aparezca, sin que surja de la nada, como materializándose en la atmósfera. No soy el único que lo ha observado, más de uno de mis colegas ha mencionado al espantoso anciano que parece rondarnos, al fantasma que nos hostiga. Los médicos no creen en apariciones, pero de tanto verlo algunos han empezado a dudar de su propia salud mental. Adonde vaya está él, rodeado de frío, penetrándome con la mirada, llamándome. El aire de la ciudad ha sido remplazado por el humo de su tabaco y los parques y plazas de Bueno Aires han quedado ensombrecidos por su aterradora presencia. No siempre se presenta con la misma imagen, aunque el tabaco no abandona nunca su boca; casi siempre es el viejo de nuestro primer encuentro, en otras ocasiones su apariencia es la del hombre que fue hace quince años, y últimamente ha empezado a parecerse a mí.

¡A parecerse a mí…! A una copia de mi persona, pero consumida, errante, sin alma.

La primera vez que me reconocí en él lo supe. Ha venido por mí. Esa cosa, ese ser que usa el cuerpo de mi padre como vestimenta y que me atormenta día tras día, ha venido por mí. No puedo pensar en nada más; no puedo dormir, comer o respirar sin sentir su presencia. La punta de su cigarro encendido me persigue en la oscuridad y su olor a muerte me asfixia. Ya no volveré a casa, no puedo llevarlo conmigo, no hacia ustedes. Tampoco creo que de haber querido volver, él me lo hubiera permitido, está más cerca cada día y pronto será lo único que exista para mí.

Te escribo con el último resto de conciencia que me queda. Debes saber, sobre todo debes saber, que papá no nos abandonó. Ya puedes desterrar la duda de tu corazón; el hombre que te amó, que construyó una vida contigo, el mismo hombre que me acunó en sus brazos, me leyó cuentos y acarició mi frente, no se marchó dejándonos a la deriva. Lo arrebataron de nuestro lado. Lo absorbió, lo poseyó, una criatura diabólica que no soy capaz de comprender.

Yo siempre creí que había fallecido, era preferible eso al desamparo. Si lo vieras ahora, madre, también tú lo preferirías muerto.

Maime… hace cuánto tiempo no te llamaba así, con aquel apodo de mis años infantiles. Hoy, al decirte adiós, vuelve a mi mente; seguramente porque al decirte adiós me gustaría acurrucarme en tu regazo y llorar como un niño pequeño. Hice todo lo que pude por ser un buen hijo, por darte el amor, el apoyo y la compañía que te hacían falta. Dile a Elena que traté de ser el mejor marido posible y que habría sido un buen padre. Tanto como lo fue papá mientras fue él.

¡Dile a Elena que no la abandoné!

Y si encuentras el valor para volver a rezar, Maime, reza para que yo no busque a mi hijo. Reza de mañana y de noche para que no llegue el día en que un ser despreciable y sin vida, cuyos ojos se consuman como llamas, que use el cuerpo de su padre como cáscara y que apeste a muerte, lo vaya a buscar.

 

 


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