Pablo Palacio y el narrador de “Un hombre muerto a puntapiés” | María Dolores Cabrera

María Dolores Cabrera

[Colaboración especial para Máquina Combinatoria]

 

Pablo Palacio (Foto: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/cultura/10/el-iv-simposio-sobre-pablo-palacio-iniciara-en-loja-el-19-de-octubre)

¿Quién es el protagonista del cuento “Un hombre muerto a puntapiés? ¿Quién narra, en primera persona, los hechos de esta historia netamente realista?

Ese enigma me inquieta quizás más que la misma historia del pobre hombre que muere en la calle, atacado por quien sabe quién y sin aparente razón.

Pablo Palacio, dibuja a su personaje narrador como un hombre obsesionado por investigar un crimen que, a primera vista, parece absurdo y sin sentido, y, por esta misma razón, este ser enigmático decide averiguarlo comprometiendo todo el potencial de su imaginación.

Cada lector, recrea una imagen propia de este personaje. Sin embargo, para todos está claro que este sujeto de mente recóndita y oscura juega a ser investigador y monta un escenario para eso, enciende una pipa para comenzar y escoge la inducción como método maravilloso.

¿Cómo y por qué Pablo Palacio lo crea, dándole un carácter tan pintoresco y misterioso? ¿De dónde saca la idea de inventarlo así? ¿De sí mismo, tal vez? ¿Quizás de sus propias incógnitas, de sus propias inquietudes, de sus propias confusiones mentales?

Pablo Palacio (1906-1947), un hombre con una historia propia muy particular. Hijo ilegítimo de una mujer que podía considerarse de alcurnia, Angelina Palacio, quien muere cuando él tenía apenas seis años; y de Agustín Costa, un hombre que jamás lo reconoció. Sabemos además que, cuando era aún muy niño, Palacio sufre un horrendo accidente, una caída estrepitosa, la misma que le causa múltiples heridas en la cabeza, lo cual se especula que pudo haber tenido relación con la enfermedad que sufrió más tarde y que lo llevó a la locura y a la muerte. Se piensa también que su mal pudo haber tenido origen en una sífilis que contrajo a través de una relación con una extranjera. Cuando apenas tiene 15 años,

Palacio, recibe su primer premio literario. Más tarde, ingresa a la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central del Ecuador, siendo un abogado brillante, excepcional y de extremada inteligencia. En esta misma Universidad, llega a ser maestro de filosofía, materia que, junto con el francés, estudia por su propia cuenta. Es, en este momento, donde cuaja su madurez literaria. Justamente en esta época, 1927, publica, entre otros, el cuento que tratamos “Un hombre muerto a puntapiés”. Luego, en 1932, Palacio es nombrado Subsecretario de Educación y Cultura. Fue un hombre muy convencido del socialismo y su literatura deja a un lado la manera en la que, hasta entonces, se había escrito.

Palacio es criticado por elegir, dentro de su literatura urbana, protagonistas patéticos en sus narraciones, personajes segregados de la sociedad como son los homosexuales, los dementes y las prostitutas que están expuestos, además, a la subjetividad pero que casi siempre manifiestan sentimientos encontrados y sin embargo, luego, en la literatura vanguardista, estos mismos seres, se vuelven personajes imprescindibles dentro de la literatura.

Palacio escribe en contra de la corriente y de la costumbre de su época. El narrador del cuento, quien habla en primera persona, siente enorme atracción por una noticia de un diario de la tarde y luego de leerla, manifiesta: “…Lo cierto es que reí a satisfacción ¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder…” Y luego: “¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que…”

Esta rara seducción no es común en una persona de rasgos “normales” y se presiente algo como una identificación personal entre los sentimientos del personaje narrador, con los del autor. Hay un palpable conflicto psicológico en el protagonista, pues se percibe un enorme placer al imaginar los detalles del crimen, algo como un morbo que produce un paradójico deleite, lo que llega a su clímax, al final de la obra describiendo los deliciosos sonidos de los puntapiés: “¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés! Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro…”. Y luego continúa con un placer indescriptible: “…como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz! Así: ¡Chaj! Con un gran espacio sabroso. ¡Chaj!”. Este ser sin nombre, pero sí con una definida identidad llega al punto de burlarse con encanto, de la misma víctima. (Dibuja, en la foto del difunto, un busto con rasgos de mujer y, además, le pone una aureola de santo sobre la cabeza) Recordemos que la víctima era “viciosa”.

En esta obra Palacio utiliza lo “real”, como la entrada frente a la cual se desarrolla todo un enredo mental tremendamente fantasioso y hasta delirante, diría yo. En “Un hombre muerto a puntapiés”, el relato periodístico que se publica en un diario de la tarde es algo común en los periódicos de la época, en una ciudad donde siempre ha habido y habrá miserias humanas. Es una situación real, urbana y común. De ahí, Palacio va desprendiendo situaciones en las que entran a escena lo controvertido y lo fantástico de la mente humana, porque intervienen el pánico frente a la muerte, el miedo del tipo que cree que va a ser atacado por un “vicioso” y el terror de éste mismo de ser agredido y de morir de una forma tan cruel y sádica. El morbo y el placer que esto produce en el narrador es lo que me inquieta de esta obra. La subjetividad de alucinar entra con la especulación del hombre para recrear los hechos y vanagloriarse con ellos, aun saliendo estos de su propia mente, de su propia imaginación. Inventa, sin límites, lo que quiere inventar porque simplemente lo necesita para su propia satisfacción.

El cuento se convierte, entonces, en algo que atrapa el interés del lector y lo obliga a continuar hasta el fin, a la vez que se crea una mezcla de incógnitas y confusiones entre los pensamientos del protagonista/narrador y los del propio autor.

Pablo Palacio, nos deja pocas obras en cuanto a número se refiere; pero en calidad, lleva a la literatura ecuatoriana a su momento cumbre, convirtiéndose en uno de los mejores y más talentosos escritores del país. En alguna parte leí que cuando leemos a Palacio, “nuestra inteligencia se pone a prueba” y, aunque su obra no haya sido extensa, nunca llegó a ser difundida como se lo merecía. Muchas veces se ha dicho que Palacio no estaba cuerdo. Sin embargo, sus obras no son desquiciadas, entonces nace la gran pregunta: ¿Dónde empieza la locura y donde termina la cordura? Si Pablo Palacio no estaba loco, ¿lo estaba el protagonista de la obra? Entonces, ¿estuvo perturbado mentalmente? ¿O solo fue un hombre que se debatía entre la tristeza, la frustración y el desamor? ¿Es precisamente eso lo que muestran en sus escritos? Habrá quien sostenga que no, que solo se trata de un maestro en el arte de escribir que utiliza este método para hacer una gran denuncia social en su época y nada más.

La obra de Palacio es indescriptible y hay que leerla con la mente muy abierta para entrar en ese mundo paradójico donde lo real descubre la maravilla de lo extravagante y compleja de la mente humana.

Como conclusión, el enigma de la relación autor/protagonista/narrador, es la inquietud que me ha movido escribir este ensayo. Palacio y su propia presencia dentro de las historias de sus obras, puede ser un hermoso tema de profunda investigación.

 


María Dolores Cabrera. (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica: posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado “Mas allá de la piel”. En el año 2010, nos entrega “De nuevo tus ojos”, un segundo libro, también de 12 cuentos y ahora, la autora nos invita a conocer la historia de su primera novela “Te regalo mi cordura”.

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