Los prodigios del doctor Moscorrofio | Juan León Mera

Juan León Mera

[Originalmente publicado en Revista de la Escuela de Literatura, no. 5, octubre de 1887; reproducido en Tijeretazos y plumadas, Madrid: Est. Tip. de Ricardo Fé, 1903, págs. 23-37)

 

Al Sr. Director de La Raza Latina.

En un número de su justamente acreditado periódico leí, no hace mucho, el curioso artículo “El Médico de la Muerte”.

El estupendo prodigio obrado por el sabio Doctor D. Tomás Cevallos, francamente sea dicho, no me causó ningún asombro, como tampoco sorprendió a los amigos que me oyeron en su la lectura.

Eso de abrir tanta boca al saber que el célebre médico peruano pegó y cosió al tronco una cabeza cortada, y luego infundió vida en aquel cuerpo de tan extraña manera remendado, bueno será para los que no sepan quien fue el Dr. Moscorrofio ni tengan noticia de los milagros que, por sus manos, obraba la ciencia médica.

Yo no vi ninguno, ni conocí a aquel rey del escalpelo y las drogas, a aquel semidiós que por un tris no fue adorado por la antigua sociedad quiteña.

¡Que le hubiera conocido yo infeliz, si tuve la desgracia de nacer algunos lustros después que él había fallecido!

Y desgracia tamaña fue también para Moscorrofio: si hubiese estado en el mundo siquiera unos dos años después que yo vine a la vida, a fe de quien soy que no se quedaba sin dos docenas de sonetos, siete y media odas y cinco y dos cuartos de romances, que no son granillo de anís. Pues ha de saber usted, señor mío, que yo poetizo a la moderna desde el vientre de mi madre, y mi primer vagido, cuando entre pañales y fajas me aprisionaban, fue un ditirambo elegiaco que encantó a la comadre y a todos los circunstantes.

Pero como conozco viejos muy formales y fidedignos, que cuando nombran al asombroso médico se descubren con veneración, a su testimonio me atengo con entera seguridad de conciencia. Ellos me han referido cosas que, ya lo he dicho, si se las compara con la del Médico de la Muerte, queda como una niñería: un chico rompió un juguete autómata, le pegó luego con goma o con oblea, le dio cuerda, siguió moviéndose, y acabada la historia. Este es el Dr. Cevallos, esta su obra.

No así el Dr. Moscorrofio. Atienda usted…

Pero me olvidaba de advertir una circunstancia de sumo interés: además de la tradición recogida de venerables labios, los efectos de la ciencia de este non plus ultra de los facultativos, los he visto, los estoy viendo, los ven todos mis compatriotas.

Ahora sí, vamos al caso.

Se susurraba ya que la ciencia del Dr. Moscorrofio se había elevado hasta un descubrimiento casi sobrenatural o, en otros términos, que lo sobrenatural había descendido hasta la ciencia, gracias a las cogitaciones y desvelos del Doctor. Pero éste, modesto como sabio y tan sabio cuanto modesto, se guardaba el secreto en el sancta sanctorum de su privilegiada cabeza. Muy mal hecho, pues al fin y al cabo vivía cuando este siglo, en que nada se calla, era ya mocetón y charlatancillo.

Sin embargo, el sabio no había contado con el poder de una muchacha bonita; poder de los poderes, que mil veces ha puesto las peras a cuatro hasta a los dioses, que no solo a los sabios, en achaques del corazón, idénticos a todos los demás mortales.

He aquí lo que pasó:

La belleza y gracia de la chica le cayeron al Doctor en medio del corazón como una lengua de fuego en alcohol. Claro está que se le inflamó la entraña como un Cotopaxi. Mas como a las veces la Naturaleza pone en sus criaturas más lindas los defectos que ni un amor por extremo ciego deja de advertir, tuvo el imperdonable capricho de dotar a la consabida chica con las orejas de la peor figura imaginable: era cada, una ni más ni menos que un caracol bocabajo, con el agudo vértice dos dedos, superior al nivel de las cejas.

¡Qué tormento para nuestro Esculapio! Y como era entendido asimismo en letras antiguas, y no se le podía echar punto en cosas mitológicas, ver a su amada, acordarse de Midas y ponerse mohíno, todo era a un tiempo.

El remedio de la tamaña desgracia estaba en sus manos. Sin embargo, el amor le hacía temer un mal resultado en el ensayo de su descubrimiento practicado en las aborrecidas orejas de su idolatrada bella.

Pero ¿qué hacer? ¡Diantre! eso de tener presente a Midas siempre que contempla a Venus; eso de que caiga precisamente una gota de acíbar en la almibarada copa de la ilusión, cuando más piensa embriagarse con ella, no es para tolerarlo por el Dr. Moscorrofio.

¡Malditas orejas!

Al cabo hubo de resolverse, no sin que muchos días pasase triste, inquieto y pálido. ¡El caso era tan grave!

La joven partió al campo. Se dijo que había enfermado y partió en seguida el Doctor.

Cuando éste volvió estaba radiante de contento.

Muy poco después regresó su ídolo. Pero ¡qué sorpresa para cuantos lo conocían! Había cambiado completamente de orejas: ya las tenía, bellísimas.

Sea que lo refiriese la agraciada muchacha, sea que el exceso de la alegría sacase algo al Doctor de la prisión de la modestia, volando se divulgó la pasmosa noticia de que el mejoramiento de las orejas era debido a un cambio que de ellas hizo el portentoso Moscorrofio.

La obra era perfecta; solo una amiga de la joven notó que en el alabastro de su cara disonaba algún tanto lo moreno de los nuevos miembros. Justo era el reparo: la criada que había consentido en la desigual permuta era bastante quemada por el sol ecuatorial. A ella también le sentaron mal los caracoles blancos.

Se me dirá que esta es una solemne simpleza comparada con la operación del Dr. Cevallos.

Paciencia. ¡Si no estoy más que en las primeras líneas del prólogo! Oiga usted:

El Dr. Moscorrofio cobró ánimo y llegó de grado en grado a lo sublime, a lo milagroso de su invento. Remendar manos y pies, brazos y piernas, sacar una o más costillas y sustituirlas con otras, todo eso era bicoca y no llamaba la atención.

Cierta vez una morena no estaba satisfecha con los ojos azules y chicos que Dios le diera; pues bien, ¿qué hizo mi Dr. Moscorrofio? Se los cambió con los negros y lindos ojos de la llama, el más ojón de los cuadrúpedos americanos. Esto sí ya no fue pelo de cochino.

Una beata tenía la lengua asaz dañada; el Doctor Moscorrofio se la arrancó de raíz y en su lugar le puso la lengua de un perro. Y como era muy bueno hasta con los animales, no quiso que el pobre dogo se perjudicase y antes que injertarle la lengua de la beata prefirió dejarle mudo.

Dentista famosísimo, habría obscurecido la estrella de más de un cambiamuelas de los Estados Unidos, pues quitaba y ponía mandíbulas enteras. Un caballero tenía la herramienta dental en lamentable ruina. ¡Qué parecía esa desdichada boca! La de un volcán que encierra trozos de rocas negras y carcomidas. El Dr. Moscorrofio estudió la configuración de ella, meditó un poco, vio que la única dentadura que podía convenirla era la de un puerco que aun armonizaría con el conjunto de la cara, y tas tas, en dos minutos se la puso. No he conocido al caballero; pero la operación fue tan maestra, que la Naturaleza misma la tuvo por buena, y las porcunas mandíbulas fueron transmitidas a hijos, nietos y biznietos del afortunado que primero las tuvo. Pregúntenmelo a mí que conozco más de dos docenas de ellos, que hoy comen y beben como todo buen hijo de su padre.

Pero también esto es nonada. Atención a lo bueno.

Es el 20 de enero de 1814. Llueve que es una gloria. Es un día de los más quiteños de este año en pañales, renacido como el Fénix, aunque no de sus cenizas sino de sus charcas y sus lodos.

Un caudaloso río de curiosos y curiosas, que desafía al río que barre las calles de la ciudad, va desapareciendo, como en un sumidero, en la entrada del Hospital de San Juan de Dios. Atáscase la gente entre la gente en patios y corredores de la espaciosa casa. Se han puesto mesas en hileras y sobre las mesas sillas que son ocupadas por la aristocracia. Los muchachos se trepan por los pilares. Los que no están en esas alturas sudan y se ahogan, como sucede siempre en el mundo. Los de baja estatura se ponen de puntillas y extienden los cuellos. Todos quisieran aumentar la luz de sus ojos para ver mejor y se los limpian con el revés de la mano.

No faltan muchos hombres de ciencia, ni aun sacerdotes y empleados atraídos por la curiosidad.

El Dr. Moscorrofio va a operar a una enferma; va a obrar un prodigio y no es cosa para ser malograda por ojos humanos.

Un pobre hombre yace tendido en su lecho. Va para siete años que padece un constante dolor de cabeza que le ha convertido la vida en un infierno.

La opinión de los médicos es disconforme y no hay a qué atenerse. Quizás tiene razón una venerable abuelita que, metiéndose como cualquier hija de Dios en la contienda de los facultativos, asegura que el dolor de cabeza de ese prójimo no es ninguna encefalitis, sino resultado evidente de los mil y más pensamientos pecaminosos que en ella habían germinado, crecido, madurado, y los más, convirtiéndose en hechos dignos de Judas.

Sea lo que fuere, sigamos.

El Dr. Moscorrofio había ofrecido dejar sano y bueno al enfermo. Se presenta en el hospital seguido de media docena de practicantes. Con ellos viene un borrico que aún no ha cumplido tres abriles. El infeliz no sabe lo que le aguarda.

Al paso del gran médico no hay quien conserve el sombrero en la cabeza ni quien no se incline.

Hay primero murmullo general de voces; después silencio profundo.

El paciente ha sido sacado a un corredor donde hay abundancia de luz y colocado en una poltrona.

Los practicantes obedecen con la rapidez del relámpago las órdenes del Maestro. Éste hace no sé qué maniobra y aplica un frasquito a las narices del enfermo, quien al punto queda sin sentido.

Un antiguo empleado del Santo Oficio de Lima, que por casualidad se halla presente, siente cierta comezón que le sube de los pies a la cabeza y va a dar unas voces; pero sea que se acordase que ya no era tiempo de quemar brujos, o por cualquier otro motivo, apresa la lengua entre los dientes y las voces se convierten en uno como suspiro que se le escapa a retazos de lo hondo del celoso corazón.

Entretanto, el Dr. Moscorrofio y dos de sus discípulos habían comenzado simultáneamente dos operaciones iguales: el primero aserraba la cabeza del hombre, los otros la del borrico.

La desdicha mayor era para esta infeliz criatura, a la cual no se puso cuidado de narcotizar, y padecía dolores terribles.

Ambas operaciones se terminaron a un mismo tiempo; pero el Doctor previno a sus practicantes que no se apresuraran a extraer los sesos del asno.

Moscorrofio tenía ya en sus manos los del hombre, aunque no enteros, pues la mayor parte estaban podridos y desbaratados. Los puso sobre una mesa y los examinó con un magnífico lente. En seguida trasladó el examen a lo interior del cráneo y a la media naranja que le servía de tapa, y primero con una cuchara, después con unas pinzas, luego con unos paños, limpió perfectamente uno y otro.

—Ahora sí —dijo—, a ver esos sesos.

Y los del pobre cuadrúpedo fueron trasladados a la obscura cavidad que habían dejado los del hombre.

Hubo un momento de gran susto, pues bien, por precipitación, bien por el temblor nervioso que le causaba tan estupenda operación, el practicante que extrajo la cerebral médula por poco no la deja caer y hacerse tortilla en el pavimento. Hasta el Doctor palideció.

Al fin colocada aquella masa en su nueva posada, la cubrió Moscorrofio con la cabelluda tapa, luego cosió los contornos con torzales de seda, los untó con no sé qué científico menjurje, ató encima una venda, hizo conducir al enfermo a su lecho, le aplicó otro frasquito a las narices, y con esto volvió en sí.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó el Doctor.

—Muy bien —contestó—. Sólo me queda en torno de la cabeza un dolorcillo como si me la hubiese apretado con una cuerda algo delgada. Pero no es gran cosa. ¡Gracias, señor Doctor! ¡Mil gracias!

Durante tal operación tan pasmosa nadie se movió ni respiró; el asombro fue profundo y general. Una vez terminada, el asombro se manifestó en un torrente de frases lisonjeras para el sabio médico; torrente que, vertido por más de dos mil bocas, no cabía en el recinto del Hospital y se desbordaba hasta por sobre los tejados. Hubo miles de palmoteos y vivas, pero ni un solo ¡bravo! porque no se usaba todavía esta exclamación por nuestra tierra de gente tan mansa y algo atrasada por entonces. Los ¡bravos! y los ¡hurras! pertenecen al progreso moderno.

El ex-inquisidor, eso sí, se desahogó en un círculo de amigos observando que, además de ser el hecho completamente extraño a las facultades de un cristiano, el Dr. Moscorrofio no había invocado ni una sola vez a Dios ni a la Virgen, ni aún a San Lucas, siendo el patrono de los médicos. No había que darle vuelta al reparo: era la purísima verdad. Mas el bueno del tal exempleado inquisitorial no calaba que el sol de la civilización moderna había madrugado a derramar sus luces en el alma del rey de los Galenos, del genio de la ciencia.

Un largo año en Quito, y aun fuera de Quito, no se habló de otra cosa que del cambio de sesos obrado por el Dr. Moscorrofio.

—Pero ¡cómo quedaría aquella cabeza! —se me dirá.

No puedo aseverar cosa alguna a este respecto; con todo, me inclino a creer que no quedaría mal, porque he conocido más de cuatro nietos del hombre de los sesos regenerados, que han obtenido grados y títulos, gozado reputación de doctos, se sentaron en nuestros Congresos y desempeñado otros altos destinos.

¿No he dicho que, aunque no he conocido al Doctor Moscorrofio ni presenciado sus portentos, he visto y estoy viendo los efectos de su ciencia?

En cuanto al borrico, sea porque el Doctor no puso gran cuidado en la parte, que le tocó de la operación, sea de pena de verse con sesos humanos que de nada le servían, no tardó en morirse.

Poco más de un año después hizo el Doctor otra ostentación de su poder, otra cuasi-diablura.

Un marido desafortunado se quejaba de que su esposa, bella como un lucero, tenía el corazón nada arreglado para la vida conyugal: corazón arisco, selvático, casi fiero.

—Creo —le dijo el Dr. Moscorrofio—, que pudiéramos remediar tamaño mal. ¿Consentiría usted en que sometiera yo a su cara mitad a la virtud de mi ciencia?

¡Vaya si no lo había de consentir! De mil amores.

Quedó resuelto que Moscorrofio haría una de las suyas y señaló día y hora.

La operación no se verificó a toda luz, como la de los sesos. Testigos de ella fueron tan solo, además del operante, el marido y un aprendiz de médico. Pero éste, que tenía algo más de lengua de lo que habría sido menester, lo reveló todo al día siguiente.

—¿Qué corazón quiere usted que le pongamos? —preguntó Moscorrofio al marido.

Como sucede siempre en los grandes males que exasperan y ahogan, el pobre hombre, mártir de años atrás, se fue al último extremo opuesto, y contestó sin vacilar:

—El corazón de una oveja.

—A la obra —añadió el Doctor é hizo el cambio con una destreza que… ¡si la hubiera visto el inquisidor!

Desde el día siguiente la mujer fue tan otra que apenas se la podía conocer: ¡Qué paciencia para todo! ¡Qué mansedumbre! ¡Qué dulzura!

—Usted la ha convertido en un ángel —le decían al Doctor y este se compadecía de los tontos que tan mal calificaban el cambio.

—La señora Fulana —decía otro—, es hoy un cordero: ¡Qué tal variar de genio! —y el doctor abría tamaños ojos en los que brillaba el contento de haber sido penetrada su obra.

Largo tiempo se disputó entre los sabios de Quito, y aún se consultó a los de otras partes, acerca de cuál era el corazón más a propósito para la mujer casada; había quien aprobaba el gusto del marido de la operada, o quien se decidía por la esposa animada, fogosa e inquieta, o quien buscaba un terno medio y a él se acomodaba. Si yo fuese sabio y hubiera vivido en esos tiempos, creo que habría dado cuatro papirotes al que se avino con el amor de un corazón ovejuno.

Lo único que se sacó en limpio, andando en el tiempo, fue una brillante prueba en favor de la teoría de que los hijos heredan principalmente las cualidades morales de la madre. Los de la dichosísima señora que cayó en manos del Dr. Moscorrofio han tenido todos buenos corazones, idénticos al de la madre; sin que esto haya sido obstáculo para que se distingan en el ejército y obtengan merecidos ascensos.

Largo por demás fuera el referir siquiera la centésima parte de los prodigios de nuestro gran médico. Con los referidos basta para probar que el Doctor D. Tomás Cevallos no era ni para descalzar al Dr. Moscorrofio.

Con todo, no se me ha de quedar en el tintero una cosa: he visto en algunos periódicos la noticia de la invención, no ya de la trasfusión de la sangre, sino de la leche. Esto es antiquísimo: el Doctor Moscorrofio lo hacía todos los días. Mas había observado que la leche tenía sus inconvenientes, porque podía convertirse en queso y obstruir las venas, y en su defecto empleaba el suero con éxito admirable.

Ya que de sangre hablamos, vaya por último (y de aquí sí que no paso), otra maravilla. Un joven enamorado como un diantre de una jovencita, hallaba para su matrimonio el grave inconveniente de la falta de no pocos quilates en su aristocracia.

—La sangre —decía el padre de la bella—, la sangre, ¡qué diablura!, un poco azul la de Fulanito, y no habría más que hacer sino entregarle mi hija, pues es, por lo demás, muchacho de muy buenas prendas.

Acudió el pretendiente al Dr. Moscorrofio (¡para qué acudían todos a él!) y de la noche a la mañana asomó con una sangre azul que competía con la de su novia. ¿Sabe usted lo que hizo el Judas del Doctor? Le introdujo en las venas una competente porción de añil disuelto en alcohol.

Al tercer día esas sangres color de cielo se unían al pie del altar y todavía viven entre nosotros algunas familias que se enorgullecen con harta justicia «de hallar su origen en tan noble tronco».

 

 


Juan León Mera Martínez. (Ambato, Ecuador, 1832 – id., 1894) Escritor ecuatoriano. Heredero y admirador del romanticismo francés, en particular de Chateaubriand, se le atribuye el papel de fundador de la crítica literaria en su país. Miembro del Partido Conservador, fue senador, gobernador en dos ocasiones y ministro del Tribunal de Cuentas. Fundó la Academia ecuatoriana y fomentó la conciencia literaria criollista. Esta preocupación por la cultura criolla se refleja en su Ojeada histórico-crítica sobre la poesía ecuatoriana (1868) y en una carta que dirigió al erudito español Menéndez Pelayo en 1883. Escribió la letra del himno nacional ecuatoriano, los versos de Melodías indígenas (1858) y la leyenda inca en verso La virgen del Sol (1861). Su obra más popular, Cumandá o un drama entre salvajes (1879), se inscribe en el género del melodrama y narra los amores frustrados de los hermanos indios Carlos y Cumandá, ignorantes de su parentesco. (Fuente: https://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/mera.htm)

3 comentarios en “Los prodigios del doctor Moscorrofio | Juan León Mera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s