La mirada de él | Carlos Enrique Saldívar

Carlos Enrique Saldívar

[Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú]

 

Roberto volteó hacia la calle Jesús Morales, donde vivía y, en ese preciso lapso, se topó con un hombre, quien no le despegó la mirada de encima.

El extraño sujeto vestía zapatos negros, un pantalón color cemento y un polo gris con líneas blancas (por los meses de calor).

Era las ocho y cinco de la noche.

El tipo se había quedado de pie contemplando cada uno de los pasos que daba Roberto. Sus ojos estaban bien abiertos, como si el otro se tratase de una aparición preternatural, de esas que algunas veces los veladores creen atisbar en los cementerios.

Roberto siguió su camino y pasó cerca del sujeto, el cual giró la cabeza y lo siguió con la mirada hasta que el hombre observado llegó a su casa y entró.

Qué raro, se dijo Roberto. ¿Por qué alguien lo vería de esa manera? ¿Se tratará de algún homosexual que se mostró prendado a primera vista de su belleza masculina? El observado era heterosexual, pero siempre le parecieron interesantes esas no ortodoxas orientaciones. Estaba cansado. Decidió no pensar más en el curioso incidente. Tampoco quiso contárselo a nadie, ni a sus padres ni hermanos. Aún tenía tiempo de leer un buen libro y salir de nuevo a las diez y veinticinco de la noche para recoger a su papá del negocio y cerrarlo.

A la primera actividad se dedicó hasta que llegó el momento de salir de su hogar otra vez, y ahí, de nuevo, se encontraba él, con su mirada de éxtasis. En la misma esquina que unía Jesús Morales con Belisario Suárez, avenida donde se encontraba el negocio del progenitor de Roberto. En esta oportunidad sintió un poco de miedo. Quizá se tratase de algún loco, se dijo, pues el observador no se movía de su sitio. No lo seguía y solamente se dedicaba a escrutarlo como un animal degollado repentinamente.

Roberto siguió su camino un tanto temeroso y se preguntó qué diría su padre cuando, en cinco minutos, regresaran por esa misma ruta y el observador se ubicara aún ahí.

No obstante, eso no ocurrió. Roberto fue al negocio de su padre, lo ayudó a cerrar, mientras vigilaba los alrededores (los asaltos habían aumentado en esa zona las últimas semanas) y no pudo otear a aquel que lo vislumbraba con tanto interés. Cuando caminaba con su papá el observador ya no se hallaba en el lugar donde había estado la primera vez. Esto tranquilizó a Roberto, quien se dijo que dos veces en un día eran más que suficientes.

Empero, no todo terminó ahí. Los días siguientes el fenómeno se repitió. Cada vez que Roberto salía, el observador se encontraba en la misma esquina (donde el mirado dedujo que el escrutador vivía) y lo atisbaba con las mismas ansias. Todo ocurría cuando Roberto caminaba solo, ya que había salido con sus hermanos y sus padres unas cuantas veces y nada fuera de lo normal había ocurrido. Era una situación preocupante, era como si el escrutador adivinara sus movimientos.

Así transcurrieron un par de semanas.

Hasta que, harto de ser mirado de una forma tan rara, Roberto decidió hablarle a su observador. Se acercó a él con lentitud y con una pose de afabilidad, con una sonrisa en los labios. El otro no hizo ningún movimiento, aunque por un instante pareció que iba a girarse o a retroceder, o que iba a irse. Pero no. No se movió del lugar desde donde veía el rostro de Roberto. Solo el rostro. Su mirada no bajaba hacia el tórax, abdomen u extremidades.

—Hola, me llamo Roberto. ¿Quién eres tú?

—Hola… yo… me llamo Ramón.

—Hace un día caluroso, ¿no?

—Sí, hace calor.

—Sobre todo para estar parado tanto tiempo en la calle, ¿no?

—Sí, sobre todo para estar en la calle, pero yo no estoy en la calle todo el tiempo, tengo un trabajo, tengo una vida, no pienses…

—No, no pienso nada. Disculpa. No me di a entender bien. Hablaba de nosotros. De que estamos aquí, de pie, conversando en plena calle. Y, aunque son las cinco de la tarde, hace un sol de mierda. No creas que lo dije porque suelo verte aquí parado a cada rato.

—Oh, te entendí mal, disculpa.

—¿Qué edad tienes, Ramón?

—¿Qué edad aparento?

—No sé, ¿cuarenta?

—Cuarenta y cuatro.

—Yo tengo treinta y seis. ¿Qué signo eres?

—Escorpio.

—Mira qué casualidad, yo también soy Escorpio.

—Quizá no sea una casualidad.

—¿Por qué lo dices?

—Por tu actitud, los escorpio no se andan por las ramas, son muy directos, honestos, dicen las cosas claras, aunque con un sentido de la elegancia y la sobriedad no carente de encanto. Además, poseen un gran carisma. No parece, pero en mis buenos instantes manejo la caballerosidad también, la alegría y el buen ánimo.

—¿Sabes qué caracteriza también a los escorpio?

—¿Qué?

—Su magnetismo personal y su intensa mirada. Es cierto, ja, ja, la vista aguileña de los escorpio no es ningún mito. Una mirada profunda. Una mirada fija.

—Eso lo había leído alguna vez, pero lo había olvidado.

—¿Por qué me miras tanto, Ramón?

—Me da vergüenza decirlo.

—Dime, me interesa saberlo. Sé que no representas ningún peligro y hasta intuyo que eres una buena persona, pero me has estado observando anonadado estas dos semanas.

—No pienses mal, por favor, no puedo evitarlo.

—¿Por qué no lo conversamos en otra parte? Te invito a comer.

—De acuerdo. Pero que sea en un lugar donde no haya ruido, ni radio ni televisión, ni mucha gente. Quizá en un café. Ahí te contaré qué es lo que pasa.

—Muy bien, conozco un sitio de esas características muy cerca de aquí, solo que ahí no expenden café, sino refrescos. Ya sabes, con este calor, que nos persigue aun de noche.

—Sí, un refresco sería lo ideal, vamos.

—Vamos.

No se dijeron nada durante el trayecto, aquello hizo sentir un poco incómodo a Roberto quien deseaba escuchar la historia de su observador. Ya en la cafetería, se acomodaron en un espacio alejado para evitar ser molestados. No pidieron refrescos, sino helados.

—Bueno, Ramón, ya estamos aquí, cuéntame, ¿por qué miras tanto?

—Ya te dije que me da un poco de vergüenza. Y es para mí un poco difícil decirlo. Para empezar, he de decirte que yo trabajo en casa, como corrector de estilo para varios editores. Sucede que cuando estoy en medio de mis labores cotidianas; no importa si es a la hora del desayuno, almuerzo o cena, siento unas ganas irrefrenables de salir y pararme en la esquina de mi casa, que se encuentra en la misma calle donde vives tú, en Jesús Morales, a tres cuadras de mi residencia, a una cuadra de Belisario Suárez, donde se ubica el negocio de tu papá, al frente, cruzando la avenida…

—Vaya, parece que sabes más de mí de lo que imaginaba.

—No es difícil saberlo, alguna vez he pasado por ahí y te he visto, aunque tú nunca te has percatado de mi presencia. Solo te das dado cuenta de que estoy ahí cuando has pasado por la esquina de mi casa y me has ampayado mirándote.

—No te preocupes, todo el barrio sabe que yo soy el hijo del dueño de aquel negocio. A veces, cuando regreso de trabajar, lo acompaño algunas horas, o le llevo su cena, luego lo ayudo a cerrar y nos regresamos juntos. Lo extraño es que nunca te he visto escrutándome cuando he andado acompañado por las calles.

—No he sentido necesidad de salir de mi casa y esperar en la esquina a que pasaras cuando caminabas con alguien. Es extraño, parece que el poder solo se manifiesta cuando estás en soledad. O, bueno, no sé si llamarlo «poder», digamos la estrambótica capacidad.

—Es extraordinario, es como si lo intuyeras. De un momento a otro, según me dices, dejas de hacer lo que realizas en ese instante…

—Así sea estar en el baño…

—Ahorrémonos esos detalles. Lo dejas todo para acomodarte en la esquina y mirarme.

—Sí, es como si mi única meta en la vida fuese observarte.

—¿Y por qué? ¿Por qué me miras tanto, Ramón?

—Porque en tu rostro se encuentra la verdad.

—¿Cómo que la verdad? Explícame eso.

—Antes de ser corrector de estilo, yo era fotógrafo artístico. Era muy bueno, incluso me gané un par de premios. También fotografiaba desnudos. Sin embargo, mi carrera se vino a pique cuando una modelo me acusó injustamente de acoso. Todo porque no le quise hacer caso en el plano romántico. ¿Se comprende lo que digo? Desde entonces dejé de mirar las cosas de una manera y comencé a verlas de otra. No he dejado de otear el mundo que me rodea, pero ya no tomo fotografías. Aunque no seguí la carrera de fotógrafo, me dediqué a lo que sí estudié en la universidad: lingüística, carrera que también me gusta. Mas, como digo, nunca he dejado de ver las cosas. De encontrar la perfección en los objetos que me rodean, de encontrar la verdad que tanto he buscado durante toda mi vida.

—¿Y en mi rostro se encuentra la verdad?

—Así es, nunca he visto una cara tan perfecta. Tu faz contiene todos los secretos del universo y el vislumbrarlo me hace querer descubrirlos.

—¿No hay ningún interés amoroso en todo esto, verdad?

—No, por supuesto que no. Todo es artístico, sublime, ¡créeme!

—Te creo. No negarás que hay un trasfondo mágico en todo esto. Me siento contento por lo que me dices, maravillado; lo que me has dicho es excepcional y lo acepto, pero ¿qué sigue a partir de ahora? No puedes verme siempre, en algún instante habrás de parar.

—Sí, solo quiero captar ese santiamén en el cual pueda ver el gran misterio de tu ser.

Y el momento se dio. Justo, cuando comían un trozo de helado sus ojos se encontraron y la cara, el cráneo entero de Roberto empezó a pelarse como la cáscara de una manzana. No se podía explicar: de los fragmentos de cabello, de piel que salían del observado empezó a emerger una luz muy brillante, tan potente que deslumbró a Ramón. En un breve lapso no quedó nada de la faz de Roberto, solo un resplandor sobrenatural.

El observador supo que ese era el instante perfecto, por el cual había esperado tanto. En ese espectacular momento Ramón también se iluminó y, por fin, sintió que había triunfado.

 


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Director de la revista Argonautas y del fanzine El Horla; miembro del comité editorial del fanzine Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010); y el relato El otro engendro (2012). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016) y Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018).

 


https://pixabay.com/es/photos/universo-magia-hombre-fotomontaje-2682017/

 

 

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