El inicio | Camila Téllez

Camila Téllez

 

Tengo 18 años, y esta es mi primera incursión en la política. Estoy como una oyente más en un auditorio lleno de personas que observan a los candidatos a presidente. Por el partido rosa está Thalia, una chica de 1,65, cabello negro, labios rojos, lentes, un traje negro y la postura de alguien que sabe que es atractiva. Por el partido azul está un muchacho que, como mejor bandera, tiene su capacidad de recitar, su delgadez y su arrogancia al sentirse superior que la “reinita”.

Llegué a este lugar a la mitad de la discusión, no entiendo mucho la consigna. Pero sin duda, el chico no va a dejar que su auditorio olvide que una “reinita” no puede ser presidenta. Por otro lado, Thalia, alias “la reinita” no deja de luchar por convencer a los demás de que es muy capaz. Aunque, en cada palabra solo deja claro el hecho de que su pasado le pesa. ¿Se cuestionará el haber participado como reina? Creería que sí, porque su nerviosismo se refleja en una necesidad incontrolable de arreglarse el vestido, de tocarse el cabello, sonreír en cada palabra, mirar al público y buscar un aplauso o un gesto que le de fuerza para seguir.

Por el otro lado, el arrogante se siente encantado, sus ademanes de triunfador me generan asco. Pero, al parecer el silencio y desdén del público para él son un bálsamo rejuvenecedor. Cada vez está más rozagante, más arrogante, tiene un discurso más efusivo y gestos de ganador. Ya se mira con la banda en el pecho, y su foto en la pared de ilustres. Su barra no deja de aplaudir y enloquecer en cada pausa que conscientemente deja para que sus fieles le recuerden lo especial que es. No han pasado ni diez minutos y ya me quiero ir. La política que esperaba y la que he encontrado me decepciona. Entre arrogantes y reinas, la disputa es injusta, ella por su físico y su pasado; el por su ego y su convicción de sapiencia.

El discurso no cambia, ahora mi interés está en la composición del auditorio, hay chicos y chicas de todas las edades, unos muy elegantes, con terno, asumo que son de semestres superiores, otras muy a la moda; unos pocos neófitos/as como yo, que nos vemos perdidos entre esta suma de pintorescas personalidades. Algunos callados y expectantes y, por supuesto, las barras, que claramente no tienen interés en el discurso, sino en convencer. Inclusive creo que buscan acallar las estupideces de su candidato o candidata con la bulla propia de quien solo quiere ganar.

¡Es suficiente! Creo que he aprendido todo lo que quería de política universitaria. He sacado mi conclusión. Esto es igual o peor que la disputa entre Abdalá y Nebot. Así de fácil me han decepcionado. Así de fácil se iba a acabar este cuento, saldría por la puerta y renegaría de mi error al querer aprender de política de un grupo de fanfarrones llenos de estereotipos. Voto nulo, cervecita nocturna, ahí te voy.

Pero, justo cuando me iba a levantar, sucedió. Era el turno de quienes serían los representantes de los alumnos ante las autoridades de la facultad. Justo lo que me faltaba, ahora la disputa sería entre el chico popular que era el mejor del curso y la chica que parecía que nunca había salido de los libros. Otro nuevo estereotipo en concurso. El chico, popular y querido por el público, aproximadamente 1,70, blanco, cabello negro, terno negro y corbata amarilla; la chica, aproximadamente de 1,50; saco cuello de tortuga color rojo, tez morena, cabello negro, sin maquillaje, con cara de cansancio.

Sin pensarlo mucho, tenía a mi ganador. Se notaba que a ella le encantaba estudiar, aunque parecía que se iba a perder detrás del podio. Iniciaría el debate el muchacho. Su discurso sonaba bien, parecía seguro de su triunfo, aparentaba ser la mejor opción. En mi caso, salir de la lucha inicial había reanimado mi interés; tanto que definitivamente me había olvidado de que quería salir corriendo de ese lugar en busca de unas cervezas para amenizar. Ahora tenía una nueva consigna, parecía que el chico me había convencido, los azules eran la opción. Sin embargo, por igualdad de armas, escucharía a la otra chica, la cerveza podía esperar.

La moderadora pidió que Alexandra, la chica pequeña se acercara al escenario. Ya desde ahí algo no cuadraba, cruzó la distancia entre su silla y el podio con la certeza de quien ha hecho esto muchas veces antes. Pero, como chiste del destino, el micrófono estaba muy arriba, iniciaba mal. La chica se tomó su tiempo para arreglar el micrófono y luego de esta pausa sucedió. Su voz y su fuerza eran únicas, no había timidez, no había duda, ella sabía para qué estaba ahí, todo lo que podía hacer, y también lo que no. En pocas palabras había desbaratado la exposición de su competidor, había mostrado su capacidad y, sin querer, me había cambiando la existencia de forma irremediable, aunque claro, ni ella ni yo lo sabíamos. Este era el inicio de su historia, de mi historia; la historia de lo que luego sería el cuento de una ofendida, una loca y una gil.

 

 


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