El hombre sin alas | María Cristina Dávila

María Cristina Dávila

 

La ciudad en blanco y negro se ve tan impasible como sus ojos vacíos perdidos en el tiempo. El asfalto brilla como un espejo negro de haces de luz roja, blanca y verde. Bajo el paso veloz, el agua se levanta como las olas de un mar sedicioso que ríe de los transeúntes. Y ahí estás tú, hombre sin alas. No sonríes, pero tampoco estás serio. No tienes frío ni calor. Solo vives un día a la vez. ¿Es acaso una forma de anarquía? Estás empapado y no sientes nada. El invierno anidó en tu corazón que bombea a sangre fría. Tus venas y arterias son afilados hilos de hielo que han traspasando tus órganos, han formando una trampa.

Un ave rapaz ha puesto sus ojos en ti, te mira y aguarda. Hábil, ajena y astuta estudia el momento en que va a descender. Confundes al ángel en el predador. La noche y la lluvia no le corresponden, pero se ha fijado en ti. Al volar el roce del viento agita sus entrañas hambrientas, quieren apresurar su ataque. Un giro, extiende sus alas casi verticales, sigue una corriente que la lleva mas allá. Está por encima de la tormenta. El cielo se ve tan calmo, que casi podría tocar la luna. El halcón peregrino se ha vuelto de plata y al llegar al punto más alto se detiene de placer, no sabe lo que es el miedo por eso se lanza incauto a la tierra. Las nubes le abren paso, la lluvia atrasada se vuelve cortante tratando de seguir su ritmo. El ave ansía su presa.

Suspendido entre estelas de colores, estás tu, hombre sin alas. El ave mira fijamente ya ha marcado el punto de impacto. Tu mirada es de acero, pero no la toca, ella es más veloz, en tu solapa izquierda algo brilla, ella ya sabe cual es su objetivo no tiene ojos para otro. Unos segundos más y te ha atravesado el pecho, no sientes dolor apenas te has tambaleado solo un puñado de plumas quedan suspendidas en el aire. El ave confundida se ve atrapada el gran salón azul vacío de tus costillas donde no hay un corazón que arrancar. Busca una salida, va a un lado, va al otro, sube, baja, pero es igual no hay arriba ni abajo en ese lugar. La temperatura sigue bajando, el espacio se contrae, el aire es casi inexistente y siente el primer pinchazo, son agujas de hielo afilado que vienen una tras otra por ella, sin piedad van atravesándola con maestría. La trampa se ha activado y una vez más el hombre sin alas se alimenta despiadado de su más grande anhelo. No es la primera, y tampoco será la última.

 

“Un hombre alado extraña la tierra” Gustavo Cerati

 

 

 


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