1001 chicas que debes conocer antes de morir (Fragmento) | Adrián Grimm

Adrián Grimm

 

Finta tras finta tras finta.

Frank Herbert

 

Para Roko…en pos del movimiento.

 

Silencioso, Zazelo miraba con sus ojos desiguales a un joven cabecigacho sentado a la sombra de la horrible visera de hormigón de la Recoleta. Décadas antes servía para esperar el bus; hoy sirve de mirador para las confiadas palomas. Cojeó sin hacer ruido y se sentó junto al Johnny mientras su corte de moscardones era engullida por las palomillas dueñas del cementerio. Iba a iniciar su rutina, cuando el joven se levantó y caminó cuesta abajo, hacia el puente, dispuesto a lanzarse al vacío, trazando a pasos lentos un fúnebre zigzag.

Pasos después… «Creí que estaba solo». Aunque revisó detrás, Johnny no encontró a nadie, pero cada pelo de su nuca detectaba una mirada. Puso la mano en la baranda que archivaba miles de pequeñas marcas y siglas hechas, ya con cincel, ya con pintura, ya con las uñas; como memoria de los destinos sellados allí. Aligeró un pie…. Y sintió en su hombro algo parecido a una mano y aunque miró y remiró no halló al dueño de ese peso en su hombro. Pero, literalmente hablando, como descorriendo una cortina, lo vio.

—Joven… ¿Me puede decir la hora?

—Es… la hora de la hora viejo pendejo.

—Parece más temprano… —continuó con manos elocuentes—, ahora no es tu hora ni aquí tu lugar, mi querido Johnny —respondió Zazelo poniendo un dedo sobre su reloj de bolsillo.

—Lárgate… o no respondo.

—¡Qué miedo! ¡Qué susto! ¡Dónde se habrá visto un enamorado que no invoque la sangre! ¿O que no busque en puentes y venenos el alivio para sus males? ¿Ah, Johnny? —dijo conmovido pero burlón.

—Vete que tengo que llevar a cabo algo importante: un pacto de muerte.

—¡Has oído que sobre los puentes se llevan a cabo los más importantes negocios y los mejores filtros amorosos! No te lances, vamos a hablar del amor…

La gente de los trolebuses veía en el puente a un joven furioso voceando y manoteando al aire.

—¿De qué amor me hablas cojo metido? —dijo, deshaciéndose de la mano del ser.

—Del dolor del amor, que pide amor a un recuerdo, a un fantasma; pues compadre.

—Esto es solo hastío de vivir. Es solo falta de fe.

—No, dolor se llama. ¿Dirás que no es eso lo que te trae aquí? —hizo pausa por una respuesta mientras acariciaba la baranda—. Solo un consejo: después del gusto viene el susto y también al revés. Todo da vueltas como notan los borrachos, pero al final todo cae donde debe caer, como notan las aceras. Es cuestión de tiempo y de oportunidad.

—El tiempo es la ilusión que nos provoca constatar cada mañana. Es ilusión, pues uno puede despertar de todo esto cuando quiera. ¿Verdad? Empiezo a saber quién eres.

—Ah, ya me reconociste —su mirada se transformó en un marchitador haz opaco.

—Sí, el alcahuete de la quebrada.

—Alcahuete, eso soy por seguro. Solo que mi puta es la fortuna, y mi negocio su trueque.

Johnny Crawler no soportaba tres cosas… principalmente: las promesas, las palomas y la palabra fortuna.

—“Fortuna” me ofreces, justo cuando ya no quiero vivir. Vade… retro…

—¡No lo digas! No lo digas aún —su boca seca y libidinosa esbozaba falsas y efímeras sonrisas.

—No te detendré, solo te quiero decir una cosa más: sé que tu camino no pasa por el río, más bien te veo lejos haciendo grandes cosas… provocando ideas. No sufriendo mal de amores por unos bellos ojos y unos rizos que siempre fueron de otro. Te aseguro que lo que tú no le pudiste dar, el otro se lo estará otorgando sin piedad, ni risas, ni amor. Pero, aún te puedes cobrar… si lo deseas.

—Das puñaladas certeras, patojo, sangro esperanza; dime más.

—Una persona como tú no necesita que le aclaren ciertas cosas. ¿Cierto? Has esperado por este encuentro en cada página que leías, en cada verso desechado, en cada mujer que te dijo: ¡No!

—Sí, te he llamado a veces, pero sé lo bastante de ti para nunca decirte: Maestro, como obligas a los que te aceptan una coma, Impostor. Te acompañaré ya que no tengo mejor opción. Seré una fría sombra, un testigo indiferente. Un Dante seré, siempre que tú seas a la vez Virgilio, las bestias, Caronte y el mismísimo inquilino del noveno círculo.

—Al final Todo será como tu corazón desea. Acompáñame poeta. Y llámame Zaza.

—Me gustaba más tu viejo nombre: Azazelo, era menos… cholo.

A cinco minutos subiendo del Machángara está la calle de la Ronda, nuevamente poblada de cantinas y bohemios. Entraron a un lugar oscuro y estrecho esquivando el inmenso rótulo. Las cuatro mesas estaban tan juntas que sentían hasta la sed de los vecinos. Invitó el diablo la primera ronda. Desde la silla de Johnny Crawler se alcanzaba a ver buena parte de la calle Maldonado, pero él no veía más que a los dedos de Zaza. Hablaron quedo, porque cuando llegaba la cerveza en jarro, el cojo soplaba la espuma sobre alguien … y provocaba voces.

—El cambio lo es todo. ¿Has oído de Heráclito? ¿No?

—Si… era un poeta.

—También lo era. Pero pensaba que nada se está quieto en el mundo. Que todo corre y cambia y lo único fijo es el cambio mismo. Todo río está bordeado por un paisaje cambiante… decía.

—¿Aún compras almas con esa moneda falsa? ¡Cambias los precios y ganas, el cambio es la clave de tu negocio, Amigo! Todo camino del mundo es un callejón sin salida. Cada camino nos lleva a la muerte y… todos los caminos conducen a Roma. ¡Ja! Siempre ganas.

—Hermoso, mi triste amigo. Pero eso que dices no es un camino en sí, solo una jaula hecha de ojos. Si te fijas… Baudelaire corre detrás de lo que Heráclito mira pasar. ¡Je! Tienes un enorme deseo de fama. El verdadero camino es el que te lleva a tus límites. Y llegando allí empiezas la obra que serás. Es como un nacer diario y difícil. Hay que romper una cáscara, una placenta, un cotiledón, a uno mismo. Lo dicho de la muerte lo han dicho las gentes que no saben renacer.

Hermoso. Pero si todo cambia, ¿De qué vale saber las cosas? Saberlas es amarlas, y estar atado a ellas. Hay algo que no cambia, algo que mantenemos bajo el pie.

—Saber… es una ilusión queridísima, es cierto. Pero, te confieso que tan solo los nombres quedan de las cosas humanas. Parpadearé y te habrás ido, y me quedará tu nombre en un libro. Como este río Machángara, como estos volcanes Pichinchas, solo nombres vacíos. Estas mismas calles; antes eran sitios de poder, un Axis Mundi… hoy son calles asfaltadas. El mundo cambia y te obliga a caminar. Cuando ves a donde estabas, en lugar de un secreto, ves debajo tuyo solo una sombra. Muévete y verás qué parte del mundo queda y cuál se esfuma.

—No te creo. Te conozco, sé como te mueves. Si me dices vamos… aquí me quedo.

—¿Qué sabes de mí? ¡Dudo que sepas algo de ti! Seguro hasta ignoras todo de tus antepasados Caranquis, e ignoras por qué motivo escoges mi puente entre otros… te podría contar tantas cosas…hasta de tus tatara-tatara abuelos… si pagas otra cerveza.

—Dale. Soy todo oídos.

Zaza sacó un tarot y formó cuatro líneas con sus cartas sobre la mesa. A medida que contaba su historia las volteaba. Señalaba con el dedo un atributo de una baraja y explicaba aquel mismo signo en otras cartas aledañas.

—Ajummm… Lo sabe el diablo, nadie más.

Carta.

«Que, bajo el puente del Machángara, ribera sur.

Carta.

«Reposa soterrado un antiguo sitio cayapa montado para ritos olvidados. Nadie usa más esta entrada al Ucu Paccha.

Carta.

«Nadie, excepto las almas de los que buscan esos lugares para morir.

Carta.

«Por algo los amantes se parecen a los puentes y a la muerte. Hay tantas clases de muertes como clases de amores, lugares a millardos, ocasiones…

Carta.

«Pero escoges un sitio emblemático como el puente del Machángara, cuya caída de 12 metros no es siempre mortal, cuando … toda la ciudad es puente; es puente y strada. Puentes cubiertos de pasos y puentes invisibles. Mira este castillo dibujado. Dice que, en una ciudad, en un puente, hay un cojo que te ofrece un trato: Un cambio de vida. Un salto…de fe. Vamos a hablar de ese antepasado tuyo… era buen tipo…

Carta.

«Había un cura, Fray Tommaso de Parma y su cuadrilla de diecisiete recios peones. En 1737 a punta de piedra y argamasa, emparedaron el secreto terror de San Francisco de Quito y las voces callaron.

Carta.

«Y acabaron los susurros. En quechua, en castilla, en caran en cayapa. Rezaban entre dientes navegando entre los idiomas. “Como truenos enterrados eran los sonidos, y se oyeron voces, pero no se supo qué cosas, decían”. No se sabría nunca.

Carta.

«Demoraron una luna en tapiar la entrada debajo del puente y, desde entonces, no se ha escuchado nada. Lo que haya sido que profería tales gruñidos se ahogó simplemente por falta de aire. Y, por si acaso, construyeron encima una capilla en honor de Fray Tommaso de Parma, “el cierra jetas del diablo”. Las ciudades ocupan siempre el espacio de otras ciudades. Debajo existen cavernas, ríos, cascadas y valles. Accidentes.

Carta.

«Eso, lo dedujo un tal Chusig, tu antepasado… Consignó en sus informes que los ruidos eran de agua que bajaba gorgoreando por frías rocas aflautadas. Este Chusig detenía a los letrados en la cuesta del Machángara, y sacaba de sus ropas una antigua botella silbato con cabeza de quinde.

Carta.

«Proponía analogías entre la botella y la cueva, pero nadie le escuchaba; ni los vivos que adoraban a su Fray Tommaso, ya beato, ni los muertos que disfrutaban del silbido de la botella, con el que cantaban una tonadita.

Carta.

«Cierto día Chusig había recibido un desplante de una mujer. Iba a usar el puente que sabemos, de la manera que imaginamos, pero lo salvó un cojo con palabras comprensivas.

Carta.

«Le regaló dos libros de leyes para iniciar su biblioteca (y limitar su imaginación) y aconsejó cambiar sus nombres por unos que la dama en cuestión no despreciase, nombres en los que ella pudiera ver reflejado su orgullo de antiguo linaje y fe cristiana.

Carta.

«Santa la Crux… Espejo.

Carta.

«Ríos de suciedad. Desaparecieron Espejo y los capariches. No quedando otro obstáculo, la ciudad reptó por la Colmena y engulló a la Magdalena. Un dominio anterior se ostentaba en la ciudad al sur del puente. Observa la pequeña planta que crece a espaldas del Mago. Mi carta preferida. ¿No pruebas tu cerveza?

Carta.

«Algo contaba los pasos, el peso, los días. Algo soterrado y silencioso, pero que escuchaba y vestía a veces pasos de viejo o de adolescente. Hacia el norte y de vuelta: esperando almas.

Carta.

«En un abrir y cerrar de ojos, logramos que se construyera una nueva ciudad no del todo ajena a las supersticiones del pasado y por eso más fácil de controlar, y con más almas que poseer. Reinábamos través de testaferros: recios cargadores de san Roque a quienes atemorizaba tan solo la sobriedad. Estos mantenían en vilo a la ciudad nueva más allá del Machángara y se los reconocía por sus apodos, puestos por el mismo demonio durante los aquelarres que dieron fama a la Ferroviaria alta. A estos les llamaba sus cognómenes. Él peor de todos era un tal Ochavo, otro de tus antepasados, nacido en familia humilde fue capitán de la ciudad lo que duró la guerra de los 4 días. Luego decayó, quién sabe si por artes oscuras o solo por peaje de tantos vicios.

Carta.

«Este Ochavo tuvo un amigo, o como dicen en otros lugares, un conocido. Un poeta llamado Caiza. El Maestro quería que se lo presentaran, pero Ochavo estaba tan consumido que su conocido lo esquivaba cada vez que iban a hablar de negocios. «Con ese nombre y esa lengua, podremos refundar varias repúblicas», pensaba en voz alta ante un Ochavo que era ya la fracción más pequeña de lo que las religiones llaman alma. Y, sin embargo, el poeta se les escapaba; sabía el diablo que, por culpa de Ochavo, pero insistía en emplearlo solo para demostrarle la inevitabilidad de ciertas pérdidas. Pérdidas que para mí… son ganancia… por el asunto de los puentes… como sabes.

Carta.

«Ganó el poeta, pero lo pagó con su vida… Ya que el diablo contaba con el misterioso magnetismo que ejercen los puentes sobre… “Mi reino andante y palpitante”: los desesperados y solitarios. Hoy no son pocos en la ciudad y cada cara nueva que cruza el puente trae ganas de saltar, de huir o de pelear.

Carta.

«En busca de su nombre todavía pena el alma de Caiza, borracha de olvido, midiendo a pasos estas calles, aún víctima de la venganza del Ochavo. Caiza, su alma, desconoce las claves que te voy a revelar.

Carta.

«Sobre los taludes originales hacían una ceremonia tus ancestros. Ascendían a pie bailando poseídos por esa monótona música. Al llegar a Cumandá, donde se juntaban las aguas del Placer y las de Tioc-tiuk empezaba el siguiente talud. La ceremonia no era la simple ascensión, sino el paso del talud de la luna, al del sol. Y ahicito, en la esquina, se desprendían de sus ropas y cambiaban su canción y seguían avanzando.

Carta.

«Caminar, moverse, pulular es el verdadero milagro, no el cumplir deseos. Todo tiende a la quietud cuando nadie sueña un cambio, eso cantaban».

Un albor se hizo en la mesa. Notaron que no quedaba más cerveza. El Johnny pidió otra ronda más. Al llegar, el diablo sopló su espuma sobre alguna cabeza. De nuevo susurraban.

—Supe de la “fortuna” que gozó hasta el final de su vida ese Chusig; no dudo que al final envidiara a Caiza. Sé lo que ofreces, y que sabes que no doy valor a lo que me pides…a cambio; por eso, como no tienes nada interesante que ofrecerme, te exijo la gloria y no la fortuna. Si el precio es elevado para ti, nos vemos allá donde me lleve el río.

—Adoro a los jóvenes decididos. Pero sábete que la gloria tiene un precio más elevado que una simple alma. A la gloria hay que subyugarla, despertarla en los que viven y en los que lo harán. Te propongo un trato diferente.

—A ver, miente.

—Ja, te puedo mostrar el camino, pero andarlo es cosa tuya. Cuando llegues a tu meta: ME LLAMAS Y ME PAGAS la deuda que ahora estás contrayendo.

—Trampa. Huelo a trampa, porque justo antes de conseguir la gloria, deberé morir, no me parece buen negocio.

—Malditos sean los lectores. Sabes que no tengo poder sobre el verbo, por eso necesito escritores que cada generación construyan un puente para transmitir mi ser, pero abusas de mi.

—No soy el único que salta de puente en puente.

—De tu generación te prefiero a ti, pero hay otros más baratos y mucho más bonitos.

Tenía la sospecha de que la cerveza le ponía palabras en la boca o quizás su interlocutor había alivianado de sus precauciones metafísicas, pero continuó hablando como si estuviera acostumbrado a vender su alma.

-Entonces lárgate, déjame morir; o dame lo que pido y solo eso. A cambio, te tenderé un tentaculado puente a todas las conciencias y los mundos por venir. Llenaré tu copa de palabras nuevas, para que las viertas por eones.

—Sopeso tu oferta, solo tengo una objeción: siendo yo quien Soy, debes ser tú el que acepte mi trato y no al revés.

—Es que tus tratos son pésimos señor Zazita. Prefiero tener solo una cosa en su totalidad que ansiar a tener miríadas de cosas imposibles. He sabido que así te hacías de las almas: por el deseo.

—Si, el ansia era un buen anzuelo hasta que apareció el divino Baudelaire y dejó yermo ese terreno. Desde entonces el mundo es las sobras de ese otro mundo. Je je je. Ahora todos tienen todo, ya nadie sabe como desear, todo se puede comprar. No me hagas recordar. Mejor dime: ¿A qué edad quieres morir? No puedes andar bajo la Marca de Fausto y no saber tu fecha de muerte o el modo. No saberlo te haría libre… y ya no lo eres.

—No me importa el tiempo. Quiero llegar a amar a 1000 mujeres bellas, ni resucitadas, ni enajenadas, ni indiferentes, ni en sueños, y luego morir.

Aquella mujer no lo vale… Sé oler las trampas Johnny Crawler, te lo he aprendido. Si no te enamoras nunca o huyes de ese tipo de mujer… jamás morirás. Mejor acordemos que te enamorarás 1000 veces sin saber que hemos hecho este trato. Cumplido lo cual, recordarás todo y me entregarás tu alma. Sin rechistar. Firmaremos una fe de mal.

—Es muy mal trato. Solo ofreces mil coitos y diez mil soledades. Cada amor sería una muerte, y seguramente no quiero morir mil veces. No soy tan valiente.

—Mmm… Si algo va mal, empezarás a recordar el trato y apareceré, además te permitiré tener un testigo. Alguien que de fe de tus logros. Y si deseas puedes cederle una o dos mujeres. A menos que elijas a alguien que no guste de este vicio.

—Plazo convenido. Pero quiero dos testigos. Y mientras muero, debes ser el mentor que ofreciste. Tendrás que guiarme a conseguir la gloria.

—Será difícil. Te explicaba que a la gloria hay que ganársela y yo solo tengo poder sobre la fortuna.

—¿Y eso? ¿Qué tiene de sacro la gloria?

— La Gloria, como lo indica su nombre, tiene mucho que ver con el Verbo. No usa puentes. Escoge lo que te puedo dar… —dijo el diablo poniendo su mano de dedos chuecos sobre el lugar donde los humanos tienen el corazón y ofreciendo la mano izquierda para cerrar el trato.

—No, no, no. Nada de fortuna que se lleve el viento de vuelta a tus arcas. Ayúdame a conseguir una gloria a mi medida.

—¿Y qué medida sería esa?

—La poesía.

—¿La qué…? Sábete que no hay camino más largo hacia “la Gloria.” Además, para conseguirla debes morir primero, ¿No prefieres la bachata o la política?

—Sí, estarían bien, por las mujeres… pero para esas empresas, no te necesito. Calculo que me llevaría poquísimo tiempo cumplir nuestro plazo. Además del posible daño a mi alma. Preferiría una gloria más pausada; ¿No se te ocurre nada?

—¿Estarás a la altura?

—¡Dime!

—¡La literatura! ¿No has pensado escribir una escato-crónica urbana o un libro de autoayuda? ¿O una saga amorosa juvenil?

—¿Crees que funcione? Hay mucha competencia, me desanima. Además, soy hombre: Mal signo en literatura. Y no sirvo para escribir en negro, ni odio o dudo de mi género.

—Así me gusta, por eso te requiero. Solo cambiarías de género literario, tienes límite. La nueva literatura escatológica… no te conviene, pero deberás ir con la moda. Anímate, antes ha funcionado para jóvenxs prometedorxs que van para ministrxs. Yo puedo ser tu corrector de estilo, editor y publicista.

—¿Y yo?

—Serás el nuevo prodigio de las palabras.

—Me gusta. Cuando empezamos.

—Yo solo te puedo guiar, decirte que puertas elegir; traspasarlas es tu trabajo, mi triste amigo.

—¿Y cómo lo hago?

—Primero, abandona aquí mismo toda esperanza. Olvida todo. Lo que sabías resultó inútil. Lo segundo es tener una voz narrativa propia. Puedes fracasar de nuevo buscándola por donde no está… o… el secreto de la honestidad. ¿Qué es lo que temes? ¿Qué es lo que escondes? ¿Qué te avergüenza? No te lo pienses y pronto escribirás con tu propia voz.

—Parece un test de revista del corazón.

—Tengo gente escribiendo esas revistas. Nos sirven para destruir las ansias literarias del sexo bello y …de algún mequetrefe; pero por ti, haremos que funcionen, al contrario: te descubrirás humano.

—Acaso no soy ya humano. ¿Me dices que soy algún animal?

—No, no. No. Peor que eso. Eres una nulidad. Tan poca cosa que todo se te escapa: las mujeres, por ejemplo. Cuando seas humano, nada te estará vedado. Y cada lucha que emprendas, la podrás ganar si actúas con valentía.

—Humano, entonces. Humano…

—Ve y escribe de algo que te avergüence. Mi querido humano. Vuelve con tu texto y hablaremos. Siempre estoy cerca del puente.

Ambos extendieron la mano izquierda, y la derecha la llevaron al lugar del pecho donde en algunas personas (no en ellos) late un corazón.

Otro prodigio que “nace”. Espero por su bien que pueda escribir él solo, ya estoy muy viejo para entrenar perros nuevos.

El cambio lo es todo. Cambio y metamorfosis, según dijo Safari Joe.

Tras ese suave apretón de manos, Johnny supo que algo había cambiado de dueño. Derrepente extrañó a sus amigos, pero siguió hurgando entre los restos de palabras que le hubiera gustado decir a Zaza, y cuando estas altas palabras se le derrumbaban, sentía en las vibraciones del suelo que se avecinaba un cuento:

 

La metramorfosis

Cierta mañana luego de un sueño inquieto Gregory Chusig despertó convertido en un guerrillero. Apenas abrió los ojos detectó con odio la colección de estampas que conservaba por pedido de su madre. Despachó primero al hermano Gregorio, su patrono, le siguieron al basurero San Antonio, San Martín de Porres y el arcángel Gabriel. También varias postales de crucifijos de Caspicara y otros santos apócrifos. Iba a escupir, pero un temor reverencial le hizo recoger las estampas y guardarlas en un libro. Luego escupió de todas formas, para expulsar la maledicencia que quedó en el … aire.

Conservó no supo por qué la Poderosa Mano, más por la herida que por los santos; se le antojó una alegoría de las luchas sociales y espirituales. Se dio cuenta de que no traía calcetines y faltaba poco para las seis de la mañana.

—Ese frío que empieza cuando acabas de acostumbrarte al frío que hubo.

Llenó una funda de basura con discos, revistas, cuadernos y chucherías costosas que compró años atrás solo con el fin de impresionar a las chicas de la U. Quiso arrojar los libros a la basura, pero solo encontró uno en su habitación y decidió dejarlo donde estaba. Salió muy contento a su balcón y encendió un cigarrillo, entonces sonó el despertador y Gregorio sumaba mentalmente a punto de seguir con su limpieza del mundo.

Casi sentía las bendiciones y rezos de su madre cayéndole en la coronilla, por eso salió a la calle y caminó hasta llegar a la iglesia del Tejar. La puerta principal estaba cerrada, pero una pequeña luz lateral mostraba un acceso. Dentro, el olor de velas le recordó aquello del opio del pueblo, caminó directo a un confesionario y, ya dentro, meditó y esperó. Pasaron horas, tal vez días, o unos quince minutos y entró un cura que monótonamente ofrecía cambiar penas por pecados.

—Perdóneme padre, pero no vine a confesarme, sino a hacer una declaración.

—Este no es sitio para declarar nada hijo, sino para reconocer. Recuerda que aquel que nos escucha ya sabe lo que vas a decir.

—De eso quiero hablarle padre. Creo que he tenido una epifanía.

—No todas las personas tienen epifanías hijo. Estas le ocurren solamente a quienes han pasado por un intenso trabajo espiritual, que los hace “ver” las cosas, unen todos los cabos sueltos de un modo radicalmente feliz.

—Pero no puedo negar lo que he visto, o sentido padre.

—La mente es engañosa, más aún en personas inteligentes y sensibles como tú, que pasan por momentos de duda y de ignorancia… pues todos somos ignorantes, ya que no entendemos la magnitud del amor de Dios.

—Eso no es así, padre. Las epifanías le suceden a cualquiera.

—A ver, explícame lo que piensas.

—No hay palabras… pero los moribundos unen toda una vida en su mente y logran un estado de claridad en la víspera de la muerte. O los alcohólicos, que tratan y tratan de dejar el trago por todos los medios, en sesiones, iglesias, clínicas; sin que eso les brinde luz. Pero en cuanto despiertan bañados en vómito ajeno, o golpeados o amnésicos, se dan cuenta de que han tocado fondo, y entonces les viene eso que llaman un momento de claridad. Se miran a sí mismos desde fuera, con perspectiva total. Su ojo espiritual se sale de su coronilla, ahí SE VEN. ¡No solo son espirituales las epifanías, Padre! ¿Usted bebe, Padre?

La mirada del cura se endureció.

—Lo mismo puedes decir de todos los que han tocado fondo, como si ese fuera el camino. Pero, existiendo la vía del amor, resulta que no es el único ni el mejor; no es nuevo que sentirte “solo” y “en el punto más alejado de Dios”, despierte la sensación de su ausencia y por eso volvemos la mirada hacia Él. Y también nuestros pasos.

—¿Usted tuvo alguna epifanía padre?

—No hijo, aun ninguna.

—Yo una. Uno solo puede adivinarla detrás de todas las ideas, un llamado material. Una imagen posible del mundo.

—Sin embargo, lo que experimentas es tu propia metamorfosis en adulto. Son tus ganas de aportar a la sociedad. A tu edad, muchos ya son padres y madres, van formando a su modo un pequeño mundo en cada una de las familias. ¿Lo habías pensado?

—Si, lo había pensado. Pero creo que es inútil perpetuar mi inconformismo en la siguiente generación. Prefiero las mujeres a la esposa y el fragor de la política al calor del hogar.

—Quizá deberías profundizar en los estudios antes de tomar una decisión apresurada. Recuerda que la política se nutre de jóvenes como tú, devora sueños e ideales, pero cuéntame, ¿cuál fue tu… experiencia?

—Ya le dije que no hay palabras, padre, pero lo intentaré. Sentí en la coronilla un objeto húmedo, cuando quise tocarlo, resultó ser una llamita. La mostré a mi mami y encendió una veladora que no se consume, aunque han pasado ya dos días. Quería poner en palabras lo que sentía, pero no las hallé. Quise dibujarlo entonces, pero no podía aclarar mi mente ante algo tan ilimitado. Solo supe, de alguna manera, que tendría que dedicar mi vida entera a explorar esa… experiencia. Y que el lugar mejor para hacerlo era la selva del Putumayo en Colombia.

—Pero ahí tienen sus cuarteles las FARC, hijo.

—Eso mismo. Se lo dije a mi madre y me dio de escobazos, hasta me lanzó una manzana del desayuno en el ojo… ¿lo puede ver? Eso me apagó la llamita y no pudimos volver a encenderla.

—Lo veo. Debes comprender a tu madre, solo quiere lo mejor para ti; algo distinto que la muerte a lo Che Guevara.

—La comprendo padre. La veo en sus pequeñas ideas acerca del mundo y la maldad, como una niña cobijada en su camita. Envuelta en sueños dulces y a larguísimo plazo sobre la felicidad terrenal.

—Veo que tu determinación es fuerte. Llévate mi rosario, como protección.

—Vine justo por algo parecido padre. Vendí mis cosas por dinero para el viaje, pero no pude deshacerme de… esto.

—¡Es un rosario! Y muy bonito, por cierto.

—Es de mi madre. Prométame que se lo va a entregar.

—Te lo prometo hijo mío. Apenas ella venga a misa se lo entregaré.

—Gracias padre.

—Ve con Dios y vuelve.

Pero, en la mente del cura ingresaron por la húmeda coronilla imágenes vívidas de violencia; concatenadas y futuras. Seguían los pasos de un joven guerrero cubierto de lluvia, de lodo, de mosquitos, de sangres. Cobrando su salario en manojos de un polvo fino repartido en bolsitas equivalentes a cien mil pesos colombianos. Las imágenes se turnaban con los quehaceres de una madre, buscando por años carta o noticia de un hijo. Más imágenes del joven profundizando su visión ayudado por el hambre y el calor. Y una imagen más difícil de transmitir: la culpa y la liberación fundidas en un solo ente que muchos encuentran un paso después de la muerte, pero ciertos seres iluminados… unos días antes.

Habiendo visto todo eso, juzgó inútil todo esfuerzo por entregar el rosario a la madre. Además, en su epifanía no se veía a la madre en ningún momento con ningún rosario. Sopesó dentro de su bolsillo la cadenita… unos 200 gramos de oro. Trazó mentalmente un itinerario para el lunes: iglesia-joyería-banco.

J. Crawler. Quito 2019.

 

***

Muy cómodo en la visera de la Recoleta, Zaza leyó de un tirón el manuscrito.

—¿Y qué te avergüenza?

—No poder sentir con fuerza.

—¿Sentir que cosa? Esto se trata de estilo, no de sentimentalidad. Déjame mostrarte.

—No es necesario que taches nada, en serio —Trata en vano de impedir los tachones y flechas que Zazelo hace apoyando el papel sobre su muslo izquierdo y escribiendo con su propia uña letras rojas de molde.

—Todo nuevo orden de las palabras altera el producto total.

—Lee ahora

—…

—¿Qué te pareció?

—Tienes razón. Ese solo cambio, lo cambió todo.

—Gracias, gracias. El cura tenia demasiado color, hablaba casi bien. Ahí se ve que tú nunca te has confesado. Recuerda que lo que sabe el diablo es más por viejo…

—¿Viejo como la Biblia?

—Tan viejo como la Girginaku de Asurbanipal.

…Asurbanipal. ¡Qué nombre! ¿Era poeta?

—También lo era… Oh, mi Girginaku llena de palabras inmortales en idiomas que ni yo recuerdo ya.

—Mmm, Girginaku… ¿Un harén?

—También lo era. Perdona si a veces divago. ¿El rosario es de verdad?

—Míralo.

-No lo saques, así me basta ¿Y qué más le has robado?

—A su hijo.

—Hijo mío, debes rezar un Ave María y un páter noster… serán tu salvoconducto.

—¿Ya perdonas pecados, torcido amigo?

—Déjame soñar… Ahora ve con tu madre, confiésalo todo y luego de eso… escribe algo que te atemorice y nos vemos aquí.

—Mmm …

—Y no olvides hacer leer tu manuscrito a muchas mujeres.

—Mmm …

Al salir a la calle, el cielo empezaba a llover sobre sus pecados. Esperaba sentirse lavado y caminó lentamente refugiándose a ratos en portales para revisar el celular, pero la redención no llegaba. Llegó antes a un ciber y entró ensuciando el piso embaldosado.

—Jefe, una máquina.

En redes mensajes de sus amigos.

11:25 Gordo: Te estuve llamando, no contestabas, mijo. ¿Vamos? ¿O no?

11:27 Cotton: Me duele el intestino. Creo que no voy.

11:27 Gordo: k vrg de Cotton. Si no vas a usar el intestino, no seas marica, jajajaja.

11:27 Gordo: Johnny… ¿tienes mis veinte dólares?…. confirma….

11:27 Gordo: C O N F I R M A A A A A

11:28 Gordo: Johoooooneeeeee

11:29 Cotton: Jajajajajaja

Medio rio también, cerró la ventana, y abrió su blog. Presentía un relato atemorizador.

 

Criptorquídea…

 

 


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