Verde limón | Josette Burgaentzle

Josette Burgaentzle

 

Anochece. Parpadean las primeras estrellas mientras yo continuo aquí parada, esperando que ocurra lo que tanto tiempo he deseado. Se levanta una brisa agradable y fresca que me impulsa a dejar de observar el edificio y a entrar en él.

—Ya verá el bullicio que se armó, actúan todos como locos —me dice Galo, el portero del inmueble, al tiempo que me acompaña adentro.

En cuanto me vio llegar, salió a la calle y, sin ningún preámbulo, me puso al tanto de la desgracia acontecida esta misma tarde a la familia González.

—Sí, señorita, están correteando como gallinas sin cabeza, de un lado a otro, y molestando al resto de condóminos con el ruido.

—Entonces, ¿era verdad? —pregunto deteniéndome para oprimir el botón del ascensor—. ¿Mamá Rosario tuvo razón todo este tiempo? Pobre, nadie le creía.

Desde el tercer piso llega un murmullo de voces, cada una con tono más incrédulo que la otra.

—Nadie. Pero ¿quién podía imaginarse semejante barbaridad, señorita Marina? —recalca Galo, socarrón. Para ser un hombre viejo disfruta bastante con los cuentos y correrías de los habitantes de aquella residencia de clase media—. Y lo peor de todo es…

El resto de su discurso se pierde mientras las puertas del elevador se cierran y el guardia se queda en el vestíbulo, saboreando la extravagante situación. En la intimidad del ascensor, y resguardada por sus cuatro paredes, me doy el lujo de sonreír. Sí, Mamá Rosario tuvo razón. Su sobrina y el vecino… Contengo mi alegría y relajo los músculos de las mejillas, no es correcto llegar al departamento con expresión de júbilo. Al fin y al cabo, no soy más que una empleada y es mi obligación demostrar respeto.

En realidad, mi felicidad no se debe a un gusto morboso por entrometerme en la vida ajena, como Galo, ni a un sentimiento de aversión hacia mis empleadores. Es, pura y llanamente, una expresión de alivio. Desde la primera noche que trabajé con las señoritas González, Paulina fue un dolor de cabeza.

Cuatro meses atrás, respondí a un anuncio del periódico que solicitaba personal para cuidar por las noches a una mujer de edad avanzada que padecía demencia senil. Me había animado a buscar el empleo porque la labor me daba oportunidad de estudiar de cerca el tema del cual trata mi tesis de grado. En Mamá Rosario –como llaman sus sobrinas a la pobre anciana– encontré un ejemplo viviente del síndrome sicológico que provoca, en algunas personas, la pérdida de capacidades mentales con el paso de los años. A pesar de no ser enfermera, las señoritas González me contrataron enseguida; tan desesperadas estaban por obtener ayuda.

Así me incorporé a la vida de la González.

Las tres mujeres con quienes comparto mis noches parecen personajes arrancados de las páginas de una novela de realismo mágico. La enfermedad de Mamá Rosario la ha convertido prácticamente en una niña; yo paso mis noches convenciéndola de no llamar a gritos, en un idioma imaginario, a los ratones del patio trasero del edificio; o evitando que robe el maquillaje de Paulina para disfrazarse como un personaje de dibujos animados.

La señorita Alexandra, la sobrina de Mamá Rosario, es una cincuentona delgada que domina varios idiomas y trabaja en casa. Se pasa el día traduciendo documentos para grandes empresas, pegada a un ordenador portátil, y vigilando a su tía. Su carácter afable se ha visto perjudicado por las manías que ha ido adquiriendo con los años y que la dominan por completo. No come nada que haya sido envasado en empaques plásticos; no calienta jamás los alimentos en el horno microondas, pues está convencida de que la energía que emite mancha la piel; y nunca sale de casa si puede evitarlo, ya que tiene fobia a los grupos numerosos de gente.

Me recibe cada noche con la cena preparada, para mi paciente y para mí, y se marcha a su habitación con el rostro entristecido por oscuras ojeras.

Paulina, la hermana menor de la señorita Alexandra, es la personificación de la inmadurez. Para ella, mi presencia significa la oportunidad de salir cada noche y volver al día siguiente con la cabeza llena de música y relatos sobre hombres apuestos. Más que una mujer de treinta y ocho años, actúa como una adolescente que encontró en mí un cómplice para sus aventuras. Yo, que ni siquiera en la juventud fui extrovertida, y que a los veintitrés años estoy centrada exclusivamente en graduarme, paso las madrugadas tratando de evitar su compañía.

La atolondrada mujer parece no entender que yo vengo para atender a su tía; ella pretende que me convirtiera en su consejera y doncella personal. Ya es suficientemente duro tener un empleo durante las noches y cursar el último semestre de sicología durante el día; no necesito una nueva “amiga” que revolotee a mi alrededor hablando sin parar, pidiéndome que la ayude a embellecerse para salir, mientras yo cuido de una octogenaria, que desvaría un día sí, un día no.

Si me he quedado al cuidado de la paciente es porque Mamá Rosario es, a pesar de su condición, una persona encantadora: llena de vida y de anécdotas divertidas —reales o inventadas—. Además, con unas pocas palabras dulces y unos cuantos chocolates, logro controlar fácilmente sus “travesuras”.

De existir justicia en el departamento de las González, Paulina ayudaría a su hermana a manejar la casa y la relevaría en el cuidado de la anciana durante las noches. Pero justicia es lo último que encontré cuando me uní a la vida nocturna de la familia, en la vivienda de dos dormitorios donde nos agolpamos cuatro mujeres solitarias de cuatro generaciones distintas. Yo, compartiendo la habitación con Mamá Rosario y sus disparates y la señorita Alexandra siendo importunada al amanecer por la llegada de su hermana menor.

Las semanas pasadas han resultado más difíciles de sobrellevar, ya que Mamá Rosario se ha dedicado a pasear desnuda recitando un monólogo enloquecido. Anoche, aprovechando que yo me había quedado dormida, la infortunada salió del departamento, vestida solamente con unas pantuflas de peluche en forma de gato, y marchó por los pasillos del edificio repitiendo la misma cantaleta sin cansarse.

—El abogado… el abogado… se la llevará —canturreaba con tono infantil, al tiempo que sus grisáceos cabellos se mecían por la carrera—… se la llevará a vivir en un verde limón… a mi sobrina, se la llevará… —en un revoltijo de palabras sin sentido, incluía a su sobrina y al vecino de enfrente entre los versos de una vieja canción infantil. Daba saltitos, encendiendo las luces, mientras su envejecida carne se bamboleaba de forma grotesca.

Galo y yo tuvimos que darle caza, siguiendo el sonido de su voz y la de los vecinos, que empezaban a despertarse y a salir al corredor con ojos desorbitados.

—El abogado… —repitió Mamá Rosario cuando finalmente el guardia y yo pudimos conducirla, cubierta con una cobija, de vuelta a casa—. ¿No lo sabes, buena Marina? Mi sobrina pronto partirá lejos, muy lejos…

Volvimos a su habitación en silencio; la señorita Alexandra debía de haber estado tan cansada que el alboroto no la despertó; y Paulina, la incorregible Paulina, se había ido de fiesta y no regresaría hasta que los pájaros cantaran al alba.

Cuando Mamá Rosario se quedó dormida, después de mucha insistencia y persuasión de mi parte, Galo me acompañó a hacer guardia en la puerta principal del departamento. Compartimos un cigarro, seguros de que a esa hora no molestaríamos a nadie, y conversamos en susurros.

—Es de no creer, señorita —dijo el portero, entre bocanadas de humo—, que gente tan decente acabe así. Llevo trabajando casi veinte años aquí, veinte años observando a las señoritas González. Conozco su historia tan bien como ellas mismas.

Había perdido la esperanza de descansar hasta las siete de la mañana, hora en que terminaba mi horario laboral, y agradecía la ayuda de Galo; así que me acurruqué contra el umbral de la puerta y me dispuse a escucharlo.

—La señorita Rosario las crio, ¿sabe usted? Ella nunca se casó (al igual que doña Alexandra), por eso, cuando los hijos de su único hermano quedaron huérfanos de madre, la señorita Rosario se mudó con ellos. Y eran una familia numerosa: seis hijos y un viudo; imagínese usted. Cuando el menor se graduó de la universidad, la señorita Rosario compró este departamento y se mudo aquí. Alguna vez escuché comentar que el hermano le había ayudado a pagar por el piso, pero yo no podría asegurarlo.

«Esa parte de sus vidas, la más antigua, me la han contado las señoritas. De lo que sí fui testigo, es de cómo acabaron viviendo todas juntas. Hace tres años, más o menos, el sobrino mayor de la señorita Rosario (ese Ernesto que usted conoció una vez y que no viene casi nunca) llegó con un médico, y se pasaron una mañana entera hablando con ella. A los pocos días, Doña Alexandra apareció aquí con dos maletas y se instaló en la habitación libre. “Mamá Rosario está enferma —me explicó—, su cerebro ya no funciona bien. De ahora en adelante, viviré con ella.”

«Apenas cinco meses después, la niña Paulina se les unió. No venía a ayudar a la hermana, ya ve usted, señorita Marina, que además de dormir durante el día y salir por las noches, la muy guapa no colabora en nada; lo de ella fue por conveniencia. Se había vuelto a divorciar: era la tercera vez, los matrimonios le duran a ella menos que a usted un semestre de estudio. Menos mal, como dice Doña Alexandra, no pudo tener hijos; si no, tendríamos un desfile de padres recogiendo a sus respectivos retoños todos los domingos…»

Una carcajada se mezcló en mi garganta con el humo del cigarro; me imaginé a los exmaridos de Paulina timbrando, uno tras otro, y a ella sacando niños del pequeño apartamento, como un mago que extrae conejos de su sobrero. Galo no me escuchó, estaba absorto en su relato.

—En fin, acabaron las tres viviendo juntas; una chocheando, otra trabajando sin descanso y la última estorbando. La niña Paulina no puede vivir sin compañía, dice que le teme a la soledad. Yo creo que está enferma de la cabeza. Como también dice Doña Alexandra, tener miedo a vivir sola, a los treinta y ocho años, y meterse en un departamento donde no hay espacio suficiente, solo para molestar a los demás, es estar tan loca como la pobre señorita Rosario.

«Y allí están, una sobre otra, sin espacio ni para respirar. Como si fuera poco, ahora las visita el abogado. —Galo levantó el mentón, señalando el departamento al otro lado del pasillo—. Usted debe de haberlo visto alguna noche, un señorón alto de ojos muy negros, de la misma edad de la niña Paulina. Toma café con ellas antes de que usted llegue, señorita Marina, y se la pasa coqueteando con la muchacha. ¡Claro, lo único que le falta a la muy guapa es un cuarto marido! Debe de ser por eso que ahora la viejita está obsesionada con un supuesto “romance”, y anda cantando tonterías de arriba abajo».

¡Tonterías! Eso pensábamos, pero Mamá Rosario, en medio de sus delirios, había visto aquello que al resto de nosotros nos pasó por alto.

Esta noche, a mi llegada, Galo tardó más en saludarme que en contarme que unas horas antes, contra todo pronóstico, la sobrina de la buena mujer había dejado el edificio en compañía del famoso abogado; y, como un par de jovenzuelos, se habían fugado.

¡Qué historia!

Es demasiado para comprenderlo todo en un viaje de ascensor. Me recuerdo a mí misma que debo disimular el agrado que me causa haberme librado de Paulina, un sueño hecho realidad, y adopto una expresión seria antes de entrar en el departamento.

Lo que encuentro al abrir la puerta me deja sin aliento.

Paulina, la mismísima Paulina, solloza abrazada a su hermano Ernesto. Sus voces se mezclan en un coro lastimero y confuso; después de un momento observándolos, comprendo que se quejan por la desaparición de Alexandra.

¡El abogado se llevó a Alexandra! ¡A Alexandra!

Es lo que Galo quiso contarme antes de que las puertas del elevador nos separan; es, sin duda, lo mejor del relato. La cincuentona abnegada, que cumplía con la labor que les habría correspondido a todos sus egoístas hermanos, y que nunca se casó, lo ha dejado todo por un hombre quince años menor. La turbada mente de Mamá Rosario fue la única capaz de concebir que el vecino de enfrente se había enamorado del carácter serio de Alexandra, y no de la irreverente juventud de Paulina.

Volverán, por su puesto. Al menos eso dijo Galo: que, tras una larga vacación, el abogado y la sobrina de Mamá Rosario —aún no puedo creer que se trate de Alexandra— regresarán para vivir juntos en el piso de él. Volverán, pero Alexandra nunca más será la sobrina que se sacrifica ni la hermana que permite que abusen de ella.

Suelto una carcajada, sin poder evitarlo, cuando distingo a Mamá Rosario en un rincón de la cocina estilo americano. Recita su alterada canción infantil, mientras echa hojas de periódico, en lugar de col, en una hirviente cacerola de sopa.

—Él se llevó a la pájara pinta… la pájara pinta, sentada en un verde limón…

 

 


Foto tomada de: https://pixabay.com/photos/hand-woman-adult-hands-elderly-3667030/

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