Totalitarismo futurista: leyendo “El cuento de la criada” de Atwood | Iván Rodrigo Mendizábal

Iván Rodrigo Mendizábal

 

Portada del libro de Margaret Atwood, “El cuento de la criada”.

El cuento de la criada (Salamandra, 2017) es una novela distópica escrita en 1985 por Margaret Atwood. Esta obra ya fue publicada anteriormente en otras editoriales (Seix Barral, Bruguera, Ediciones B…) y volvió al mundo de lectores de la ciencia ficción con una nueva presentación. ¿Cuál es la importancia de esta novela? La actualidad de la misma, dado que podría aludir a ciertos fenómenos contemporáneos: el integrismo islámico que avasalla la presencia de la mujer; la transformación política de algunas sociedades, en principio democráticas, en regímenes totalitarios; el machismo legitimado por las instituciones sociales que, en muchos casos, derivan en oprobiosas situaciones de violencia contra la mujer; el retorno de sectores conservadores al poder con el que pretenden cercar a la sociedad de supuestas amenazas externas.

La novela de Atwood expone un hipotético sistema político que habría transformado a Estados Unidos en uno totalitario, en el que prima una ideología supuestamente religiosa, impuesta por un orden masculino, además asegurado por la permanencia de un aparato policial y militar que impide que las cosas salgan de su cauce. En el interior de tal sistema las mujeres son tratadas como cosas, son seleccionadas como “máquinas” de óvulos para lograr que la sociedad siga creciendo. Las seleccionadas son entregadas como “criadas”, como “amantes-cosa” a los generales o a quienes detentan el sistema de poder para que estos reproduzcan. Incluso la idea del matrimonio queda obsoleta en la medida que el sistema permite, si bien figurar un matrimonio estable, las criadas vendrían a ser una especie de “muñecas sexuales” cuya finalidad es, insisto, la reproducción.

En tanto el sistema ha legitimado un poder opresivo contra la mujer, esta pierde su identidad y, si es entregada a una “familia” de la élite, su nombre solo será en correspondencia y ligazón con el hombre que la posee. La personaje de la novela, en este sentido se llama Defred, es decir, es la mujer perteneciente a Fred (que, en realidad reproduce el acostumbrado nominativo occidental de poner luego del nombre de la mujer, el apellido del esposo: xxxxx de Yxxxx).

Sin embargo, no se trata solo de la pérdida de la identidad, sino también de la voluntad. Pues El cuento de la criada pone al descubierto a un sistema donde la división es sexual, en el que la cosificación del sexo implica, además, la subsunción de la mujer a mera máquina reproductiva: su condición es la responder al modelo teocrático machista en el que los hombres pueden hacer con ellas lo que quieren. De este modo, no todos los hombres reproducen, sino que hay médicos, es decir, científicos que funcionan como máquinas de poder, que reemplazan, aunque silenciosamente, a los supuestos amos del gobierno. Y están los otros, los hombres bisagra, la soldadesca y, asimismo, los que pueden sacar partido para la revolución. Con este modelo Atwood denuncia a un sistema, que puede ser este integrista o no, donde la mujer es sometida por su potencia reproductiva y si esta transgrede al sistema, la penalidad deberá ser la ejecución pública. Pero si bien el hombre tiene ahí el juego escondido de la manipulación sexual, la novela también muestra cómo la mujer (las que pertenecen al estrato “superior”) también adquiere esa “ideología” machista que permite la perpetuación de la dominación con base en servir como garantes, primero de la institucionalidad estatal, y segundo, como auspiciadoras de la “felicidad” del hombre, el cual puede tener una “criada” para sus propios fines.

El título de la novela, en castellano, resalta este hecho: las mujeres son criadas, en sentido de “servidoras” (o serviles), y también de “sirvientas” (como mujeres “domésticas”). Las esposas de la élite estarían fuera de esa clasificación en tanto tienen otras obligaciones para con el poder. Pero no solo eso, cuando se dice que se trata de un “cuento”, la novela evidencia que es un relato que puede o no tener cierto anclaje con la realidad, es decir, como si fuera una “leyenda” de tiempos otros. La paradoja que presenta el título de la novela vendría a ser esta: se trataría de un cuento dicho por una servidora sexual que, aunque trata de rebelarse, y que además tiene un pasado formado (el cual no es reconocido), termina enredándose en el intrincado sistema teocrático que prima en el ex Estados Unidos, en la novela, Gilead. Lo que leemos en El cuento de la criada es la transcripción supuesta de unas grabaciones halladas entre cajas perdidas cuando incluso el sistema teocrático gilediano ha sucumbido. El libro, entonces, es el documento que unos arqueólogos y antropólogos del futuro rescatan y analizan en un congreso para entender la mentalidad de sociedades “clásicas”, de sociedades occidentales en la que el totalitarismo siempre ha estado presente, aunque tales sociedades se presenten abiertamente como “libres”, “democráticas”, etc.

Atwood extrema su mirada al tiempo contemporáneo y hace un distanciamiento fuertemente cognitivo: mediante esta estrategia, la idea es concienciar sobre cómo la sociedad, sin ser necesariamente teocrática, integrista (hoy islamista), contiene sus estrategias de subsunción de la mujer, quitándole su identidad y voluntad. En el fondo, Atwood pone en entredicho a un modelo de pensamiento conservadurista y, con él, las instituciones que ha ido fundando. De este modo, El cuento de la criada es una novela de ciencia ficción feminista provocadora, cuestionadora y, al mismo tiempo, que propone la toma de posición. Es claro que detrás de su historia, más que evidencias, hay un montón de preguntas que Atwood hace al lector convencional.

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2 comentarios en “Totalitarismo futurista: leyendo “El cuento de la criada” de Atwood | Iván Rodrigo Mendizábal

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