Suicidio: estigmas, tabúes y empatía | María Dolores Cabrera

María Dolores Cabrera

[Colaboración especial para Máquina Combinatoria]

 

En estos tiempos, con la cantidad de noticias que nos llegan sobre personas que decidieron, de una u otra forma, terminar con su vida, se han desatado innumerables comentarios, opiniones, críticas, bajo diferentes perspectivas que varían: desde concepciones religiosas, compasivas, acusadoras, intolerantes… en fin, de todo. La gente escucha, mira y saca sus propias conclusiones de acuerdo a cómo está configurada su propia vida.

La empatía es una palabra que se escucha mucho hoy en día. Está de moda, pero no se la comprende en toda su integridad. Los términos que usamos a diario en nuestro léxico conllevan un contenido de significado completo y no superficial. El diccionario no puede definir todo lo que encierra la magnitud de la definición real de una palabra: EMPATÍA. Cualquiera puede decirme: “Yo sé lo que es empatía, es ponerse en el lugar del otro.” Y sí, efectivamente es eso, pero ahora la pregunta es: ¿Y qué significa el “ponerse en el lugar del otro”? ¿Suponer cómo sentirá esa persona en tal o cual situación? Pero si yo nunca he experimentado esa circunstancia ¿cómo puedo sentir empatía? ¿Imaginándolo? Es muy difícil, casi imposible diría yo, sentir empatía real si no se ha vivido una situación similar o por lo menos si no se ha investigado, educado, concientizado lo que como ser humano, se puede vivir bajo la presión de una enfermedad, de un mal, de una afección o de una circunstancia negativa específica, de la cual no estamos muy bien enterados en qué consiste realmente.

La ignorancia sobre las emociones que envuelven a determinado ser humano que considera el suicidio como una opción, bajo mi punto de vista, es el factor más contraproducente que existe en el brote social de errores, injusticias, omisiones sobre un asunto que debería ser manejado con base en una línea completamente fiel a la ecuanimidad y a la imparcialidad que exige el conocimiento del verdadero escenario frente al que nos encontramos.

La falta de conocimiento llega al punto de confundir empatía con simpatía, pues como una anécdota comento que, en una conversación reciente, alguien comentó: “Empatía es lo contrario a antipatía”.

Si nos basamos en cifras y datos estadísticos (leer para el caso: https://www.who.int/mental_health/suicide-prevention/infographic/es/) veremos que se produce, a nivel mundial, una muerte por suicidio cada cuarenta segundos, por lo tanto, estamos hablando de 800.000 personas que se quitan la vida por su propia voluntad, convirtiéndose, desde el año 2016, en la segunda causa de muerte en el planeta. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que las tentativas alcanzan un número muchísimo mayor. Convirtiéndose así en un grave problema de salud pública en todas las regiones del mundo.

La escritora María Dolores Cabrera y su libro «Pinceladas», en la Feria del Libro de Quito. Foto tomada de: http://www.mariadolorescabrera.com

Ahora, el vínculo más estrecho que tiene el suicidio es con la depresión. Su relación con este trastorno es muy angosta y el desconocimiento de esta afección también conlleva a los grandes conflictos que generan las distancias con la realidad.

En teoría, comúnmente serían vulnerables al suicidio las personas con problemas de consumo excesivo de alcohol, drogas, o de cualquier tipo de dependencias similares incluyendo obsesiones y manías. Pero hay que tomar en cuenta que estos indicadores son simplemente síntomas de afecciones profundas con raíces principalmente en el desconocimiento de la manera de manejar las propias emociones, como el dolor, la decepción frente al sistema social (es decir frente a prejuicios, tabúes, injusticias, juzgamientos del medio, etc.). Por lo tanto, el problema del suicidio es más que complejo, pues cada situación es individual, única e irrepetible.

Como escritora, en la mayoría de mis publicaciones (novelas, cuentos), el tema del suicidio es recurrente porque me apasiona su estudio, cito algunos ejemplos:

En mi libro de cuentos De nuevo tus ojos, publicado en el año 2010 por Editorial El Conejo, es una constante bastante intensa. Tanto, que el escritor Abdón Ubidia, comenta en su opinión impresa en la contraportada, que en estos relatos “…la muerte se muestra cruda, a veces violenta y redentora y a veces tibia y liviana, como un ensueño; pero casi siempre es la única alternativa para muchos personajes que buscan huir del espanto de vivir de una forma impuesta que no aceptan, que no les gusta…

Y planteo: “…Aquel amor que tiene igual vehemencia por la vida que por la misma muerte.” (Fragmento y final del cuento: “Un Rostro Casi Hermoso” del libro: De nuevo tus ojos. Página 21. María Dolores Cabrera)

Además: “Estaba más loca de lo que creímos, dirán, y sentirán pena de mi desequilibrio mental. Lo escucharán en las noticias, opinarán y juzgarán, pero de lo único que sí estoy segura es de que nadie, nadie jamás lo podrá entender en su verdadera y justa dimensión…”. (Fragmento del cuento: “Me Hubiera Gustado Hablar Contigo” del libro: De Nuevo Tus Ojos. Página No. 69. María Dolores Cabrera.)

El escritor Francisco Proaño Arandi, en el año 1998, generosamente aceptó hacer el prólogo de mi primer libro de cuentos Más allá de la piel. En él se refirió a uno de los acontecimientos del cuento “Ayer me dijiste” y su comentario sobre esta narración fue: “Una mujer espera desde la ventana más alta el paso del autobús que ha de llevarla, trasunto poético y onírico de una decisión suicida y final. La última frase del texto al que se refirió Proaño Arandi, dice exactamente así: “…el autobús paró. Yo sí te amo todavía. Adiós, tengo que saltar o lo perderé” (página 59).

Menciono otro pasaje: “…He roto la botella. No hay más vino para brindar, el que bebí sale ahora por mis venas quebradas, fundido con mi sangre…” (Fragmento del cuento: “El Color Del Vino” del libro de cuentos: Más Allá de la Piel. Página 22. María Dolores Cabrera)

Portada del libro «Cuando duermen los jilgueros» de María Dolores Cabrera.

El tema se repite en mi novela Cuando duermen los jilgueros (Pentian, 2017) y luego con mucho énfasis, en Pinceladas (Bosquejo de un trastorno) (Autoedición, 2018), en la que el suicidio llega a ser una meta que se alcanza cuando al fin se han cerrado los círculos necesarios para consumarlo en medio de una enorme paz y sensación de consuelo.

Las sociedades están históricamente repletas de estigmas y tabúes, creando una falta de sensibilización generalizada frente al suicidio, lo que lleva a que mayoritariamente se lo desconozca como un problema de salud pública. Afortunadamente, la OMS, en su publicación de 2014, ya consideró que “la prevención del suicidio era un imperativo global” (leer: https://www.who.int/mental_health/suicide-prevention/infographic/es/) y su intención se ha enfocado en proporcionar orientación técnica basada en investigaciones y estudios científicos. Pues como decíamos, la falta de conocimiento o ignorancia sobre el tema de la mayoría de las comunidades del mundo, lo reducen a un asunto incluso de falta de “religiosidad”, dándole así el calificativo de “pecado”, lo cual se convierte en un verdadero obstáculo que agranda el desafío de ofrecer una ayuda efectiva a las personas que piensan en quitarse la vida, sumando también que pesa como agravante la “ilegalidad” del acto suicida. Solamente 38 países del mundo (https://www.who.int/mental_health/suicide-prevention/infographic/es/), cuentan hoy en día con una estrategia de prevención de suicidio, en la cual se incluye el aumento de la sensibilidad de la comunidad frente a sujetos en conflicto.

En conclusión, el suicidio, desde el punto de vista netamente humano y el mío propio, es la decisión que toma un ser viviente (hay otras especies animales que también lo llevan a cabo) frente a una necesidad. Esta palabra “necesidad”, específicamente en este concepto, tiene que ser desenhebrada meticulosamente, pues corre el riesgo de ser malentendida, ya que influyen factores íntimos como la presencia o ausencia de conceptos religiosos, de creencias místicas, de estereotipos y preceptos generacionales, etc. Pues para quien tiene la capacidad de entender y respetar criterios distintos, la muerte puede ser sentida como un merecido descanso, exactamente tan simple como el caso de quien llega exhausto del trabajo y solo desea dormir. Morir, puede ser legítimamente sentido como un derecho a desconectarse por exceso de agotamiento, por aliviarse de una enfermedad que agobia, etc. A la mayoría de las personas, la muerte les aterroriza. Frente a la posibilidad de morir hay pánico, pavor, angustia y se puede llegar a hacer todo lo imaginablemente posible para evitar morir, cosas como sacrificios extremos, existir de una manera inhumana con tal de seguir respirando, pero ¿cuánto de aprendizaje por herencia social hay en esto de temer tanto a la muerte? Sufrir, pero, aun así, seguir viviendo. Sin embargo, por increíble que parezca, hay gente que no la siente así. La muerte puede llegar a ser deseada sin miedo, sin temor; como un derecho merecido que se anhela alcanzar con placer. Como un alivio justo, legítimamente bien ganado. Sin desconocer por supuesto que, en la mayoría de los casos, se llega al suicidio con un preámbulo de enorme desasosiego y desesperación, desencadenándose un impulso ciego y no meditado que precipita al hecho, y es por esto la necesidad de la que hablábamos de crear estrategias de prevención; pero, y aquí viene el verdadero propósito de este artículo, también requerimos enormes dosis de comprensión y de respeto a la voluntad privada y a la decisión que elegimos sobre nosotros mismos incluyendo nuestro espíritu y nuestro cuerpo, en especial si esta determinación es meditada.

La gran pregunta que finalmente queda planteada es: En estos casos de elección reflexionada y encaminada hacia el alivio, y que tal vez son menos escasos de lo que pensamos, ¿seremos capaces los seres humanos de llegar a practicar la verdadera empatía de la que hablamos al principio?

 


María Dolores Cabrera (Quito, Ecuador, 1962). Psicóloga clínica y escritora . Publicó en 1998, Más Allá De La Piel. En el año 2004, el Centro de Estudios Poéticos de Madrid (España), editó un libro: Calma Infinita, en el que publicó el poema: «Mi Luna», de su autoría. Su segundo libro, también de cuentos, es del año 2010, bajo el título de: De Nuevo Tus Ojos. Luego, en 2012, apareció su novela Te Regalo Mi Cordura. En 2016, presentó su nuevo libro: Cuando Duermen los Jilgueros, novela que ha sido publicada en la Editorial Pentian, en Sevilla, España. Su más reciente novela es Pinceladas (Bosquejo de un trastorno), cuya historia aborda el polémico tema de la depresión.

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