Pájaros en la cabeza | Camila Téllez

Camila Téllez

“Yo también tuve una vida secreta, porque me creía diferente. Eso me apartaba de los demás. Hasta que comprendí que el secreto está en levantarse temprano, desayunar, leer el periódico, vivir al día y superar los sueños con el trabajo”.

(El secreto, Javier Vásconez)

 

Portada del libro de Javier Vásconez, «El secreto».

La monotonía de cada día en un trabajo que no te realiza como persona es, tal vez, el diario vivir y la resignación de cada ser humano que es obligado a elegir por un trabajo de ocho horas en un tema que, si bien le puede gustar, le roba la vida. Así mueren los sueños, y surgen las necesidades: producir para consumir, trabajar para tener, anhelar las vacaciones o la jubilación, después de que el sistema ha robado lo mejor de ti, la inventiva, la vitalidad y el deseo de soñar.

Las crisis respecto del sistema no le son ajenas a nadie que ha visto cómo sus sueños son reemplazados con deudas y gastos; esa es la historia de los miles y miles de asalariados que, en términos generales, con un sueldo y ventanas de escape –llamadas vacaciones– calman y doblegan hasta el alma más soñadora.

Sin duda, con esta lógica, todos podríamos desear que, dentro de un cuento, el personaje –asalariado y frustrado– huya, cumpla sus sueños y viva mil aventuras. Ver a nuestro héroe, absorto en la monotonía de un trabajo, viendo morir sus sueños, no es un buen cuento, porque es la antítesis de un cuento, es la realidad.

Esto, sin duda, es una de las razones por las cuales Javier Vásconez en El secreto (El antropófago, 2012) logra no solo captar la atención, sino identificar al lector con la necesidad de romper con la normalidad, y, ¿por qué no?, dar un pequeño regalo a nuestros jefes y compañeros, una muestra de que no hay que conformarse con un trabajo, un café y un periódico al despertar; que el ingenio puede cambiar el día de quienes se han vuelto los grilletes que mantienen en funcionamiento el sistema.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando quien odia el sistema huye de él con pequeños robos a mujeres en los buses? No causa daño, no lastima, solo toma cosas “insignificantes” de su ajuar; cosas que para ellas no son nada; simplemente, “un lápiz que se cayó”, “un pañuelo extraviado”, unos cepillos de los tantos necesarios para nunca dudar de su belleza, en fin, cosas que ellas no notarían, pero que para él constituían la mejor forma de huir del agobiante cansancio de quien vive para otro, de un asalariado.

Quisiera decir que ahí es cuando Javier Vásconez nos deja soñar con la felicidad que embarga al prófugo y concluye la historia con un felices por siempre. A la final, creo que todos lo esperamos, que llegue un punto en el que se pueda vivir feliz y en el que se acabe el dolor y la monotonía, en la que nuestro héroe encuentre el amor. Soñar en que no haya necesidades económicas, que encuentre una pareja y encuentre los lápices, pañuelos y cepillos junto a una mujer a la que llame “amor”, es decir, como lectores inconscientemente soñamos con que exista el felices por siempre y que, por obra y gracia divina, no solo sea un cuento.

Así debería concluir una de las grandes aventuras de quien ha logrado ser libre, de quien dejó de tener pájaros en la cabeza. Con esa imagen, el lector solo observa, aplaude, admira su valentía, y después, construye al héroe de cuento por el que logra cada día aguardar a que llegue su momento de escapar, pues sin duda, el lector sueña con ser el próximo.

Pero no, nuestro héroe tiene un secreto, sus aventuras no han terminado al romper el esquema, recién han comenzado a mostrarnos que, a veces, los sueños de uno son la pesadilla de cientos de pajarillos. Tal vez no hemos conocido en las primeras hojas a quien, después de un párrafo, decidimos ver como un oprimido más, que, como único pecado, anhela, sin dañar, lo femenino.

O bueno, eso en un principio; después, con el pasar de las hojas, el autor nos muestra a un hombre perverso cuyo deseo no era huir, el “quería hacerle un homenaje” al jefe, a quien representaba al carcelero, a quien en algún punto admiró, a quien después solo ve con odio. Para ello, que mejor que una travesura cubierta por un lustroso papel de regalo; una pequeña alegría convertida en desgracia, que solo muestra el primer resquicio de una mente enferma; dispuesta a consumir la vida de los pájaros que comienzan a querer salir de su cabeza hacía la más terrible realidad.

Caer en los brazos de la total perversión, se volvió una ardua tarea; subir en buses y llegar hasta los confines de la ciudad persiguiendo objetos y vidas ajenas a su existencia. Aquí empezó a formarse una nueva idea, “había resulto seguir su propio camino, solo y voluntarioso, actuando bajo los preceptos de un dogma que lo liberara de los demás”. La transgresión había iniciado, no era un héroe, era un monstruo surgiendo desde lo más inmundo de la humanidad.

Su astucia se había convertido en su mejor aliada, un plan, fruto del trabajo incansable en un hotel, un pañuelo como inspiración, la ansiedad de la “verdad” que está por llegar a sus manos. Por fin los pájaros de su cabeza tomaban forma en indefensas niñas a las cuales él iba a privar del dolor.

La hora de la verdad había llegado, él alcanzaría el máximo grado de liberación y perversidad, los pájaros de su cabeza descansarían en forma de interiores en su maletín, mientras que sus vidas serían solo una incógnita más, de la que solo él sabría dar respuesta. Esa es la bienvenida que Javier Vásconez nos da, a una historia que, sin duda, nunca fue un cuento de felices por siempre. De hecho, ni siquiera fue un cuento, fue la más pura realidad, de quien, como eufemismo, se puede decir que “solo tuvo pájaros en la cabeza”.

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