Kintsugi | María Cristina Dávila

María Cristina Dávila

 

Es ese momento en que sostienes tu corazón hecho trizas, pero aun sonríes. No es una mueca, es una sonrisa, una preciosa línea semicircular que levanta tus mejillas y entrecierra los ojos llenos de lágrimas, dejando ver tus dientes sangrantes como el boxeador que levanta su puño en señal de triunfo, pero está molido por dentro.

Las lágrimas se desbordan ardientes de tus ojos y tu corazón está acelerado. Levantas los ojos al firmamento, las nubes desenfrenadas lloran contigo. Bajo la tempestad bañas tu alma. Aspiras el aroma inconfundible de la tormenta. La tierra y el agua se funden como amantes salvajes que dan rítmico placer.

Giras en una danza sin compás, soñando, buscando un arco iris en el horizonte. Ya no temes a los rayos, ni a la oscuridad. Sonríes rota pero ya nada importa. Al quebrarte te has librado del miedo. El viento azota tus cabellos y los eleva rebeldes, tu piel se eriza por el frío que cala en lo más profundo de tus entrañas.

De eso se trata sentir.

El cielo se rompe y se abre, dejando caer una saeta dorada que hiere las nubes de azul. ¿Eres ahora como vasija craquelada unida por hilos de oro, que importa que si te rompen una y otra vez? Has sido tocada por la luz.

 

“Hay una grieta en todo, es así como entra la luz.”

Leonard Cohen

 

 

 

 

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