“El Doctor Zhivago” de Borís Pasternak | Fabricio Guerra

Fabricio Guerra

 

Portada del libro de Borís Zhivago, “Dr. Zhivago”.

Los últimos estertores del zarismo, la revoluciones de 1905 y 1917, la primera Guerra Mundial, el conflicto civil interno y la posterior consolidación del sovietismo, son los hechos que marcan a fuego la peripecia vital de los personajes de El doctor Zhivago (Galaxia Gutemberg, 2010), publicada en 1957, quienes, entre el caos y las balas, deambulan por las calles moscovitas, las regiones Urales y los campos siberianos en la convulsionada Rusia de principios del siglo XX.

Yuri Zhivago, álter ego del autor, encarna a un hombre cuyo idealismo inicial se va transformando en escepticismo ante el curso tomado por los acontecimientos, ya que no tarda en advertir que el sueño de la justicia social termina casi siempre mutando en pesadilla totalitaria y el gulag.

De su parte, Larisa Antipova es una mujer emocional y sensitiva, forjada en la adversidad y entusiasta de la revolución. Sin embargo, Yuri y Larisa no son seres maniqueos ni estereotipados, puesto que sus personalidades tan complejas como ambiguas, responden a circunstancias singulares, las que les otorgan de paso, una gran dosis de verosimilitud y humanidad.

Ambos se convierten en víctimas inexorables de la vorágine política de su tiempo. Son hijos directos de los múltiples enfrentamientos fratricidas en los que se ven envueltos. Por lo tanto, vivir, sentir, amar, anhelar o morir, adquiere para ellos la aguda intensidad de quien camina siempre al filo del abismo.

Ingenua y torpemente los bolcheviques pretenden fundar el paraíso proletario y proclamar así el fin de la historia, olvidando que unos mendrugos extras de pan nunca serán suficientes. Surge entonces el amor clandestino entre Yuri y Larisa, y lo que en cualquier otro relato no sería más que cursi romance de folletín, funciona aquí como un potente dispositivo de resistencia y transgresión ante el determinismo marxista, negador de toda privacidad, creatividad y libertad. En tal tesitura, Pasternak logra con maestría erigir a Zhivago como paradigma del homo antisovieticus.

En los años cincuenta, Nikita Jruschov y la alta jerarquía comunista se fijan en semejante atrevimiento, encargándose a continuación de hacer miserables los últimos años del genial escritor, obligándolo incluso a renunciar al Premio Nobel. No es casualidad que, aunque con menos medallas, Jruschov integre la misma galería de Nicolás II, Stalin y Putin. Como tampoco es casual que el nombre de Pasternak esté a la par del de Pushkin, Dostoievski, Tolstoi, Bulgakov, Solzhenitsin. Casi nada.

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