Del romanticismo a la democratización del amor | Lorena Almeida Saona

Lorena Almeida Saona

 

I

Consideremos que el término “AMOR” proviene del latín “amor, amōris”, y este del verbo latino “amare”. En la raíz “ama”, también encontramos el significado de «madre», raíz que es pronunciada por el niño cuando llama a su madre en momentos en que lo necesita. Tal vocablo puede implicar necesidad de algo. Es evidente que la palabra amor es inherentemente pronunciada y sentida. De ello hablaré en este artículo. En parte, seguiré, al inicio, el texto de Ygimar Sánchez: «La palabra más importante en el idioma español y la más confusa».

Y volvamos a la palabra «amor». Según la Real Academia Española esta se define como:

“Sentimiento de vivo afecto e inclinación hacia una persona o cosa a la que se le desea todo lo bueno”,

“sentimiento de intensa atracción emocional y sexual hacia una persona con la que se desea compartir una vida en común”.

Ya desde la antigua Grecia, sus filósofos se encargaron de hablar de dicha palabra. Y lo hicieron conectándole con ciertas deidades, surgiendo, conceptualmente, algunos tipos de amor:

Eros, en alusión al dios de lo erótico y pasional, en general asociado con ese tipo de sentimiento que se da forma efímera y pasajera. Los mitos dicen que Eros fue hijo de Afrodita, diosa del amor y la belleza, y de Ares, el dios de la guerra.

Ágape, palabra que se lo puede traducir como «afecto», además «amor puro», ese que se dice «el más incondicional». Algunos estudiosos dicen que se trata del amor cuya prioridad va más allá del bienestar de ser amado, que busca nutrir y ser generoso; en síntesis, un amor de índole espiritual.

Storgé, que vendría a ser un amor fraternal, comprometido y duradero, cultivado a lo largo del tiempo y en muchos casos implica una relación filial o una coincidencia añeja con alguien más. Hasta cierto punto es el epítome de la relación empática, un sentimiento protector y que detona la lealtad.

Philia, que más bien es el amor dado entre amigos o el amor al prójimo, es decir, aquel que busca el bienestar de todos. Sabemos que es amor más amplio que implica respeto, cooperación, solidaridad, tolerancia y compañerismo. Puesto que la finalidad es el el bien común, este no tiene que ver con lo sexual, sino más bien con lo fraterno.

 

II

Según Marissa Glover, en el campo psicológico, en su texto: «Diferencia entre emoción y sentimiento en psicología», el amor es «un sentimiento es un estado afectivo que se genera a partir de una emoción, sin embargo, se produce de manera más consciente ya que las personas podemos elegir mantener ese estado de ánimo por un periodo largo de tiempo a diferencia de la emoción que tiene una corta duración». Esto quiere decir que un sentimiento pasa de ser algo más instintivo como lo es la emoción y para que se genere tiene que haber un razonamiento provocado por un pensamiento que hace que la persona lo alimente y llegue a ser algo duradero.

En las relaciones de pareja el amor es un sentimiento fundamental. En este contexto, quisiera puntualizar el amor basado en las relaciones de pareja y describiré lo que hoy en día vivimos en un mundo en el que lo fugaz y placentero prevalece ante lo perdurable y lo sentimental.

En la actualidad la gran mayoría de la sociedad a nivel mundial tiene acceso a un cuantioso conocimiento mediante la red informática de comunicación mundial que es internet. Al igual que la tecnología ha avanzado, esta ha abierto las posibilidades para relacionarse con mucha gente en un contexto multi e intercultural gracias a las opciones ofrecidas por las redes sociales (ya sea por el perfil de Facebook, por los comentarios de Twitter, por las fotos de Instagram, por algún chat de WhatsApp, o porque uno ha visto a algún amigo/amiga por minutos o segundos posiblemente gracias a sus atractivas y sexys poses en Snapchat). Para nadie es desconocido, entonces, que internet, y su entorno, dan la posibilidad de alguna amistad virtual que, posteriormente, se ha visto, puede llevar al enamoramiento. Incluso, en casos más puntuales, se emplean aplicaciones como Tinder para conocer personas que van directo a la sugerencia del acto sexual, sin ningún tipo de cuestionamiento.

Según Walter Riso (psicólogo especialista en terapia cognitiva y magíster en bioética), en su libro: Los límites del amor (Planeta, 2015): “El amor completo, el que incluye pasión (eros), amistad (philia) y ternura (ágape), no llega de improvisto como un demonio o un ángel que se apodera de nosotros, también existe la voluntad de amar o de no amar; no solo el amor nos ‘posee’, también lo poseemos a él: nadie es víctima del amor sin su propio consentimiento”.

Según lo dicho por Walter Riso, coincido que los sentimientos no llegan de improvisto. Cuando conocemos a una persona, la mayoría de las veces nos sentimos atraídos primordialmente por sus cualidades físicas y, a posteriori, por su modo de ver la vida (lo que podríamos decir, su «filosofía de vida») o su sentir. Es en este marco que nace cierta afinidad, cierta empatía y, por ende, damos el siguiente paso voluntario para que inicie ese vínculo cómplice entre dos y dé lugar al enamoramiento, luego a la pasión como parte esencial del amor. Es obvio decir que, si se sigue un camino con plenitud, sigue el mecanismo tradicional según el status quo.

Sin embargo, en una sociedad que avanza a pasos agigantados, como la nuestra, la occidental, muchas veces se omite este modelo y los actores prefieren ir de lleno al más impulsivo y vehemente escalón del amor de Eros; es decir, a la pasión, con cuyo acto simplemente los amantes disfrutan de episodios de sensaciones carnales llenos de placer desmedido, desconociendo la verdadera belleza del sentir realmente a esa persona de la forma más bella, más sublime; el descubrir “su esencia” ante estas vivencias donde prevalece la emoción efímera ante lo sentimental y duradero. De ahí que me pregunto: ¿es plausible todavía creer en ‘El Amor’ como un sentimiento implícito? ¿O es que este ya cumplió su ciclo de vida útil y, en definitiva, ha muerto?

¡Pues no! ¡No ha muerto! Simplemente ha evolucionado y existen varias formas y modelos de expresión.

Según el sociólogo británico Anthony Giddens en su libro, La transformación de la intimidad: sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas (Cátedra, 1992), existieron cambios en la perspectiva del amor. Para él se atribuye a la era de la revolución sexual, que vivió la cultura occidental a mediados del siglo XX, específicamente en los años setentas, que las vivencias dieron paso al nacimiento del “amor confluente”, que representa lo opuesto al amor romántico. Este tipo de amor realza la importancia del amor sexual, en la misma medida que lo afectivo no siempre tiene relación específica con la heterosexualidad, hecho que se da también en parejas del mismo sexo: este no es considerado un amor monógamo.

Para entender mejor este concepto es menester enfatizar que el amor confluente introduce, por primera vez, el arte del erotismo en el núcleo de la relación conyugal o de pareja, logrando la meta de la realización de un placer sexual recíproco; propone democratizar la posición de la mujer dentro de las relaciones de parejas, tomando la posición de que las personas se sientan completas e íntegras por sí mismas. Para Giddens: “el amor pasional es liberador, en el sentido de generar una ruptura con la rutina y el deber”, desarrollando, de esta manera, un amor en el que prevalece el interés por tener una relación especial que el encontrar a una persona que complemente la vida personal, convirtiéndose, de esta manera, en un amor consolidado.

Aquel amor es distinto al “amor romántico”. Este muchas veces se basa en creencias inequívocas que pasan de generación en generación, donde frecuentemente el hombre demuestra su dominio intelectual y sexual ante la mujer, y es representado como frío e inaccesible, inhibiendo su voluntad y capacidad de ser vulnerable, donde el rol de la mujer ha experimentado un rol más pasivo y “la orientación de la mujer al ámbito de lo privado generó nuevas formas de intimidad, donde se privilegiaba el uso del corazón sobre la razón y donde la mujer estaba anclada a ser madre y esposa de una vez y para siempre con aquel que ama”, según Giddens.

En una sociedad globalizada, el amor romántico se ve debilitado y mucho ha influido la lucha femenina para construir una posibilidad de una sexualidad autónoma, por el control de la natalidad separada de la reproducción. Todo esto implica la “liberación” final de la sexualidad, sin dejar de lado la fragmentación del idealismo del romanticismo, donde el amor se confunde como la máxima aspiración de vida, haciéndonos pensar que no podremos vivir sin él y haremos cualquier cosa para obtenerlo y retenerlo, sin entender que “el amor saludable, debe ser democrático y saber negociar, recíproco, consciente de sus derechos, apasionado y libre de miedos en la cama y fuera de ella”, en palabras de Riso.

Amar significa no renunciar a lo que uno es, ni “ser para el otro, y para lograrlo se requiere de una revolución personal y de cierta dosis de subversión amorosa”, según Riso. Lo ideal sería siempre un grado de amor confluente, porque no basta el amor romántico, ni el dogmático. La verdadera esencia de la palabra “Amor” es el dejar ser a la otra persona: que una persona esté en nuestra vida, que forme parte de la nuestra, así como formar, nosotras, parte de la suya, sin perder el amor propio y los ideales. Requiere de una gran habilidad para coexistir en el día a día con nuestros propios planteamientos y llegando a acuerdos. Se requiere mucha pericia para reinventar el erotismo y la pasión como uno de los pilares fundamentales de esa conexión y así llegar al verdadero equilibrio donde prevalezcan Ágape y Eros.

 


Detalle de El beso, Gustav Klimt

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