Al final del día | María José Chiriboga

María José Chiriboga

 

I

Al fin llegó el día. Estaba decidido.

Desde aquel fatídico día no había podido volver a verse en un espejo. Siempre que lo intentaba, nunca reconocía al ser que se reflejaba. El espejo siempre le devolvía una imagen tan diferente, tan distorsionada. Más parecía una aparición que un ser humano. Por eso los odiaba. No soportaba su presencia. Y la luz… ¡oh! sí la luz, tan cruel con él, tan inmisericorde con su dolor. Simplemente tan clara y brillante; como si solo ella existiera. ¡No! No podía dejarla entrar, peor que se apodere de todo, que lo iluminara todo.

Él era un ser de las sombras, de la oscuridad. Sí, de la oscuridad, que siempre lo había protegido. Tenía que preservarla a cualquier precio. Así como su madre que siempre le decía que era como un pájaro gris, ya que gris era su existencia.

Nunca comprendió el porqué de su situación, ni por qué nadie se acercaba a él o a la casa cuando niño. Nunca hasta que se vio por primera vez en un espejo. Sintió tanto asco ante aquella criatura que se reflejaba que no pudo contener las ganas de vomitar. Era un monstruo deforme, una especie de calavera, con los ojos hundidos, casi sin pelo. El ácido había acabado con todo.

Las cartas que dejó su madre, antes de abandonarlo, poco apaciguaron la ira y el dolor que sentía por dentro. Ahora, todo estaba tan claro… Su padre, un hombre hosco e ignorante, muy dado al vicio en un arranque de ira y celos al pensarse traicionado por su esposa, quiso acabar con la vida de ella y del niño. Y, una noche, completamente ciego, y fuera de sí, atacó al niño. La madre al ver lo que había hecho, se lanzó sobre él, cuchillo en mano y de muerte lo hirió.

Huyó con su hijo, ahora una masa deforme y sanguinolenta y lo ocultó. Sí, lo ocultó y se ocultó.

Pasaron los años y la criatura iba creciendo. Ella nunca lo dejaba salir y, a pesar del amor que sentía por él, por su pájaro gris, un día no pudo más, y caminó y caminó, hasta adentrase en el lago. Nunca más volvió. Solo su recuerdo, su olor, su presencia sin presencia lo acompañó.

Pero junto a él, iba creciendo en su interior un odio visceral, una ira capital que suelta arrasaría con todo. Tenía que hacer algo, salir del encierro, de la oscuridad, del polvo y de la humedad que lo consumían. Sentía un deseo casi mortal que lo ahogaba. Quería venganza. ¡Sí! Quería gritarle al mundo que él existía; que no era una sombra, que no era el pájaro gris de su madre. Que él podía ser luz.

Decidido a escapar tiró de las cortinas. Quería que la luz lo invada todo; quería sentir el calor en su rostro desfigurado y, con ese ímpetu, develó el espejo, su enemigo, su peor pesadilla. Él que había estado oculto por tantos años. Pero cuando por fin se miró, no pudo más que sentir un dolor tan hondo en su corazón que no pudo contener el llanto. Un llanto amargo que le dejó consumido. Lo más difícil era escapar de sí mismo. De sus fantasmas, de sus cadenas que lo tenían atrapado. Ni todo el odio, ni toda la ira lograron darle la libertad; y la luz no hacía más que seguir reflejando cada vez con más saña su condición monstruosa.

Toda su vida se vino abajo una vez más. Renegó de la vida, de su madre, de sí mismo. Quemó la carta, la maldita última carta y, como siempre, se tragó la ceniza.

Tomó un cuchillo y de un tajo se abrió el pecho, se sacó el corazón y, con el último hálito de vida, pudo ver como este seguía palpitando mientras él moría.

 

II

Una carta de mi madre atrajo mi atención. No había sabido nada de ella en muchos años. Realmente desde que tuve que ingresarla en un instituto de desórdenes mentales. Me pareció extraño, tanto que estuve dándole vueltas al sobre por mucho tiempo. Mis cavilaciones fueron rotas por el timbre del teléfono. Era mi editor que me llamaba a una reunión urgente.

—Han encontrado un hombre que se ha sacado el corazón —dijo él.

—¿Que se ha sacado el corazón? —pregunté yo intrigado.

—Y eso que no sabes la mejor parte… el tipo estaba completamente desfigurado. La policía no sabe si esto le ocurrió antes o después de su muerte.

—Imagino que querrás que yo cubra la historia.

—Por supuesto mi “querido Watson” —dijo riendo.

Mi trabajo es en el área de crónica roja de un periódico local. Me ha convertido en lo que se puede denominar “un experto”. Claro que mi meta siempre ha sido dirigir mi propio periódico, pero a “buen hambre no hay pan malo” y aquí estoy en el camino hacia el éxito. Llamé al fotógrafo y nos dirigimos hacia lo que denominamos “la historia del año”. Un poco exagerado, la verdad, con que sea la “historia del mes” ya nos sentiríamos satisfechos.

Dejé el sobre en el cajón de mi escritorio. Ya habría tiempo de leerlo. Tomé la grabadora, un block de notas (aún me gusta escribir sobre papel), mi gabardina y nos dirigimos hacia el lugar de los hechos.

El lugar se encontraba un tanto apartado de la ciudad. Entramos por una especie de atajo, por un camino de tierra. Una tierra un tanto amarilla y seca por la falta de lluvia y que esparcía un olor a polvo. Pronto nos dimos cuenta de que habíamos llegado. El ambiente se impregnó con un hedor a podredumbre que nos indicaba que estábamos cerca.

La casa, un tanto oculta entre árboles y hierba bastante crecida, se asemejaba más a una choza. Pensé que era un buen escondite. Al acercarnos, vimos las cintas policiales que impedían la entrada. Me acerqué a uno de los policías y le mostré mi identificación de periodista. Al principio me mandó “con viento fresco”, pero al decirle que el Mayor Hernández me conocía las cosas cambiaron.

Entramos a la casa con el fotógrafo y lo que vimos fue un espectáculo dantesco. Un lugar oscuro, por el que no se colaba ni un haz de luz. Un cuarto en el que apenas entraba una cama, que digo cama, un catre. Todo muy austero: pero lo que realmente llamó mi atención fue la falta de espejos. Miento, había uno solo, pero se encontraba cubierto.

En cuanto al cadáver, presentaba un aspecto terrible; la sangre ya se había secado pero las típicas visitantes ya habían hecho un festín. El lugar se encontraba infestado de moscas… y de sus larvas. La víctima estaba casi irreconocible, eso fue lo que pensé al principio. Luego, tras el análisis forense, se certificaría que el hombre ya tenía ese aspecto antes de morir.

—¡Solís! —Me llamaba el fotógrafo—. Ven a ver esto.

Se trataba de un cajón que sobresalía por su nitidez, demasiado limpio para el entorno. Estaba cerrado con llave. Al ver que el Mayor Hernández me hacía una seña para que me acercara abandoné la idea del cajón; es decir de saber qué se escondía dentro. Le pregunté qué sabía del asunto y con esa sonrisa un tanto irónica que lo caracteriza, me contestó:

—Aún nada. Este hombre debe haber estado loco. Eso o alguien terminó con él. Imagínese vivir así.

—Pero Mayor, ¿me va a dar la exclusiva? Hablaré bien de usted —dije con una sonrisa en mi rostro.

—Mierda, ustedes los periodistas son todos iguales, donde huelen sangre…

Nos retiramos con los pocos datos que pudimos obtener. Sin embargo, ese cajón volvió a mi mente una y otra vez. ¿Qué podía guardar ahí? ¿Por qué tanto celo, tanta nitidez? Las preguntas comenzaron a arremolinarse en mi cabeza.

Al rato que volví a la redacción para poder escribir el artículo, nuevamente me llamó el editor. Tenía noticias de su contacto en la policía.

—Solís, ¡esto es una bomba! —dijo lleno de excitación—. A que no te imaginas que encontraron dentro del cuerpo.

—Realmente no tengo ni idea —contesté esperando que el misterio me sea develado.

—¡Ceniza y una llave! ¿Puedes creer que el maldito se tragó una llave? Anda a la morgue a ver qué le puedes sacar a ese Doctorcito.

—¿Y la ceniza? —pregunté aun más intrigado.

—Qué se yo… anda y averigua.

Esto se iba complicando cada vez más: ya no se trataba de una simple muerte. Había mucho más y el gusanillo de la curiosidad comenzó a comerme por dentro.

Una vez en la morgue el Dr. Cifuentes no hizo más que corroborar lo que ya sabíamos. Y un detalle más… Señaló que la desfiguración del cadáver era pre-mortem. Es decir, que no fue resultado de la descomposición natural, ni de las moscas, ni de las ratas.

—Y una cosa más —dijo el médico—. Este hombre nunca debe haber recibido sol. Su piel está grisácea y sus huesos denotan una gran falta de vitamina D.

—¿Me quiere decir que el hombre era una especie de vampiro? —dije yo casi con hilo de voz.

—No sea tonto Solís. Los vampiros no existen. Lo que digo es que este hombre debe haber vivido en la oscuridad.

Salí de ahí con una desazón tan grande que me precipité hacia la calle. Me faltaba el aire, necesitaba respirar. En todos mis años de experiencia, creí haberlo visto todo. Pero este caso… no sé, se me estaba impregnando en la piel. Ya en el periódico, le rogué a mi editor que me de unas horas más antes de publicar la nota. No quería que se trate el caso como una simple muerte más.

Al terminar la tarde, con el corazón en la boca regresé a la casa del hombre muerto. Tenía que averiguar algo más, cualquier cosa que me pueda dar más pistas. Me parecía que debía darle un final poético a esa vida tan desgraciada.

Al entrar, el olor aún era perturbador. Tuve que taparme la nariz con un pañuelo para poder soportarlo. Nuevamente el cajón llamó mi atención. Me dirigí hacia él y valiéndome de un cuchillo que tomé de la cocina, lo abrí. Que digo abrí, casi lo destrocé por la desesperación que tenía. Encontré un montón de cartas; el papel casi amarillo por el paso del tiempo. Unas abiertas, que se notaba habían sido leídas muchas veces. Otras continuaban cerradas.

Me sentí como un invasor, como alguien que no tiene derecho a estar ahí. Y, de pronto, en un rincón del cajón, la divisé. Al principio no logré entender de qué se trataba, pero al tomar la caja y abrirla, vi que estaba llena de ceniza.

Ceniza… recordé lo que dijo el forense: «Tenía ceniza en la boca y el estómago». Pero ¿cómo es posible, por qué comerse ceniza? ¿Podía ser una carta quemada? Busqué si había restos de un hogar y divisé una pequeña chimenea. Removiendo entre los escombros, vi trozos de papel a medio quemar. Era un diario, o lo que quedaba de él, algunas frases decían:

No lo volveré a hacer mamá, te lo juro”. “Una vez más castigado en el sótano”. “La oscuridad es mi única amiga”. “No quiero comer más ceniza” “La ceniza te recordará quién eres, es tu orgullo tragado, no lo olvides”. “El pájaro gris está compuesto de ceniza”.

Me quedé sentado, perdido en mi mente imaginando cómo había sido la vida de este hombre. Volví al cajón y comencé a leer todas las cartas y de pronto, una, tan solo una llamó mi atención:

Hijo, todo lo que hago es por tu bien. No ves que no puedes salir. Nadie puede verte. Es mejor que vivas dentro, la oscuridad es tu amiga, ella no te delata. Solo yo, que soy tu madre, sabe lo que te conviene. Si te doy a comer la ceniza es para que aprendas a tragarte tu orgullo y acallar el monstruo que vive en ti. Una criatura como tú no puede ser orgullosa. Tiene que ser sumisa, conmigo y contigo mismo. Para mí es muy duro llevar la vida que estamos llevando. Cada vez que te veo, me provoca gritar, salir corriendo. Siento una desesperación que me ahoga. Sé que odias a tu padre, y en verdad debes odiarlo. Un hombre tan cobarde no se merecía seguir viviendo.

Ese odio es lo único que te va a mantener vivo, no trates de apaciguarlo. Aliméntalo mi pájaro gris y nunca olvides que todo lo que he hecho ha sido para protegerte. Si ahora me voy es porque siento que ya nada tiene sentido para mí. Ya no puedo con mis fantasmas, con mis tormentos. Ya no puedo respirar, este aire enviciado me ahoga.

La carta se quedaba truncada ahí. Lo demás era puro polvo. Imaginé al hombre muerto tragando la ceniza de la carta para luego recurrir a su propia muerte. Aquí no había ningún crimen, salvo el cometido por la misma víctima o hasta el crimen de sus padres.

Como pude regresé al diario. En ese momento recordé la carta de mi propia madre. La abrí…

 

III

Mario, sé que esta carta te debe haber tomado por sorpresa. Aprovecho este momento de lucidez, sin pastillas ni tratamientos que me mantienen en otro mundo, para contarte una historia que creo fue la causante de mi locura. Hijo, solo espero que algún día me puedas perdonar. Hace muchos años yo tuve otra familia. Yo era otra en ese entonces, no me hubieras reconocido. Cometí el error de embarazarme, sí, hijo fue un error, y me casé con el primero que me lo propuso. Nunca amé a ese hombre, es más le tenía aversión. Era un hombre tosco, sin modales, dedicado a la bebida y a la juerga. Siempre estaba borracho y cada que llegaba a la casa me golpeaba y me obligaba a ‘tragarme mi orgullo’, como él decía. No era otra cosa que tragar ceniza. Yo trataba de complacerle en todo, por el niño que venía en camino. Me volví una persona completamente sumisa y controlada; y mi única esperanza era el nacimiento de ese hijo.

El niño nació. Era tan pequeño, tan frágil que volqué mi existencia a cuidar de la suya. Sin embargo, tonta de mí, en vez de que los problemas se apacigüen, estos incrementaron. Contra mí podía soportarlo todo, incluso los ataques de celos y los golpes. Pero un día lo encontré tratando de ahogar a la criatura. No sé cómo lo hice, pero le clavé un cuchillo. Y en un arranque de furia prendí fuego a todo. Yo pensé que podía salir, pero el fuego atrapó la cobijita en la que estaba envuelto el niño y lo quemó hasta el punto de dejarlo desfigurado. Lo único que podía hacer era huir.

Desde ese momento mi vida cambió para siempre. Vivimos escondidos y, a medida que crecía el niño, se iba convirtiendo en un monstruo. No sé si hice bien, pero yo culpé a mi marido. Le dije al niño que había sido él. Qué él lo desfiguró con el ácido. No sabía qué más hacer, total él ya estaba muerto. Sin embargo, la culpa y el odio hicieron que crezca en mi un sentimiento de rechazo contra aquel ser. Y me convertí en lo que más odiaba, me convertí en mi marido. Comencé a actuar igual, cada que el niño hacía algo incorrecto, yo lo castigaba, lo metía en el sótano y le hacía tragarse su orgullo. Yo, ciega terminé haciéndole más daño de lo que nunca nadie lo podría hacer. Yo fui testigo de la decadencia tanto mía como suya. Hasta que un día no pude más y me metí al lago con la esperanza de quedarme ahí para siempre.

Lo que recuerdo es que desperté en un hospital. La vida me dio otra oportunidad, me había salvado. Un hombre que paseaba por ahí vio mi cuerpo y me sacó del agua. Ese hombre fue tu padre, Mario. Yo traté de rehacer mi vida, pero siempre el recuerdo de aquel otro niño me carcomía el alma. No sé si algún día los dos podrán perdonarme. Mario, por favor, búscalo, ayúdalo… es lo único que te pido.

 

IV

No sabía qué pensar. Me encontraba totalmente aturdido. Como si fuera un sueño, más bien una pesadilla, de la que quería despertar y no podía. ¿Cómo podía ser? Mi propia madre…

Y al final del día, encontré y perdí un hermano. Perdí una madre por segunda vez y conocí la monstruosidad de la que es capaz cualquier ser humano. Salí de ahí con la carta aún en la mano y caminé sin rumbo perdiéndome en la niebla de la locura.

 

 


Foto tomada de: https://pixabay.com/photos/letter-handwriting-written-ink-447577/

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