“La fuerza de existir: manifiesto hedonista” de Onfray | Ariadna Vargas Serrano

Ariadna Vargas Serrano

 

Michel Onfray siempre empieza por la historia de sí mismo, como bien sostiene que la vida del filósofo es tan importante como su propuesta filosófica. Quizá por eso es que, desde del año pasado, me ha enganchado tanto su trabajo y permanezco leyendo su amplia bibliografía.

En La fuerza de existir: manifiesto hedonista (2008) aborda, en un principio, y desde su experiencia, el porqué de su rechazo a las religiones como instrumentos de humillación del cuerpo e incentivación al odio de sí mismo, y hasta en algunas ocasiones del rechazo a la feminidad. De hecho, esto lo vivió en su infancia al crecer en un orfanato hasta los catorce años: describe entonces cómo fue el cadáver del niño de 14 años que parecía ser miles y una eternidad a sus espaldas. En la lectura lo acompañamos en sus recuerdos de lo que fue vivir en este espacio bajo el cuidado de curas, en el que el abuso, la violencia y la opresión formaban parte del día a día. Hasta en el espacio que podría ser de intimidad, como la ducha había un rechazo por la pulcritud, como un placer no merecido. A él y sus compañeros les daban contados minutos para sentir el agua por su cuerpo: era en realidad solo una vez por semana.

Este abrebocas es la pista biográfica importante para entender sus postulados filosóficos. Para desarrollarlos, hace un recorrido por lo que llama: “una calle lateral filosófica”, que es esa historia de la filosofía no “ganadora”, la que Platón, con tanto interés, mandó a quemar, pues era una propuesta ontológica completamente contraria a la suya. Es, en pocas palabras, una contrahistoria de la filosofía. Al contrario que la propuesta platónica del ideal , Onfray se desliza a la vida de Filósofo a través del cuerpo como papel protagónico, y no como lo detestable. La carne registra la conmoción de estar vivo, las lágrimas, los temblores y las liberaciones vitales. No hay más allá que el hoy mismo: para el filosofar es necesario hacer viable la propia existencia; nada está dado por hecho, todo debe ser construido. Y entonces se pregunta: ¿de qué sirve la bibliografía de un filósofo, si no vivió lo que propone? ¿De qué sirve leer tantos libros si no se practica lo leído?

Por ese motivo, su apuesta es por el Hedonismo. En una frase podríamos entender de manera esencial este sistema filosófico: “goza y haz gozar, sin hacer daño a nadie ni a ti mismo, ésa es la moral”, de acuerdo a Sébastien-Roch Nicolas Chamfort, citado por Onfray. Es todo lo contrario a lo que se lee encarnado en la religión. De este modo, el filósofo, en su recorrido procura evidenciar cómo es que las religiones imponen sobre los cuerpos el dolor y el displacer, el sufrimiento como camino a una iluminación, libre de culpa, que se verá bien pagado en el más allá. ¡Mentira metafísica! No hay más, que aquí.

Onfray propone no solo un pensamiento libertario y hedonista, sino también una Ética, trabajando conscientemente en una identidad cambiante: se trata de construir a partir de tirar principios que se quedan en la piel como grandes verdades, por mencionar el amor al prójimo –como se ama Dios–, sin cuestionar y haciéndolo como un ejercicio que más bien suma puntos a quien lo practica, es decir, subir un escalón más para estar cerca de él, de Dios. Por qué no mejor amar al prójimo por quien es, o en su defecto se debe hacerlo porque no es una obligación. ¡Que se quede la moral para los dioses! ¡Es mejor apostar por una Ética!

Y Onfray no solo se queda en el ámbito de lo privado. El libro aborda una temática que en algún momento nos sobrepasa si no vemos el contexto –como a mí me pasó–. En este sentido, aparece una pregunta: ¿cómo es que las tecnologías actuales y los avances de la ciencia están modificando los conceptos de humanidad, para abrir espacio a lo posthumano y a mapas éticos más complejos de lo que nos imaginamos? Es evidente que en su momento deberemos decidir cómo usar estos avances. Pero ¿bajo qué marcos éticos? Se me escapa la respuesta.

Onfray termina el desarrollo de su propuesta filosófica con una política hedonista, en el que plantea que quizá la única respuesta esté en el devenir revolucionario de cada individuo: esto implica una resistencia local, una posición libertaria que propone una práctica existencial individual y quizá comunitaria.

 

 


Foto: Archivo editorial Anagrama

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