Defensa de la lectura | Cecilia Dávila Sánchez

Cecilia Dávila Sánchez

 

Con los años y la experiencia, creo haberme liberado un poco de la pedantería de los intelectuales, que juzgan las lecturas de los demás como una cosa trágica. Hace algunos años leí el libro de Tzvetan Todorov, La literatura en peligro (2009), en el que decía:

“Pensar y sentir adoptando el punto de vista de los demás, personas reales y personajes literarios, es el único modo de tender a la universalidad, y por lo tanto nos permite realizarnos. Por eso es preciso fomentar la lectura por todos los medios, incluso la de libros que el crítico profesional valora con condescendencia, cuando no con desprecio, desde Los tres mosqueteros hasta Harry Potter. Estas novelas populares no solo han conseguido que millones de adolescentes leyeran, sino que además les han permitido construirse una primera imagen coherente del mundo, que, tranquilicémonos, las lecturas siguientes lograrán matizar y hacer más compleja”.

Sigo convencida de que está en lo cierto. ¿Quién decide qué es buena literatura y qué no? Evidentemente hay autores que no me gustan o géneros que nunca leería, pero eso no quiere decir que sean malos.

Es tiempo ya de hablar de bibliofilismo, porque hay “eruditos” que quieren convertir a la literatura en un ismo más, convencernos de que seremos menos inteligentes si leemos a tal autor. Amos Oz en su libro Contra el fanatismo (2003), define muy bien el peligro de caer en la impostura:

“En efecto, el germen oculto o no oculto del fanatismo se esconde muchas veces tras diferentes manifestaciones del dogmatismo intransigente, de falta de receptibilidad o incluso de hostilidad hacia posturas que te resultan inaceptables. La intransigencia sin puertas ni ventanas, parece ser el síntoma de esa enfermedad, al igual que las posturas surgidas de pozos turbios de desprecio y de rechazo que destierran todos los demás sentimientos”.

Lamentablemente la gente siente miedo de enfrentarse a un libro, pues lo asocia con la lectura escolar obligada. Muchos otros se avergüenzan de haber leído a un autor que no se encuentra dentro del canon. ¿Qué importa si leemos para divertirnos y no para ser sabios? ¿Qué tal si leemos lo que nos venga en gana, todo absolutamente todo con un hambre voraz?

He escuchado cientos de veces comentarios como: “ese libro es un asco”, “no lean esa porquería”. ¿Acaso no he sido yo quien lo ha dicho? He visto a adolescentes devorar libros de sagas, quizá lo que los críticos literarios y otros sabiondos considerarían “mala literatura”. Sin embargo, el valioso ejercicio de simplemente “leer” es fundamental. Dejemos que lean.

No solo existen los “súper” lectores (que practican el bibliofilismo), sino también aquellos que dicen: “500 páginas, es mucho”, “otra vez hay que leer ¡qué pereza!”, y siento que esas palabras se clavan como afilados cuchillos por todo el cuerpo, porque nunca he asociado la lectura con el aburrimiento, porque la lectura está presente todo el tiempo en mi vida, para llenar los espacios que la gente no puede llenar. ¿Cómo podemos cambiar los pensamientos de estos no lectores, si los lectores nos sentimos superiores a los demás?

El 2015 fue un año bastante crítico para mí, pues cerraron una de las librerías ícono del barrio La Mariscal, en donde tuve el placer de trabajar por cuatro años; me encontraba completamente desilusionada de los lectores, los culpaba de la desaparición de aquello que para mí era un templo del saber, no solo por los libros que alguna vez tuvo esa librería, sino por todo lo que allí aprendí gracias a los compañeros de trabajo y clientes. El barrio arruinado por la delincuencia, el microtráfico de drogas y la prostitución, es el resultado de la crisis de nuestro convulso siglo XXI. Con este desolador panorama, solo me quedaba sentarme a llorar y esperar, abrazarme a mis libros y el fin… aunque quizá yo fui tan responsable de la debacle cultural como el resto.

Después de pensar y repensar qué es lo que pasa con la cultura y con la lectura, llegué a la conclusión de que no es accesible para todos. ¿Por qué? Quizá porque se considera un pecado leer ciertas cosas. Nos hablan dos voces omnipresentes que, la primera voz es de un dios que exige que leamos y que leamos lo mejor y, por el otro, el diablo (las editoriales, los mercaderes del libro) que nos dice que compremos literatura “perecible”. ¡Vaya contradicción! De todas maneras, sigo creyendo que es mejor leer algo, que no leer nada.

En el 2015 cerraron una librería y en los últimos doce años se abrieron más de trece librerías. Parece que durante el 2017 los astros se alinearon de tal forma, que todos esos lectores anónimos de la ciudad se fueron encontrando, según sus gustos y sus aficiones, en clubes de lectura, encuentros filosóficos, exposiciones de arte, etcétera. Han sido años maravillosos para aquellos que, como yo, se encontraban escondidos en sus solitarias bibliotecas.

Es la responsabilidad de un lector “profesional” compartir con humildad sus lecturas, informar a los demás, no imponer. Nadie puede ser totalmente sabio por mucho que haya leído, pues es tan solo una pequeña parte del gran universo de los libros. Dejemos a un lado la arrogancia, no despechemos con ella a los futuros lectores. Leamos con la sensación de que el mundo se acaba mañana, la vida es un constante aprendizaje, hay que leer, pero también hay que vivir.

 

 


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2 comentarios en “Defensa de la lectura | Cecilia Dávila Sánchez

  1. Querida Ceci.

    Muchas veces hablamos de la importancia de no hacer de la lectura un acto extraordinario del que jactarse, los lectores y los que hemos hecho de la lectura oficio y profesión, debemos promover la lectura como un acto habitual, natural que como cualquier proceso requiere de tiempo. La parte más entretenida del proceso es cuando acompañamos a lectores o nos acompañamos entre lectores.

    Buen artículo, desde la mirada de la experiencia. Gracias por impartirlo.

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