Caminito de la locura: Robe Iniesta y su aventura narrativa | Martín Guzmán

Martín Guzmán

 

Encontrar la palabra “locura” en el vocabulario de Roberto Iniesta o Extremoduro no es algo complicado. Lo difícil y placentero es darle sentido, hallar su significado, descifrar de qué está compuesta esa locura de la que habla Robe continuamente.

Compositor audaz y desafiante, apreciado como un maestro de la contradicción y de romper lo prohibido. Iniesta no entiende de fronteras, se caga en las banderas (a las que considera como la degradación del color). Insiste en que hay que enfatizar en varias expresiones que lleven claridad directa, como “hijo de puta” o “a tomar por culo”, a semejanza de uno de los títulos de un disco de Extremoduro: Iros todos a tomar por culo (1997).

En su arte, observamos constantes alusiones a Dios y a Jesucristo evocando su imagen física, pero de manera disímil, visto con otros ojos: un Jesús a modo de crucifixión, imperfecto y frustrado, con un apellido encima y retratándolo con armas colgándole en las piernas.

En medio de todo ello, en 2009, Robe lanzó su libro titulado Viaje íntimo de la locura. Una historia que tiene al sol como testigo casi permanente y que cuenta la historia de una casa que vuela y que va forjando un camino incierto, que acelera y frena irregularmente, sin cronograma y sin saber si seguir, parar o donde asentarse. Quizás, la casa sí lo sabe.

Robe narra el trance que vive un personaje que de a poco va perdiendo la prolijidad y pulcritud, a causa de un viaje indefinido e insospechado, en algo que desde abajo se vio como un globo aerostático publicitario en forma de casa. A manera de una introducción al caos, el protagonista va perdiendo la noción del tiempo, se desorienta y pasa de sentir vergüenza por un atraso a no saber qué día es. Viviendo en diferido.

De repente, siente una constante mezcla de emociones, derramadas en medio del vértigo, el miedo, la esperanza y las dudas ante la toma de decisiones sobre aspectos nada comunes, poco convencionales y casi inimaginables previamente, llegando al punto de que nada interesa del alrededor y subir a lo más alto de la locura.

Con la interrogante de si se trata de un sueño y que al despertar todo volverá a la normalidad, se presenta un inodoro como nexo con la distante realidad, que permite observar todo desde muy arriba. Se convierte en un instrumento para medir la lejanía, usado para divisar el contexto de la fantasía, separando lo cotidiano de lo nuevo, abriendo camino a la locura, a la separación de una forma de comportamiento a otra totalmente diferente.

Después de escuchar tantos años y miles de veces las canciones de Extremoduro, resulta inevitable engancharse con el libro y sentir la sensación de que es la voz particular de Robe la que lleva el relato. Cada tramo de esta aventura trae a la mente algunos de sus versos, invitando a sentir el “caminito de la locura” y, durante 371 páginas, ubicarnos en una plataforma que permite ver el mundo desde otra perspectiva.

 

 


Foto: archivo revista.

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