Los ojos glaucos | Adrián Grimm

Adrián Grimm

 

“Ocultemos de los mortales el verdadero nombre de Pitágoras, pero no su lección: el Número.” Decretó Zeuxis el pastor de nubes; amo y esclavo del deseo.

Cuando Pitágoras cumplió trece años fue afeitado por primera vez y luego lo enviaron al ágora en busca de una flauta nueva. Era del clan Auletes, o flautistas, que, en cada Olimpiada, junto a músicos de toda Grecia, debían acompañar con su poesía las proezas atléticas. Sin el concurso de las musas no había Olimpiadas; las musas y los juegos amistaban a los atletas, por eso, los campeones de los juegos eran representados en estatuas y adorados como dioses.

Al volver a casa, mostró la flauta a su abuelo, que respondió con un silencio feroz. El joven tocó una melodía oscura y triste que era su parte durante una canción llamada Rodión.

—Esta flauta no sirve. Has arrojado al río tus siete dracmas. Ve a por el dinero o por otra flauta.

—Abuelo, el ágora está vacía. Deberé ir mañana.

—Para mañana ya será tarde. Si no la devuelves hoy sería estar conforme con esta flauta destemperada.

—A mí me parece una flauta como otra cualquiera…

—¡NO SABES ESCUCHAR! No todo hueso puede ser flauta. La flauta complace al oído; el hueso puede romper tu cabezota cacofónica.

El joven corrió al ágora vacía; no quedaban ni los mendigos. Solo una joven con los ojos glaucos, muy hermosa de pie junto a la mesa de arena.

—Seguramente esclava —Pensó Pitágoras, y se le acercó —Dime la verdad Citarede, te lo pido: ¿Dónde encuentro al hacedor de flautas?

—Ha sido el primero en partir. Vive donde el río tritura los huesos de las reses —dijo la joven que hablaba acompañada de su cítara.

—Debo encontrarlo antes de que caiga la noche o Abuelo me castigará.

—¡Otro Auletes destemplado! —cantó ella hermosamente.

—Es muy grave, apunta en la dirección de ese río y me podré ir.

—Antes, dime tú la verdad. ¿Por qué razón no sirve tu flauta?

En otra ocasión se habría marchado de inmediato del lugar y buscado alguien más a quien preguntar, pero la esclava era muy hermosa, y quiso escuchar sus canciones y rato más.

—Abuelo no la aprueba. Está destemperada, dice.

—Eso no es razón alguna. Es solo una opinión… de tu respetable abuelo.

—Y cuál sería una razón que complazcas a tus oídos.

—Pues, por qué motivo está destemperada. Demuéstralo y te señalaré el camino.

—Debo tocar una melodía junto con mi clan en la próxima Olimpiada. No debería perturbar la armonía de la música; sería vergonzoso para Abuelo.

—Pero dime, ¿dónde está la desarmonía de tu flauta?

—En el oído de Abuelo.

—No se ven oídos por ninguna parte —sonrió señalando la flauta.

—No literalmente en su oído, sino en la incapacidad de producir el sonido correcto. Aquel que complazca a su oído.

—¿Y en que radica su areté? No me digas que en su hígado o en su estomago —cantaba risueña.

—Según veo, la flauta es un hueso de ganado con agujeros. Bien podría tener un defecto en el material… o en los agujeros.

—Yo no veo algo malo en el hueso. Pero, si lo piensas, los agujeros no son hueso. Crees que lo que no es, pueda menoscabar a lo que es.

—Tengo la prueba en mis manos, Citarede.

—Probemos tu flauta con nuestros propios oídos; déjame escuchar una melodía.

Aunque caía la victoriosa noche y era ya seguro el castigo de su Abuelo, el joven se quedó con ella; no lograba despegarse de su voz ni de su cítara. Compararon nota por nota sus dos instrumentos fraseando temas que ningún mortal había escuchado. Hasta las invisibles musas acudieron a sentarse en la mesa de arena. Pero, cada vez que tocaba MI, algo feo sucedía. El sonido de “MI” no era exactamente el “MI” que esperaban.

—Todo está conectado. La música, así como el Cosmos debe poseer Armonía. Una citara o una flauta deben reflejar esa Armonía, de lo contario estropean la música.

—Una flauta debería tener Armonía interna en su construcción —dijo Pitágoras, encendido de una felicidad que contagió a la niña.

Entonces surgió entre ambos el regalo de Eros.

—¡Quien supiera conectar esos agujeros y esos huesos! Le insinuó improvisando versos.

—Hicieron este agujero en el lugar equivocado. Eso es todo.

—¿Eso es todo? Me parece poco exacto. Tu oído dice: No es MI, pero tu mente no comprende el por qué, pues aún está ciega.

—No es así. No soy tan torpe hermosa Citarede. Hay una ley que gobierna lo musical. Tanto tu citara como la flauta son sus esclavos. Los instrumentos musicales son solo reflejos de esa ley que llamas Armonía.

—Y… para ti, ¿Cuál es esta ley que te obliga a caminar por ágoras vacías? Si me dices la verdad te volveré a ver mañana.

Lo pensó un momento. De su respuesta dependía el volver a verla. Imaginó una respuesta, la ordenó y dijo:

—Esta ley es el Número. Préstame tu instrumento y un cabello muy largo.

Los tomó ceremoniosamente y apoyó la citara en la mesa de arena dejando una huella muy lograda. Luego tensó el cabello entre sus dedos y trazó delgadísimas líneas que salían del marco de la cítara y continuaban paralelas. Sobre estas paralelas imprimió la huella de su flauta con cuidado de hacer coincidir el DO de las cuerdas con el DO de los agujeros; y cada nota con su equivalente. Al terminar su dibujo, ambos tenían las caras iluminadas. MI quedaba fuera de lugar.

—Así queda comprobado —exclamó triunfante y hermoso como el anochecer —crees que el Número gobierne también el Cosmos.

—Lo creo. El fabricante de flautas vive en esa dirección… ¿Ya no te interesa?

—Ya no lo necesito. He visto una dirección interna y me he convertido en un hacedor de flautas. Me voy a casa. Adiós y gracias Amiga.

—Hasta mañana Amigo. Deseo que cuando sueñes con números y armonías te acuerdes de mí —cantó Atenea la de glaucos ojos bajo la delicada apariencia de la joven Citarede esclava.

***

—Ya veo que no cambiaste la flauta —dijo el abuelo con ira creciente.

—No era necesario, la flauta suena como es debido.

—Oh, pobre tonto. No sabes escuchar. El motivo de todo este rito del que eres parte es conservar ciertas ideas a salvo del olvido. Pero, “hay que saber escuchar”.

—Ten la flauta y pruébala Abuelo. Yo mismo la afiné, con algo de ayuda.

Sus manos temblorosas recobraron agilidad al contacto de la flauta y entonaron una hermosa melodía abundante en MI. Al terminar dijo:

—Los músicos en Armonía somos todos Amigos. Has aprendido a escuchar… Amigo. Ahora a dormir.

A su sueño acudió la Citarede tañendo los planetas. Volaron por el macro y el microcosmos. Volando juntos todo era números, todo era música. La luz y el tiempo dejaban una huella numerable en su mente de arena. Se habían detenido, el Número los podía congelar. Era un aspecto de Eros, padre de Logos, cuya atracción ignoraba tiempo y espacio.

A la mañana siguiente, Pitágoras bajó al ágora y buscó a su amiga. Vio llegar al hacedor de flautas y otros comerciantes, pero su a su amiga no. Buscó aquel cabello en la arena de los cálculos y lo encontró atado a la pata de un compás hecho de huesos. Comprendió al instante: ella se había ido, pero se había quedado.

Ella pobló por años los sueños de Pitágoras haciéndole preguntas y señalándole caminos antes cubiertos de palabras muertas. Poco a poco su alma quedó libre de aquel lastre y fueron grandes amigos, tomando en cuenta que la Amistad es Igualdad.

***

Ya mayor, Pitágoras aprendió muchísimas cosas en Egipto. Luego volvió a Grecia y decidió que había que modificar las Polis desde los cimientos, pues los hombres tenían ideas demasiado arraigadas, lastre que les impedía volar. Planeó una colonia en tierras lejanas, pero a falta de hijos o familiares, llevó consigo a todo aquel que quisiera volver a empezar. Era una idea nueva, un clan unido no por la sangre, sino por las ideas. Ideas universales, comprensibles para todos y en todo trance. Transmitir estas ideas requería un nuevo canon de discurso, había que demostrarlas mediante axiomas y corolarios, de modo que aniquilaran toda duda o ambigüedad.

—Igualdad es Amistad —solía decir como saludo antes de empezar sus lecciones.

Hasta entonces los discursos eran mitos. Tradiciones hermosas pero carentes de formas universales. Hasta los esclavos tenían sus propios mitos y cada sacerdote y no se diga los extranjeros… esta costumbre hacia inútiles las palabras.

—Un discurso que no es lineal como una pedrada, es solo un escupitajo. Crece y muere en el viento.

En sus sueños, ya libres de palabras, Pitágoras conoció al Número y a su hija la Naturaleza, se notaba en el uno, los rasgos del otro. Los encontró en la música, en las coloridas flores, en los planetas, en las estaciones. Estaban presentes en todo, en la guerra, en la riqueza, en la muerte. Todo era números, todo era consecuencia directa de su encuentro con una Citarede, esclava de la verdad. A veces, la veía sonreír burlona entre las multitudes silenciosas, y hablaba para ella como si aún fuera un hermoso joven recién afeitado. Se percataba de que el tiempo no había desviado su amor, ni su búsqueda; y enseñó ese modo de pensar a todo aquel que estuviera dispuesto a escuchar.

—Escuchar. Estamos aquí para escuchar —decía, y sonaba parecido a su abuelo.

Estudiaban los números, las formas, los astros y la música. Acerca de esas cosas escribió sobre el pórtico de su casa: SON LA MISMA COSA. Hacían mucha música e inventaban instrumentos, nunca en toda la historia griega se hicieron mejores flautas, y si alguna se resistía a sonar adecuadamente la llevaban con Pitágoras sonriente. De viejo, se hizo menos amigo de las palabras, pero las escuchaba atentamente.

Si la clave era escuchar, sus seguidores pensaron halagarlo guardando largos silencios. Días, meses, años.

—No va más. Estos silencios se han vuelto mitos. Nadie debe callar para siempre. No lo quiere Eros, no es esa la ley del mundo. Lo que no se dice no existe —dijo Pitágoras antes de morir, si es que existe muerte en estos campos.

 

 


 Flauta y música griega (foto tomada de: http://www.openculture.com/2013/10/what-ancient-greek-music-sounded-like.html)

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