La muerte de George Orwell | María Cecilia Dávila

María Cecilia Dávila

 

La mañana del 21 de enero, en el College University de Londres, la almohada del paciente Eric Blair amaneció teñida de rojo a causa de un acceso de tos tan fuerte que incluso algunas gotas de sangre mancharon el piso. La enfermera entró, puso algo de sedante en el suero y el paciente quedó en aparente calma.

El ciudadano Eric Blair era uno más de los habitantes de Londres, alto, de ojos azules, ridículamente delgado a causa de la tuberculosis que le aquejaba desde hacía varios años. Se trataba de un agricultor y carpintero que vivía alejado de la tumultuosa Londres de finales de los cuarentas. Nadie miraba las primeras arrugas que se habían formado alrededor de sus ojos, ni las primeras canas que aparecían en su bigote.

Curiosamente en la misma fecha el paciente registrado con el nombre de George Orwell era acosado por periodistas en el mismo hospital que se encontraba Eric Blair. “Estoy harto de estos estúpidos” se quejaba Orwell mientras agarraba la cintura de la bella Sonia Brownell. La prensa estaba completamente interesada en seguir de cerca la reciente boda de la pareja, pues les parecía un completo desatino que un hombre enfermo contrajera matrimonio con una mujer tan joven. El enorme brillante del anillo de compromiso ya había despertado la envidia de todas las inglesas.

“¡Cómo es posible! Esa mujer es una puta”, “abusa de un moribundo”, “seguro querrá quedarse con las regalías de 1984”: estos y otros eran los comentarios en la ciudad entera. Es extraño cómo en todos lados nos consideramos seres superiores moralmente a otros.

Lo cierto es que Orwell, gracias a su joven y guapa mujer, se había repuesto tan pronto de la tuberculosis. Los médicos estaban sorprendidos y el mismo no se lo creía. Tenía grandes planes para su carrera, pero al verse asediado todos sus sueños se venían abajo como un castillo de naipes.

Intentando huir de los impertinentes periodistas, llega a la habitación de Eric Blair quien por el contrario se había puesto peor. El parecido de ambos sujetos era realmente inverosímil: ni un espejo hubiera reflejado mejor la imagen de Orwell. Parecía que ambos habían sido gestados en el mismo útero. Eric Blair estaba completamente inconsciente, por lo cual no podía notar el parecido, y Orwell gritó tan alto que el enfermo, que yacía en la cama, gimió con disgusto y dolor.

Orwell salió rápidamente de aquella habitación porque su aire viciado y ese olor a moribundo la daban nauseas. Rápidamente Orwell llamó su editor, quien antes de las once de la mañana ya se encontraba en el College Hospital.

A las siete de la noche Orwell agonizaba, y para las ocho ya había muerto. Los doctores no se podían explicar qué había salido mal. Sonia lloraba, un par de brillantes lágrimas, no tan brillantes como el brillante de su anillo de compromiso, rodaron por sus mejillas. Lo primero que hizo fue arreglar un funeral a la altura del escritor y, lo segundo, llamar al abogado para retirar algún dinero de las cuentas y empezar los trámites para cobrar la herencia.

Mientras tanto Eric Blair se despertaba de un dulce y reparador sueño. La tos de la mañana había cesado completamente. En unos días podría regresar a la campiña y cuidar su pequeña huerta, ir a buscar madera y zetas. Solo soñaba con encender la estufa y sentarse delante de ella a contemplar la belleza del fuego. El 21 de enero de 1950 quizá haya muerto un escritor de una fama sin precedentes.

 

 


 George Orwell, 1940, foto restaurada, fuente: Cassonary’s Archive (https://www.flickr.com/photos/cassowaryprods/41928180381/in/photostream/)

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