La conjura de Kennedy Toole | Fabricio Guerra

Fabricio Guerra

 

Atragantándose de salchichas infectas o pintarrajeando consignas políticas en sábanas manchadas de sus fluidos onanistas, Ignatius Reilly resulta tan entrañable como detestable. Luciendo bufanda gruesa, gorra verde con orejeras y un reloj pulsera del ratón Mickey, este rechoncho espécimen se ha recibido ya en la Universidad, pero sobrevive precariamente echando mano del mísero montepío de su alcohólica madre. Discípulo fervoroso de Boecio, el filósofo medievalista del racionalismo temprano, Reilly asume la misión de visibilizar el lado B de la Norteamérica de su tiempo: la de los marginados, los negros, los pobres, los rufianes, los desclasados. Aunque no lo hace desde los delirios igualitarios del socialista cursi ni desde el nihilismo del escéptico convencido, pues lo suyo pasa por una suerte de ensimismamiento y presunción intelectual fuera de lo común.

De gran factura son los personajes secundarios, entre los que se cuentan un policía torpe, un negro fumetas, una pornógrafa medio nazi o una secretaria decrépita. Mientras tales bichos y otros similares recorren las calles de Nueva Orleans buscándose la vida, Ignatius llena cientos de páginas de cuadernos escolares con sus ideas, las que, según él, constituyen su legado definitivo a la humanidad.

Reilly es como el beso de la muerte: todos los que tienen el mal fario de cruzarse en su truculento camino, resultarán damnificados de una u otra forma. Y que lo diga Myrna, una ex condiscípula suya con aires de progre que carga con él al final. ¡La pobre incauta solo halla salvación porque la narración termina justo después de cometer semejante disparate!

Relato hilarante pero también profundo, apto para todo tipo de lector, desde el amateur hasta el más competente. De lo mejor que nos ha dado el Club de Lectura del Fondo de Cultura con Iván Rodrigo Mendizábal y Cecilia Dávila a la cabeza. Y vaya que hubo títulos consagrados, sin embargo, La Conjura de los Necios lidera mi pódium, aunque me resisto a pensar que empiezo a sentirme reillyano en ciertas cosas. ¡Que no vayan a ser mis sábanas las que lo corroboren!

 

 


Ignatius Reilly, imagen de portada de La conjura de los necios de John Kennedy Toole.

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