La cerilla | Diana Carolina Mendoza Hernández

Diana Carolina Mendoza Hernández

 

Mientras miraba cómo se consumía la cerilla, recordó aquella vez en que dejó de caminar. Había sido una mañana de un lluvioso septiembre cuando acababa de releer El extraño caso del doctor Jekill y míster Hyde. Pasaron dos noches en vela buscando respuestas en su antigua biblioteca.

Esta había estado abandonada por dos décadas en el cuarto de San Alejo, en el ático de su casa materna, mientras ella hacía sus estudios de diseño en el exterior. El cuarto era ancho, pero no alto, o sea que las personas para estar en él debían estar en cuclillas o arrodilladas. Había cajas de todas las formas, en su mayoría grandes, que recordaban los viejos electrodomésticos comprados en navidades pasadas. En la caja del rincón, bajo una manta espesa de telarañas se encontraba la antigua biblioteca. Los libros de su infancia y su juventud, unos salidos de colecciones como los cuatro colores de la serie de Torre de papel de Norma, de los cuales ya no se oía hablar porque no se volvieron a producir. También novelas compradas para cumplir con los cursos de literatura, como aquella que hacía referencia al regionalismo, La Vorágine y la María, o las novelas policiacas de Sherlock Holmes y las de Hércules Poirot. De igual manera, había libros fantásticos, algunos como los clásicos griegos con las fábulas de Esopo y Aristófanes y sagas contemporáneas como las historias transgeneracionales de la Tierra Media de Tolkien.

La caja, polvorienta y mona era un palimpsesto de siglos y libros que se sobreponían constantemente para ser escogidos y leídos. El primero que releyó fue La metamorfosis, el cual causó un torbellino de ideas y sentimientos que hace mucho no sentía. Este libro confirmó cruelmente que había perdido 20 años de su vida.

La vida se le había escurrido entre los materiales y los prototipos, entre réplicas mejoradas de cuanto existe para hacer más rentable a los proveedores. ¿En qué se había convertido? En una máquina del mercado, una máquina del Corel Draw, del Rhinoceros, del 3Dmax, del Ilustrator y del After Effect.

Ese día decidió recuperar el tiempo “perdido”, sumergiéndose entre la celulosa y polvo. Se sintió feliz de volver, feliz al rescatar a los olvidados, haciendo de ellos su vida, su nueva vida, su única vida.

***

El fuego de la cerilla quemó sus dedos. Todavía no se decidía. A pesar de haber elegido a los libros, su mente, con el paso de los días, se llenó de letras, citas, personajes y lugares que la atravesaban en su mundo a tal punto de no poder salir jamás. Sus piernas ya no funcionaban. Las rodillas ya no aguantaban el peso del cuerpo y la espalda y los brazos tuvieron que ayudar. Su carne se volvió polvo y su mente empezó a desear salir de aquel lugar. Su única salida era viajar en los libros, aunque también era su agobio. No era garantía que su enemigo pudiera ayudarla a deshacerse de él. No quería saber más. ¿Para qué saber más? ¿Para qué leer más?

Así fue que encendió otra cerilla y esta vez decidió terminar con su tormento, y aceptar la luz que la podía acompañar a la libertad.

 

 

 


 Cerilla (foto: https://pxhere.com/en/photo/700343)

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